Hay presidentes que gobiernan y hay presidentes que transforman. Juscelino Kubitschek de Oliveira pertenece de manera indiscutible a la segunda categoría. Médico de origen pobre, político de Minas Gerais, presidente de Brasil entre 1956 y 1961, fue el hombre que mandó construir una ciudad en medio de la nada y la convirtió en la capital de la quinta nación más grande del mundo. Su lema, cincuenta años en cinco, resumía una ambición que muchos consideraban delirante y que él se empeñó en demostrar que era posible.
Nació el 12 de septiembre de 1902 en Diamantina, una ciudad del interior de Minas Gerais de tradición colonial y profunda. Sus orígenes eran modestos hasta el extremo: su padre, João César de Oliveira, murió cuando él tenía apenas dos años, dejando a la familia sin sustento. Su madre, Júlia Kubitschek, era maestra de escuela, y su sueldo era el único ingreso del hogar. El apellido lo heredó de su abuelo materno, Jan Kubiček, nacido en Trebon, en el sur de Bohemia, una de las regiones de la actual República Checa, lo que hacía de Juscelino el nieto de un inmigrante centroeuropeo que se había establecido en el sertão mineiro.
Trabajó desde los ocho años, repartiendo mercancías a domicilio. Su primer par de zapatos llegó recién cuando tenía doce. Con una petición de su madre ante los Padres Paúles pudo ingresar en 1914 al seminario diocesano, aunque dejó claro desde el principio que no tenía vocación eclesiástica, como lo manifestó a los sacerdotes poco antes de terminar sus estudios a los quince años. También cultivó su pasión por el fútbol, siendo fanático y jugador amateur del club América Mineiro.
Estudió medicina, se especializó en urología y construyó una carrera profesional sólida, pero la política fue su verdadera vocación. Fue el primer diputado gitano en Brasil, y es reconocido como el único presidente de esa etnia en el mundo. Ocupó el cargo de alcalde de Belo Horizonte entre 1940 y 1945, donde impulsó obras de urbanización y modernización que llamaron la atención nacional. Luego fue gobernador de Minas Gerais entre 1951 y 1955, y en 1955 fue elegido presidente de la República en unas elecciones que lo enfrentaron con la resistencia de sectores militares que intentaron impedir su asunción. Finalmente tomó posesión en enero de 1956.
Su presidencia fue un torbellino de energía y actividad. La expansión de la red vial para unir los estados brasileños, la atracción masiva de capitales extranjeros y el impulso de la industrialización caracterizaron su gestión. Kubitschek pertenecía a la corriente desarrollista que creía que el Estado debía actuar como catalizador del crecimiento sin convertirse en propietario directo de las empresas. En eso se asemejaba a su contemporáneo argentino Arturo Frondizi, presidente entre 1958 y 1962, con quien comparte frecuentemente la comparación académica: ambos atrajeron con éxito a la inversión extranjera, ambos radicaron fábricas en sus países y ambos rechazaban por igual el liberalismo puro y el estatismo total.
Pero el proyecto que definió su presidencia y que lo inmortalizó en la historia fue la construcción de Brasilia. La nueva capital fue diseñada para cumplir varios propósitos simultáneos: trasladar el centro del poder político desde la costa al interior del país, poblar regiones hasta entonces escasamente habitadas y proyectar al mundo la imagen de un Brasil moderno y pujante. El diseño urbanístico estuvo a cargo de Lúcio Costa y la arquitectura de los edificios principales fue obra de Oscar Niemeyer. La ciudad fue inaugurada el 21 de abril de 1960, antes del final del mandato de Kubitschek, cumpliendo la promesa que él mismo había hecho al país.
La sombra de esa ambición desmedida tuvo un costo. La aceleración del gasto público y los desequilibrios fiscales que acompañaron al ritmo frenético de obras derivaron en un aumento desmesurado de la inflación, que condicionaría negativamente la economía brasileña en los años posteriores. Ese es el lado crítico que los historiadores señalan junto a los logros de su gestión: la modernización acelerada tuvo un precio que el país tardaría en pagar.
A pesar de esas sombras, Kubitschek es considerado uno de los dirigentes más admirados de la historia política de Brasil. En 2001 fue elegido el Brasileiro do século XX, el brasileño del siglo XX, en una elección publicada por la revista Isto É. Uno de sus adversarios políticos, José Sarney, lo recordó como lo mejor que Brasil ha tenido, por sus habilidades políticas, por sus logros y su respeto a las instituciones democráticas. Encuestas sucesivas lo sitúan junto a Getúlio Vargas entre los presidentes más queridos por los brasileños.
Su vida terminó de manera trágica el 22 de agosto de 1976, cuatro años después de que un golpe militar lo dejara sin mandato y lo enviara al exilio, al morir en un accidente de tránsito en Resende, estado de Río de Janeiro. Había nacido pobre, sin zapatos hasta los doce años, y dejó al mundo una capital que es patrimonio de la humanidad. Esa distancia entre el origen y el legado es quizás la mejor medida de lo que fue su vida.

