biografias

Leonardo da Vinci

Polímata italiano

7 min01/01/2024
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El sábado 15 de abril de 1452, tres horas después del Ave María, es decir alrededor de las diez y media de la noche, nació en la región toscana de Italia uno de los ingenios más extraordinarios que ha producido la humanidad. Leonardo di ser Piero da Vinci vino al mundo fuera del matrimonio: su padre, el notario Piero Fruosino di Antonio da Vinci, había engendrado al niño con Caterina, una joven campesina de unos quince años, Caterina di Meo Lippi, a quien las investigaciones del historiador Martin Kemp, catedrático emérito de Historia del Arte en la Universidad de Oxford, identificaron como una lugareña del entorno de Vinci. Piero ya estaba comprometido con otra mujer y el niño fue entregado al abuelo paterno, Antonio da Vinci, quien lo crió en la casa familiar mientras su madre contraía matrimonio con un campesino llamado Antonio di Piero Buti, gracias probablemente a una dote aportada por la familia Vinci.

Leonardo fue bautizado como Lionardo según su acta bautismal y pasó sus cinco primeros años en la casa de su padre en Vinci, donde fue tratado como un hijo legítimo y tuvo cinco madrinas y cinco padrinos, todos vecinos del lugar. Fue en ese pequeño pueblo de la Toscana, a unos veinticinco kilómetros de Florencia en línea recta, donde creció rodeado de naturaleza y de los paisajes ondulados que más tarde poblarían los fondos de sus pinturas. La infancia en el campo le despertó una curiosidad insaciable por el mundo natural que nunca lo abandonaría.

En su adolescencia, Leonardo se trasladó a Florencia para ingresar como aprendiz en el taller del pintor y escultor Andrea de Verrocchio, uno de los artistas más importantes de la ciudad. Bajo su guía aprendió las técnicas fundamentales de la pintura al óleo y al temple, la escultura en bronce, la orfebrería y el dibujo anatómico. Se dice que cuando Verrocchio vio el ángel que Leonardo había pintado en La bautización de Cristo, reconoció que su discípulo lo superaba en talento y declaró que nunca volvería a tocar los pinceles. Aunque es probable que la anécdota sea apócrifa, ilustra bien el impacto que causó su genio desde muy joven.

Sus primeros trabajos de importancia los realizó en Milán, adonde se trasladó alrededor de 1482 al servicio del duque Ludovico Sforza, conocido como il Moro. Durante casi dos décadas, Leonardo trabajó para la corte milanesa como pintor, escultor, ingeniero militar, arquitecto, organizador de festividades y diseñador de maquinaria. En ese periodo concibió algunas de sus obras más célebres, entre ellas La Última Cena, monumental pintura mural ejecutada entre 1495 y 1498 en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, que representó una revolución en la forma de representar la narración visual y las emociones humanas.

Paralela a su actividad artística, Leonardo mantenía cuadernos de notas en los que volcaba miles de observaciones, bocetos e hipótesis sobre los temas más diversos. Estudió anatomía disecando cadáveres humanos, lo que le permitió realizar dibujos del cuerpo humano de una precisión sin precedentes. Su Hombre de Vitruvio, un estudio de las proporciones del cuerpo basado en el arquitecto romano Vitruvio, se convirtió en un símbolo icónico de la relación entre el arte y la ciencia. Investigó también la óptica, la hidrodinámica, la botánica, la geología, la paleontología y la ingeniería civil, y sus hallazgos llenaron decenas de cuadernos que hoy se conservan dispersos en distintas instituciones del mundo.

Como inventor, Leonardo proyectó máquinas y dispositivos que no tendrían equivalente práctico hasta siglos después. Diseñó prototipos de lo que podría interpretarse como un helicóptero de tornillo aéreo, un vehículo automotor movido por resortes, un submarino y un carro de combate blindado. La mayoría de estos ingenios no eran fabricables con los materiales y técnicas de la época, pero revelaban una capacidad de anticipación tecnológica portentosa. De sus proyectos, muy pocos llegaron a construirse, entre ellos una máquina para medir el límite elástico de un cable.

Su producción pictórica fue sorprendentemente escasa dado el largo arco de su vida activa: se conocen alrededor de veinte obras con certeza atribuibles a su mano. Esa reducida cantidad se explica en parte por sus reiterados experimentos con nuevas técnicas, que en ocasiones resultaron desastrosos para la durabilidad de las obras, y en parte por su tendencia a dejar proyectos inconclusos. Sin embargo, dos de esas obras alcanzaron una fama que trasciende cualquier canon: La Gioconda, el retrato de Lisa Gherardini que ha sido quizá el cuadro más estudiado y reproducido de toda la historia del arte, y La Última Cena, cuya influencia sobre la pintura religiosa occidental resulta incalculable.

Tras la caída de Ludovico Sforza ante las tropas francesas en 1499, Leonardo emprendió un largo periplo. Trabajó en Venecia, Florencia, Mantua y Roma, y estuvo al servicio de César Borgia como ingeniero militar durante las campañas de conquista del centro de Italia. Fue en ese periodo florentino cuando comenzó La Gioconda, obra en la que trabajó varios años sin llegar nunca a entregarla. También inició la pintura mural La batalla de Anghiari en el Palazzo della Signoria, proyecto que quedó inconcluso como tantos otros.

Sus últimos años los pasó en Francia, invitado por el rey Francisco I, quien le ofreció el castillo del Clos Lucé, en Amboise, junto al Loire, con una pensión generosa y la libertad de trabajar en lo que quisiera. Allí continuó dibujando, diseñando y reflexionando hasta sus últimos días. Murió el 2 de mayo de 1519 en Amboise, acompañado por Francesco Melzi, su discípulo más fiel, a quien legó todos sus proyectos, diseños y pinturas. La leyenda dice que Francisco I lo sostuvo entre sus brazos en el momento de la muerte, aunque los historiadores discuten este detalle.

El legado de Leonardo da Vinci es difícil de medir con precisión, en parte porque nunca publicó sus descubrimientos científicos y estos tuvieron escasa influencia directa sobre el conocimiento posterior. Sin embargo, su figura encarna mejor que ninguna otra el ideal del hombre del Renacimiento: el genio universal capaz de integrar el arte, la ciencia y la técnica en una sola mirada. Hoy es considerado uno de los más grandes pintores de todos los tiempos y, probablemente, la persona con el mayor número de talentos simultáneos en disciplinas distintas que haya existido jamás.

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