Alhakén II es, sin lugar a dudas, una de las figuras más fascinantes del califato omeya de Córdoba. Nacido el 13 de enero de 915 en la ciudad que más tarde gobernaría con sabiduría y magnificencia, su vida entera estuvo marcada por una formación privilegiada y una profunda vocación intelectual que lo distinguieron de sus contemporáneos.
Hijo del poderoso Abderramán III, Alhakén fue designado sucesor del trono cuando apenas contaba ocho años de edad. Su padre, consciente de la enorme responsabilidad que recaería sobre su heredero, supervisó personalmente una educación que combinaba las artes de la guerra con el amor por el conocimiento. Durante décadas, el joven príncipe acompañó al califa en campañas militares y participó activamente en los asuntos de la administración, acumulando una experiencia política que pocos gobernantes de su época podían igualar al momento de asumir el poder.
El 16 de octubre de 961, tras la muerte de su padre, Alhakén accedió al trono con cuarenta y siete años. Adoptó el título honorífico de al-Mustánsir bi-l-Lah, que puede traducirse como «el que busca la ayuda victoriosa de Alá», y desde el primer momento dejó claro que continuaría la senda de prosperidad y estabilidad que Abderramán III había trazado para al-Ándalus. Los quince años de su reinado resultarían los más serenos y cultos de toda la dinastía omeya en la península ibérica.
Una de las primeras acciones diplomáticas de Alhakén fue reclamar al reino cristiano de León las diez fortalezas que el rey Sancho I había prometido a Abderramán III como pago por el apoyo prestado en su disputa dinástica contra Ordoño IV. Ante la negativa leonesa, el nuevo califa adoptó una hábil estrategia: acogió en su corte cordobesa al depuesto Ordoño IV, prometiéndole restaurarlo en el trono, lo que obligó a Sancho I a reconsiderar su postura y enviar una embajada a Córdoba comprometiendo el cumplimiento de lo pactado. La muerte de Ordoño IV en la propia Córdoba en 962 complicó nuevamente la situación, y la alianza que Sancho I tejió con el rey navarro García Sánchez I, el conde castellano Fernán González y el conde de Barcelona Borrell II llevó a Alhakén a iniciar una ofensiva militar en 963 que culminó con la conquista de varias plazas norteñas.
En el plano doméstico, Alhakén se apoyó en dos personalidades clave de su corte. El general Gálib, liberto de origen eslavo que llegaría a ser el comandante supremo de los ejércitos califales, defendía con mano firme la frontera septentrional frente al avance cristiano. Por otro lado, el chambelán Yaáfar al-Mushafi, hijo del preceptor personal del califa y amigo de confianza desde la infancia, ejerció funciones de gobierno de manera creciente, especialmente durante los años finales del reinado cuando la salud de Alhakén fue deteriorándose.
La cuestión sucesoria también tuvo capítulos dramáticos. Pese a su unión con Radhia, Alhakén no había tenido descendencia cuando accedió al trono. La necesidad de garantizar la continuidad dinástica era imperiosa, y fue una concubina esclava de origen vascongado, conocida como Subh o Aurora, quien le proporcionó el tan esperado heredero. El niño, nacido el 20 de enero de 915 como sietemesino, recibió el nombre masculino de Chafar, aunque pasaría a la historia como Hisham II, el sucesor que heredaría un califato en plena transformación.
El legado más perdurable de Alhakén II reside en su amor incondicional por la cultura y el saber. Reunió en Córdoba una biblioteca que los historiadores calculan contenía entre cuatrocientos mil y seiscientos mil volúmenes, una cifra extraordinaria para la época, cuando las grandes bibliotecas europeas apenas alcanzaban unos cientos de manuscritos. El monarca no se limitaba a acumular libros; los leía con avidez y los anotaba personalmente, demostrando una erudición reconocida incluso por sus adversarios.
Bajo su mecenazgo, Córdoba se convirtió en el faro intelectual de Occidente. Filósofos, astrónomos, médicos y poetas de todo el mundo islámico acudían a la capital andaluza atraídos por la generosidad del califa y la riqueza de su biblioteca. La ciudad llegó a contar con más de setenta bibliotecas públicas y veintisiete escuelas gratuitas financiadas por el propio Alhakén, una política educativa sin precedentes en la Europa medieval.
La ampliación de la mezquita-catedral de Córdoba constituye el testimonio arquitectónico más visible de su reinado. Alhakén encargó en 962 la ampliación del edificio que su bisabuelo Abd al-Rahman I había fundado dos siglos antes. El resultado fue una de las joyas del arte islámico universal: la nueva quibla decorada con mosaicos bizantinos encargados expresamente al emperador Nicéforo II Focas de Constantinopla, las intrincadas cúpulas nervadas del mihrab y la riqueza ornamental de las nuevas naves convirtieron el templo cordobés en un prodigio estético cuya influencia se extendería durante siglos.
Los últimos años del reinado estuvieron ensombrecidos por la enfermedad progresiva del califa, que fue cediendo paulatinamente el control efectivo del gobierno a Yaáfar al-Mushafi y, de manera creciente, a la ambiciosa Subh, madre del heredero Hisham. Este triángulo de poder preparó el terreno para la meteórica ascensión de Almanzor, que se haría con las riendas del califato tras la muerte de Alhakén.
El 1 de octubre de 976, Alhakén II fallecía en Córdoba, cerrando el capítulo más esplendoroso de la historia del califato cordobés. Su hijo Hisham II, que apenas tenía once años, heredaba un estado en la cúspide de su poder material, pero con los gérmenes de la fragmentación ya sembrados en su estructura política. La historia juzgaría con crueldad irónica el legado de Alhakén: el hombre que más hizo por la cultura y la estabilidad de al-Ándalus dejó al frente del gobierno a un niño cuya debilidad permitiría a Almanzor desmantelar progresivamente las instituciones califales.
Alhakén II queda en la memoria como la síntesis perfecta del gobernante ilustrado medieval: un hombre que comprendió que el poder duradero se construye tanto con el conocimiento como con la espada, y cuya biblioteca fue, en muchos sentidos, más poderosa que sus ejércitos.