civilizacoes perdidas

John Lubbock

Financiero, político y científico inglés (1834-1913)

7 min01/01/2024
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Existe una categoría de hombres del siglo XIX que resulta difícil de clasificar: aquellos que, dotados de posición social, talento genuino y una energía infatigable, dejaron su huella de manera simultánea en la política, la banca, la ciencia y la cultura. John Lubbock, primer barón de Avebury, pertenece a ese grupo selecto. Nacido en Londres en 1834 y fallecido en 1913, su vida abarcó casi ocho décadas en las que el mundo occidental experimentó transformaciones radicales, y él fue, en muchos sentidos, protagonista activo de esos cambios.

Lubbock procedía de una familia de sólida posición social e intelectual. Su padre, el baronet John William Lubbock, era un matemático reconocido que había destacado especialmente en el campo de las probabilidades y sus aplicaciones al mundo de los seguros bancarios, además de cultivar la astronomía con especial atención al estudio de las mareas y los planetas. Ese ambiente familiar, adinerado y culturalmente estimulante, proporcionó al joven John una amplitud de miras e inquietudes que sus contemporáneos encontraban inusuales. Estudió en el prestigioso colegio de Eton, en Berkshire, cerca de Windsor, uno de los centros educativos más selectos de la Inglaterra victoriana.

Al terminar su formación en Eton, Lubbock no siguió el camino universitario convencional sino que se incorporó al banco familiar, donde trabajó junto a su padre hasta sucederle en el cargo y en el título nobiliario en 1865. Esa decisión no implicó, sin embargo, el abandono de sus inquietudes intelectuales. Al contrario: Lubbock encontró la manera de compaginar durante décadas una carrera financiera y política de primer nivel con una producción científica de considerable alcance.

En política, fue elegido parlamentario y ejerció como tal entre los años 1870 y 1900. Desde esa posición, impulsó iniciativas legislativas que tuvieron un impacto directo y duradero en la vida cotidiana de los británicos. La más célebre de todas fue el establecimiento de las denominadas Bank Holidays en 1871, un conjunto de días festivos públicos reconocidos oficialmente por el Parlamento. El Reino Unido contaba con pocas fiestas públicas en comparación con otros países europeos, de modo que el reconocimiento oficial de esos días de descanso —que incluso obligaban al cierre de bancos y restringían el comercio a gran escala— fue recibido con enorme entusiasmo popular. Tanto fue así que durante años se los llamó informalmente «días de San Lubbock» en reconocimiento a su promotor.

En el ámbito financiero, Lubbock llegó a ser presidente de la Asociación de Banqueros Británicos en 1879, y entre 1888 y 1892 presidió también la Cámara de Comercio de Londres, desde donde ejerció una influencia significativa en la política económica del país. A partir del año siguiente asumió el cargo de vicepresidente y posteriormente presidente de la directiva del Condado de Londres, consolidando así su presencia en los círculos de poder de la capital.

Pero si hay un aspecto de la trayectoria de Lubbock que resulta verdaderamente singular, es su contribución a la ciencia. Vivió durante años como vecino de Charles Darwin —desde 1861—, y esa proximidad geográfica se tradujo también en una cercanía intelectual. Ambos se influyeron mutuamente, aunque siguieron caminos paralelos y distintos en sus investigaciones. Lubbock se convirtió en uno de los fundadores de la arqueología prehistórica moderna, acuñando términos que aún hoy forman parte del vocabulario científico: fue él quien introdujo los conceptos de «Paleolítico» y «Neolítico» para distinguir las etapas de la prehistoria humana según el tipo de herramientas utilizadas, una clasificación que transformó radicalmente la manera en que se comprendía el pasado de la humanidad.

Desde el Parlamento, Lubbock impulsó en 1882 la Ancient Monuments Act, la primera ley británica de protección de monumentos históricos, un hito legislativo que anticipaba la moderna concepción del patrimonio cultural como bien público merecedor de protección legal. También presidió la Linnean Society of London, la primera sociedad científica del mundo dedicada a difundir e implantar una taxonomía biológica sistemática basada en las propuestas de Carlos Linneo, lo que lo situó en el centro de los debates científicos de su época.

Cuando Darwin murió en 1882, fue Lubbock quien organizó el grupo de presión que consiguió que el autor de El origen de las especies fuera enterrado en la Abadía de Westminster, junto a Isaac Newton, en reconocimiento a su contribución al conocimiento humano. Ese gesto ilustra bien la dimensión cívica y cultural de Lubbock: un hombre capaz de utilizar sus conexiones políticas al servicio del reconocimiento del mérito científico.

El reconocimiento académico no tardó en llegar. Recibió títulos honoris causa de las universidades de Edimburgo, Dublín, Wurzburgo, Oxford y Cambridge, convirtiéndose en consejero de esta última en 1886. En 1878 fue nombrado miembro de la directiva del Museo Británico de Londres. Poco antes de su muerte fue elevado desde el título de baronet al de barón de Avebury e ingresó en el Privy Council of the United Kingdom, el cuerpo de sabios y especialistas con título nobiliario que asesora a la Corona británica en diversos asuntos.

En el plano personal, Lubbock encarnaba los valores del optimismo liberal victoriano: confiaba en las bondades del progreso humano no solo en el terreno técnico, sino también en sus dimensiones sociales y morales. Defendió con convicción la paz, la tolerancia de ideas y la modernidad como proyecto colectivo. Su libro La vida dichosa alcanzó un éxito editorial extraordinario, con más de cien ediciones y traducciones a numerosos idiomas, lo que revela que su pensamiento resonó mucho más allá de los círculos especializados. John Lubbock fue, en definitiva, uno de esos personajes raros que la historia produce de vez en cuando: un hombre de acción que también fue un hombre de ideas, capaz de dejar su marca en el derecho, la economía, la ciencia y la cultura de su tiempo.

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