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Ley Áurea

Ley de abolición de la esclavitud en Brasil

4 min01/01/2024
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El 13 de mayo de 1888 quedó grabado en la historia de Brasil como el día en que la esclavitud dejó de ser legal en ese país. Aquel decreto, conocido como la Ley Áurea, puso fin a una institución que había funcionado durante más de tres siglos en territorio brasileño, convirtiendo al Imperio del Brasil en la última nación del continente americano en abolir formalmente la posesión de seres humanos como propiedad.

La promulgación de la ley no fue obra del propio emperador Pedro II, quien se encontraba en viaje por Europa debido a problemas de salud. En su ausencia, ejercía la regencia del Imperio su hija, la princesa imperial Isabel I de Braganza, nacida en 1846 y fallecida en 1921. Fue ella quien firmó el decreto y asumió la responsabilidad histórica de ese acto, eligiendo para ello el 13 de mayo, fecha que coincidía con el aniversario de nacimiento de su bisabuelo, el rey Juan VI de Portugal, un detalle que cargó el momento con una carga simbólica dinástica particular.

El nombre que recibiría la ley tampoco fue accidental. El vocablo áurea proviene del latín y significa dorada o hecha de oro, una denominación que reflejaba tanto la solemnidad del acto como el reconocimiento popular que el decreto fue recibiendo con el tiempo. El papa León XIII, en señal de aprobación y admiración por la decisión de la princesa, le otorgó como distinción la Rosa de Oro, uno de los honores más raros que el papado concede.

Para comprender por qué la abolición tuvo lugar en 1888 y no antes, es necesario retroceder varias décadas. Brasil había construido su economía durante siglos sobre la base del trabajo forzado, especialmente en las grandes plantaciones de caña de azúcar y café. La presión internacional para terminar con esa práctica llevó a una primera concesión legislativa: la Lei do Ventre Livre, promulgada el 28 de septiembre de 1871, que declaraba libres a todos los hijos de esclavas nacidos a partir de esa fecha. Era una medida gradualista que no tocaba a las personas ya sometidas a la esclavitud, pero que reconocía que el sistema tenía los días contados.

A lo largo de las dos décadas siguientes, el ambiente político en los grandes centros urbanos de Brasil fue virando progresivamente hacia el abolicionismo. Las élites intelectuales y comerciales de ciudades como Río de Janeiro y São Paulo abrazaron la causa con creciente entusiasmo, convencidas de que la esclavitud era un obstáculo tanto moral como económico para la modernización del país. Para ese sector de la sociedad brasileña, mantener el sistema era un anacronismo vergonzoso en un mundo que ya lo había abandonado.

Sin embargo, la resistencia de los grandes terratenientes del interior agrario era tenaz. Los hacendados cafetaleros, en particular, dependían del trabajo esclavo para sostener sus enormes explotaciones y se negaban a aceptar una abolición que no viniera acompañada de indemnizaciones económicas por parte del gobierno imperial. Consideraban que liberar a sus esclavos sin compensación equivalía a una confiscación arbitraria de su patrimonio, y ejercían una presión política considerable sobre el Senado del Imperio.

Desde el exterior, las presiones tampoco eran menores. Para mediados del siglo XIX, Brasil se había convertido en una anomalía incómoda: era el único país de América que aún permitía legalmente la esclavitud. Gran Bretaña y Francia, dos potencias con enorme influencia sobre el gobierno brasileño, utilizaban sus canales diplomáticos para insistir en que el Imperio pusiera fin definitivo a esa práctica. La posición internacional de Brasil se deterioraba con cada año que pasaba sin que se adoptara la medida.

El texto de la Ley Áurea, cuando finalmente fue redactado y sometido a la aprobación del Senado del Imperio, resultó ser de una concisión sorprendente. Solo dos artículos componían la norma. El primero declaraba extinta la esclavitud en Brasil desde la fecha de la ley. El segundo revocaba todas las disposiciones legales contrarias a ese principio. Nada más. Esa brevedad era en sí misma una declaración de intenciones: la abolición era total, inmediata e incondicional.

Esa misma brevedad, sin embargo, dejó abiertos interrogantes enormes sobre el futuro de los libertos. La ley no preveía indemnización alguna para los antiguos propietarios de esclavos, lo que consumó el temor de los hacendados y agudizó su alejamiento del régimen imperial. Tampoco establecía mecanismos concretos para integrar a los ex esclavos en la sociedad brasileña: no había planes de educación, de acceso a la tierra, de inserción laboral ni de protección social. Los libertos quedaban formalmente libres pero materialmente abandonados a su suerte.

Las consecuencias de esa omisión fueron profundas y duraderas. Los antiguos esclavos, sin tierra, sin recursos y sin acceso a la educación formal, migraron en masa hacia las ciudades o se convirtieron en trabajadores rurales en condiciones de extrema precariedad. La exclusión social y económica que siguió a la abolición sentó las bases de desigualdades estructurales que Brasil cargaría durante generaciones.

En el plano político inmediato, la abolición aceleró la caída de la monarquía. Los grandes propietarios rurales, furiosos por la falta de compensación, retiraron su apoyo al Imperio y comenzaron a mirar con simpatía a los sectores militares que propugnaban la transformación del país en una república. Apenas diecisiete meses después de la firma de la Ley Áurea, en noviembre de 1889, un golpe militar depuso al emperador Pedro II y proclamó la República.

El legado de la princesa Isabel quedó para siempre ligado a ese momento histórico. A pesar de que la abolición no fue diseñada como un acto de justicia integral, sino como una respuesta a presiones acumuladas durante décadas, la Ley Áurea significó el fin del trabajo esclavo en Brasil y representó un paso irrevocable hacia el reconocimiento de la humanidad de quienes habían sido tratados como mercancía. Su impacto en la conciencia histórica y colectiva del país es una presencia constante en la memoria nacional brasileña.

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