Winston Leonard Spencer Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 en el palacio de Blenheim, en Woodstock, Oxfordshire, en el seno de una de las familias aristocráticas más ilustres de Inglaterra. Su padre fue Lord Randolph Churchill, un brillante pero errático político conservador, y su madre Jennie Jerome, una estadounidense de Nueva York conocida por su inteligencia y su vida social activa. La relación de Churchill con sus padres fue afectivamente distante: su padre murió joven y su madre, aunque admirada por él, estuvo siempre más ocupada en sus propios asuntos que en la crianza de su hijo. El sustituto emocional más importante de su infancia fue su institutriz, Mrs. Everest, a quien siempre recordó con genuino afecto.
Tras una escolaridad que no fue especialmente brillante en términos académicos, Churchill ingresó en la Real Academia Militar de Sandhurst en su tercer intento, graduándose en 1894. Comenzó su carrera militar y casi inmediatamente empezó también a escribir, combinando desde el principio el oficio de soldado con el de periodista y cronista. Sirvió en la India británica, donde participó en operaciones en la frontera noroeste y escribió su primer libro sobre esas campañas. En 1898 participó en la batalla de Omdurman, en Sudán, bajo las órdenes de Lord Kitchener, en una de las últimas cargas de caballería de la historia militar británica.
Fue durante la Segunda Guerra de los Bóeres en Sudáfrica, entre 1899 y 1900, donde Churchill alcanzó su primera fama internacional. Trabajando como corresponsal de guerra, fue capturado por las fuerzas bóeres y logró escapar de su campo de prisioneros de manera espectacular, cruzando cientos de kilómetros de territorio hostil para llegar a territorio británico. La historia de su fuga fue seguida con entusiasmo en todo el Imperio y lo convirtió en una figura pública reconocida. En 1900 fue elegido miembro del Parlamento por el Partido Conservador, iniciando así una carrera parlamentaria que se prolongaría durante más de seis décadas, con la excepción de un breve paréntesis entre 1922 y 1924.
En 1904 cruzó el pasillo de la Cámara de los Comunes y se unió al Partido Liberal, un movimiento que le costó la amistad de muchos conservadores pero que le abrió la puerta a posiciones ministeriales en el gobierno de Herbert Asquith. Como presidente de la Junta de Comercio y luego como secretario del Interior, impulsó reformas sociales progresistas, incluyendo mejoras en las condiciones laborales y el sistema de seguridad social para los trabajadores. Cuando fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo en 1911, se dedicó con gran energía a modernizar la Armada Real en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
Durante la Gran Guerra, Churchill fue el principal impulsor de la campaña de Gallípoli, una operación anfibia que buscaba atacar el Imperio otomano a través de los Dardanelos, abrir una ruta de suministro hacia Rusia y sacar al conflicto del punto muerto en el frente occidental. La campaña fue un desastre estratégico y operacional que costó cientos de miles de vidas entre aliados y otomanos. Churchill fue hecho responsable político del fracaso y perdió su cargo en el Almirantazgo. Renunció en noviembre de 1915 y se unió al Ejército como teniente coronel de los Royal Scots Fusiliers en el frente occidental durante seis meses, un gesto que muchos interpretaron como un intento de lavar su reputación mediante el servicio directo.
Regresó al gobierno en 1917 y ocupó una serie de carteras ministeriales durante la posguerra. Como canciller de la Hacienda entre 1924 y 1929, tomó la polémica decisión de retornar la libra esterlina al patrón oro a la paridad de antes de la guerra, una medida que los economistas posteriores, incluido John Maynard Keynes, consideraron deflacionaria y perjudicial para la economía británica. Durante los años treinta, Churchill se encontraba en el margen político, en lo que él mismo llamó sus años en el desierto. Desde esa posición de relativa soledad, y a contracorriente de la mayoría de la clase política británica, alertó repetidamente sobre la creciente amenaza del régimen nazi en Alemania y abogó por el rearme de Gran Bretaña. Sus advertencias fueron ignoradas durante años, pero la historia le daría la razón.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, Churchill fue llamado de nuevo al Almirantazgo. El fracaso de la campaña de Noruega y la debacle que se desarrollaba en Francia aceleraron la caída del primer ministro Neville Chamberlain, el principal artífice de la política de apaciguamiento hacia Hitler. El 10 de mayo de 1940, el día en que los alemanes lanzaron su ofensiva sobre Francia, Bélgica y los Países Bajos, Churchill fue designado primer ministro. Tenía 65 años y una reputación agitada, pero en ese momento fue exactamente el hombre que Gran Bretaña necesitaba.
Sus discursos de esas semanas cruciales, con frases que ofrecían sangre, trabajo, lágrimas y sudor, y que prometían luchar en las playas y en los campos de aterrizaje y en las calles, galvanizaron a la nación en un momento en que la derrota parecía posible. Supervisó la operación de evacuación de Dunkerque, coordinó la Batalla de Gran Bretaña y construyó la alianza con Estados Unidos y la Unión Soviética que resultaría decisiva. Su relación personal con Franklin Roosevelt fue fundamental para mantener el flujo de suministros y apoyo americano antes de la entrada formal de Estados Unidos en la guerra. Churchill dirigió la participación británica en el esfuerzo de guerra aliado durante cinco años, viajando incansablemente, participando en conferencias con sus aliados en Teherán, Yalta y otros lugares, y manteniendo una energía y una determinación que asombraron a cuantos le rodeaban.
La derrota de su partido en las elecciones generales de julio de 1945, apenas semanas después de la victoria sobre Alemania, fue una sorpresa para muchos pero no del todo inexplicable: el electorado británico votó por un gobierno laborista que prometía construir el estado de bienestar que la clase trabajadora esperaba desde hacía décadas. Churchill continuó como líder de la oposición y pronunció en 1946 su célebre discurso en Fulton, Misuri, donde advirtió que una cortina de hierro había caído sobre Europa, acuñando una de las imágenes más perdurables de la Guerra Fría. Volvió al poder en 1951 y gobernó hasta 1955, cuando un deterioro de su salud lo obligó a dimitir. Siguió siendo diputado hasta las elecciones de 1964 y murió el 24 de enero de 1965, a los 90 años. Recibió un funeral de Estado, honor reservado a muy pocos civiles en la historia británica. En 1953 había recibido el Premio Nobel de Literatura por su vasta producción histórica y sus memorias, una distinción que subrayaba que Churchill no fue solo un político sino uno de los grandes prosistas de la lengua inglesa del siglo XX.
