Jacques Fournier nació alrededor de 1280 en Saverdun, una localidad del sur de Francia, en el seno de una familia humilde de panaderos. Nadie habría imaginado que aquel niño de origen modesto llegaría a convertirse en el máximo líder de la Iglesia católica, pero la vida de Fournier estuvo marcada desde joven por una inteligencia excepcional y una devoción religiosa inquebrantable que lo catapultaron hacia las más altas esferas del poder eclesiástico.
Su ingreso a la vida monástica se produjo en el monasterio cisterciense de Boulbonne, desde donde fue trasladado a la abadía de Fontfroide, cuyo abad era su propio tío, Arnaldo Nouvel. Esta conexión familiar resultó providencial: el tío reconoció en el joven sobrino un talento intelectual fuera de lo común y lo envió a estudiar Teología a París, uno de los centros del saber más importantes de la Europa medieval. Fournier finalizó sus estudios en 1310 y, al poco tiempo, sucedió a su tío como abad de Fontfroide, cargo que ejercería con notable rigor hasta 1317.
En ese año fue nombrado obispo de Pamiers, y fue precisamente en ese cargo donde Jacques Fournier se forjó una reputación que perduraría en la historia. Como obispo, dirigió personalmente los procesos inquisitoriales contra los herejes cátaros que aún persistían en la región del Languedoc. Su actuación fue descrita como eficiente pero moderada para los estándares de la época, y los extensos registros de esos interrogatorios constituyen hoy una fuente histórica de primer orden sobre la vida cotidiana medieval en el sur de Francia. En 1326 fue trasladado al obispado de Mirepoix, y apenas un año después, el papa Juan XXII lo elevó al cardenalato. Fournier conservó el hábito blanco de la orden cisterciense, lo que le valió el apodo popular de "El cardenal blanco".
El 20 de diciembre de 1334, tras la muerte de Juan XXII, el cónclave eligió a Jacques Fournier como nuevo pontífice, quien tomó el nombre de Benedicto XII. La anécdota más célebre de su elección es la reacción del propio elegido: al conocer el resultado, se habría girado hacia los cardenales y exclamado: "Han elegido a un asno". Fue coronado solemnemente el 8 de enero de 1335, convirtiéndose así en el tercer papa del llamado pontificado de Aviñón, la prolongada estancia de los papas en territorio francés que tanto marcaría la historia eclesiástica del siglo XIV.
Desde el primer momento de su pontificado, Benedicto XII afrontó un conflicto de enorme calado político: la tensión con el emperador Luis IV de Baviera, un problema heredado de su predecesor. En teoría, el nuevo papa debería haber buscado una salida conciliatoria, pero su estrecha amistad con el rey Felipe VI de Francia y con Roberto de Nápoles no hizo sino agudizar el enfrentamiento. Los obispos alemanes, alarmados por la situación, firmaron una carta colectiva exigiendo la reconciliación entre el papado y el Imperio. Pero los príncipes electores fueron más lejos: el 16 de julio de 1338 proclamaron en Rense que el emperador no necesitaba la confirmación pontificia para gobernar en sus territorios, una declaración que erosionaba gravemente la autoridad temporal del papado.
La crisis alcanzó su punto más álgido el 10 de febrero de 1342, cuando Luis IV anuló por su propia autoridad el matrimonio de Margarita Maultasch, condesa del Tirol, con el príncipe Juan Enrique de Bohemia, para que su hijo Luis, marqués de Brandeburgo, pudiera desposarla. Este acto representaba una intromisión directa en lo que la Iglesia consideraba una prerrogativa exclusiva del pontífice romano: la anulación de matrimonios. Benedicto XII murió pocas semanas después sin haber logrado resolver este conflicto que envenenó buena parte de su pontificado.
En el plano doctrinal, uno de los legados más duraderos de Benedicto XII fue la promulgación de la bula Benedictus Deus el 29 de enero de 1336. En ese documento fijó oficialmente la doctrina católica sobre la visión beatífica, estableciendo que las almas de los justos que han muerto en gracia de Dios gozan de la visión de la divinidad desde el momento de su muerte, sin necesidad de esperar al Juicio Final. Esta definición ponía fin a una controversia teológica que su propio predecesor, Juan XXII, había alimentado con afirmaciones consideradas heterodoxas.
Benedicto XII también pasó a la historia como un reformador interno de la Iglesia, un hombre que combatió con determinación las lacras que corroían las instituciones eclesiásticas. Luchó contra la simonía, la práctica de comprar y vender cargos y sacramentos, y contra el nepotismo, resistiendo la tentación de favorecer a sus propios parientes con nombramientos y beneficios, lo que le distinguió notablemente de otros papas de su época. Reformó las órdenes monásticas y mendicantes, intentando devolverlas a su espíritu original de austeridad y devoción. El 28 de noviembre de 1336 condenó a los llamados fraticelos, un grupo disidente dentro del franciscanismo que sostenía posiciones teológicas heterodoxas sobre la pobreza de Cristo. También trabajó, sin éxito definitivo, para acercar posiciones con la Iglesia de Oriente y sanar el Gran Cisma que dividía el cristianismo.
Pese a su intención inicial de devolver la sede pontificia a Roma, la inestabilidad política de la península italiana lo disuadió de hacerlo. En cambio, decidió establecerse definitivamente en Aviñón y comenzó allí la construcción del magnífico Palacio de los Papas, una de las joyas arquitectónicas del gótico meridional que todavía hoy se alza como uno de los monumentos más impresionantes de Francia.
El Papa Benedicto XII falleció en Aviñón el 25 de abril de 1342 y fue enterrado en la catedral de Notre Dame des Doms. Las famosas profecías atribuidas a San Malaquías se refieren a él con la expresión latina Abbas frigidus, es decir, "El abad frío", en clara alusión a su pasado como abad de Fontfroide, cuyo nombre en latín significa precisamente "fuente fría".
Una curiosidad literaria añade un interesante matiz a su figura histórica: el novelista Umberto Eco lo mencionó en dos ocasiones en su célebre obra El nombre de la rosa, novela que precisamente ambientó en el mundo monástico del siglo XIV y que recrea el ambiente de las controversias teológicas e inquisitoriales en las que Fournier fue protagonista de primera línea.
En definitiva, la figura de Benedicto XII resulta compleja y fascinante: fue al mismo tiempo un inquisidor meticuloso, un teólogo riguroso, un reformador sincero y un político que no siempre supo navegar las aguas turbulentas de las alianzas europeas. Su pontificado, breve pero denso, dejó una huella doctrinal y arquitectónica que el tiempo no ha borrado.
