Paul Karl Feyerabend nació el 13 de enero de 1924 en Viena, en el seno de una familia de clase media que había postergado su llegada al mundo a causa de la Primera Guerra Mundial y la posterior inflación que azotó a la Primera República de Austria. Su madre tenía ya cuarenta años cuando dio a luz al que sería su único hijo, un dato que ilustra el clima de incertidumbre económica y social en el que creció. Durante su infancia vienesa, Feyerabend demostró ser un estudiante por encima del promedio y cultivó aficiones que lo acompañarían el resto de su vida: la lectura voraz, el interés por el teatro y las lecciones de canto.
La adolescencia de Feyerabend quedó marcada de manera indeleble por la anexión de Austria al Reich alemán en marzo de 1938 y por el estallido de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939. Sus padres recibieron con simpatía el Anschluss, y el propio Feyerabend describió su relación con el régimen nazi como ingenua y emocionalmente distante: no se convirtió en un ferviente partidario, pero tampoco reaccionó con indignación ante las atrocidades que fue presenciando. Cuando en abril de 1940 terminó sus estudios secundarios, fue reclutado por el Arbeitsdienst, el año de trabajo obligatorio que imponía el Estado alemán. Destinado inicialmente a Pirmasens, Alemania, fue asignado más tarde a una unidad en Quélerne en Bas, frente al puerto de Brest, en la Francia ocupada, donde realizó labores que él mismo calificó de monótonas: excavar zanjas y volver a rellenarlas.
Tras un breve período de licencia, Feyerabend tomó la decisión de alistarse voluntariamente en la escuela de oficiales del ejército, convencido de que esa vía le permitiría mantenerse alejado del combate directo. En 1942 formaba parte de un cuerpo de ingenieros y en 1943 asistió a la escuela militar de oficiales. Durante su instrucción fue enviado también a Yugoslavia, donde recibió la noticia del suicidio de su madre, un hecho que según su propio testimonio no lo afectó en aquel momento de forma significativa. Sus expectativas de que la guerra concluyera antes de que terminara su formación resultaron vanas: en septiembre de 1943 fue destinado al frente ruso.
Desde diciembre de aquel año se desempeñó como oficial en el sector norte del Frente Oriental, donde fue condecorado con una Cruz de Hierro. Él mismo reconoció haberse comportado de manera imprudente y teatral, actitud que le valió el ascenso al grado de teniente. Cuando la Wehrmacht había comenzado la retirada ante el avance del Ejército Rojo, Feyerabend recibió tres impactos de bala mientras dirigía el tráfico: uno en el vientre y dos en las manos. Una de las balas alcanzó la columna vertebral y las secuelas de esa herida lo obligarían a usar bastón para caminar durante el resto de su vida, además de someterlo a numerosas cirugías. Ese cuerpo marcado por la guerra cargaría de por vida con la historia de un siglo violento.
La posguerra fue para Feyerabend un período de intensa efervescencia intelectual. Estudió historia, sociología y física en Viena antes de volcarse definitivamente a la filosofía. Viajó a Londres para estudiar con Karl Popper en la London School of Economics, y aunque absorbió el falsacionismo popperiano con entusiasmo inicial, pronto comenzó a distanciarse de él. Con el tiempo rechazó el racionalismo, el empirismo y el positivismo, desarrollando una posición que él mismo denominó anarquismo epistemológico: la idea de que no existe ningún método científico universal ni conjunto de reglas metodológicas que sirva de guía infalible para el progreso del conocimiento.
La obra cumbre de Feyerabend, Contra el método, publicada en 1975, fue una bomba filosófica que provocó reacciones encontradas. Su tesis central puede resumirse en la provocadora fórmula "todo vale" (anything goes): frente a quienes pretendían que la ciencia avanza siguiendo una lógica rigurosa y acumulativa, Feyerabend argumentó que los grandes avances científicos se produjeron precisamente cuando los investigadores violaron las reglas aceptadas. Galileo, por ejemplo, no triunfó porque siguió el método correcto, sino porque fue capaz de apelar a la retórica, la persuasión y la evidencia selectiva. Las críticas negativas que recibió el libro le provocaron, según dejó escrito en su autobiografía Matando el tiempo, una profunda depresión.
Junto con Thomas Kuhn e Imre Lakatos, Feyerabend es uno de los dos autores de la tesis de la inconmensurabilidad, la idea de que paradigmas científicos distintos son tan diferentes entre sí que no pueden ser comparados de manera neutral usando una misma escala de valores o conceptos. Esta posición tiene consecuencias radicales: si la física aristotélica y la newtoniana son inconmensurables, no podemos decir simplemente que una "es mejor" que la otra sin presuponer criterios que ya pertenecen a uno de los paradigmas. La inconmensurabilidad ponía en cuestión la narrativa del progreso científico lineal y acumulativo.
El estilo literario de Feyerabend fue tan peculiar como sus ideas. Rechazó conscientemente el lenguaje frío y aséptico que consideraba una de las carencias de la escritura académica convencional, y optó por una prosa clara, expresiva y a veces deliberadamente polémica. En sus ensayos citó con frecuencia a filósofos marxistas como Lenin, Mao Tse-Tung y Rosa Luxemburgo, no tanto por adhesión ideológica como por provocación intelectual y como recurso retórico para sacudir la complacencia de sus colegas. Esta manera de escribir lo convirtió en una figura incómoda para el establishment filosófico y, al mismo tiempo, en un pensador accesible para lectores ajenos a la academia.
La carrera docente de Feyerabend lo llevó por diversas universidades de Europa y América. Enseñó en Berkeley, donde desarrolló una relación ambivalente con el movimiento estudiantil de los años sesenta; apoyaba la crítica al autoritarismo académico, pero desconfiaba de cualquier nueva ortodoxia que pretendiera reemplazar a la anterior. Sus conferencias eran celebradas por su vigor, su humor y su capacidad para subvertir los presupuestos más arraigados de sus alumnos.
En sus últimos años de vida, Feyerabend moderó algunas de sus posiciones más radicales y reflexionó sobre el papel que la ciencia debe desempeñar en las sociedades democráticas. Sostenía que las comunidades tienen el derecho de elegir qué tradiciones de conocimiento quieren practicar, incluidas las no científicas, y que el Estado no debería imponer la ciencia como la única forma legítima de comprender el mundo. Estas ideas le granjearon tanto admiradores fervorosos como críticos que lo acusaban de relativismo irresponsable y de abrir la puerta al oscurantismo.
Paul Feyerabend falleció el 11 de febrero de 1994 en Genolier, Suiza, poco después de haber completado su autobiografía Matando el tiempo, un libro en el que narró con una franqueza desarmante las heridas de la guerra, las crisis emocionales y las contradicciones de una vida dedicada a cuestionar certezas. Su legado sigue siendo objeto de debate: para unos es el gran liberador de la filosofía de la ciencia, el pensador que mostró la dimensión humana, histórica y contingente del conocimiento científico; para otros es una figura excesivamente destructiva que no ofreció alternativas constructivas. Lo que nadie discute es que ningún debate serio sobre los fundamentos y los límites de la ciencia puede ignorar su obra.


