Juana de Arco nació alrededor del año 1412 en Domrémy, una pequeña aldea situada en la frontera entre el ducado de Bar y el condado de Champagne, en el noreste de Francia. Era hija de campesinos modestos, y en su infancia no recibió ninguna formación militar ni educación letrada. Sin embargo, a partir de los doce o trece años comenzó a afirmar que escuchaba voces y experimentaba visiones del Arcángel Miguel, de Santa Margarita y de Catalina de Alejandría. Según ella misma relataría posteriormente, aquellas voces divinas le ordenaban que acudiera en ayuda del rey legítimo de Francia y expulsara a los ingleses del territorio francés.
La Francia que conoció Juana de Arco era un reino devastado y fracturado. La guerra de los Cien Años había estallado en 1337 como una disputa dinástica por la herencia del trono francés y se había prolongado durante generaciones, intercalando períodos de combate abierto con precarias treguas. Casi todos los enfrentamientos habían tenido lugar en suelo francés, y las destructivas tácticas de tierra quemada empleadas por el ejército inglés habían arruinado amplias regiones del país. La población todavía no se había recuperado de la catastrófica mortandad provocada por la Peste Negra de mediados del siglo XIV, los campesinos vivían en la miseria y los comerciantes estaban aislados de los mercados exteriores.
Para agravar la situación, una parte de la nobleza francesa, encabezada por el duque de Borgoña, se había aliado con los ingleses en contra del delfín Carlos, el heredero legítimo al trono francés. Antes de la aparición de Juana, los ingleses habían logrado imponer el Tratado de Troyes de 1420, que desheredaba a Carlos y reconocía al rey inglés Enrique V como heredero al trono de Francia. La muerte de Enrique V en 1422 dejó la cuestión irresuelta, pero los ingleses y sus aliados borgoñones controlaban el norte de Francia, incluida París, y mantenían sitiada la ciudad de Orleans, la llave del sur del país.
Con apenas diecisiete años, Juana convenció a un capitán local para que la llevara ante Carlos VII, el delfín que residía en Chinon sin haberse atrevido a coronarse. El encuentro fue extraordinario: la joven campesina, sin educación ni linaje, logró persuadir al príncipe vacilante de que su causa era divina y de que la victoria era posible. Carlos VII la puso al frente de un ejército de socorro destinado a levantar el asedio de Orleans. Lo que ocurrió a continuación sorprendió a propios y extraños: en apenas nueve días, a partir de abril de 1429, el asedio fue levantado. La velocidad y contundencia de la victoria catapultaron a Juana a una fama que se extendió por toda Francia.
Las victorias se sucedieron con una rapidez que desorientó a los ingleses y a sus aliados. Juana insistió en que Carlos fuera coronado rey de Francia en Reims, la ciudad donde desde hacía siglos se consagraban los monarcas franceses. A pesar de que la ruta atravesaba territorio parcialmente hostil, la expedición llegó a Reims y Carlos VII fue coronado el 17 de julio de 1429, con Juana de pie junto a él. Aquel evento, largo tiempo esperado, tuvo un efecto psicológico enorme sobre la moral francesa: legitimaba al rey y debilitaba el argumento inglés de que el trono le pertenecía.
Sin embargo, el impulso victorioso no se sostuvo indefinidamente. El infructuoso asedio de París en septiembre de 1429 y el fallido intento de tomar La Charité en noviembre pusieron de manifiesto los límites de lo que se podía lograr sin el pleno apoyo de una corte que empezaba a ver a la joven visionaria con recelo. La confianza que el entorno de Carlos VII depositaba en ella fue menguando a medida que las derrotas se acumulaban.
A principios de 1430, Juana organizó por su cuenta una compañía de voluntarios para acudir en socorro de Compiègne, ciudad sitiada por los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, durante una salida de la fortaleza, fue capturada por la facción borgoñona. Sus captores la vendieron a los ingleses por una suma importante, y fue trasladada a Ruan, donde se celebró un proceso judicial dirigido por el obispo Pierre Cauchon, un prelado de tendencias pro-inglesas. Las acusaciones incluyeron herejía y brujería. El proceso fue políticamente viciado desde el principio: los jueces habían decidido el veredicto antes de comenzar. Declarada culpable, fue condenada a morir en la hoguera.
El 30 de mayo de 1431, con apenas diecinueve años de edad, Juana de Arco fue quemada viva en la plaza del mercado de Ruan. Murió con la vista fija en una cruz y el nombre de Jesús en los labios, según los testimonios de quienes presenciaron el suplicio. El duque Juan de Bedford, regente inglés de Francia, ordenó que sus cenizas fueran arrojadas al río Sena para impedir que sus seguidores pudieran venerar sus restos.
La rehabilitación llegó décadas más tarde. En 1456, un tribunal inquisitorial autorizado por el papa Calixto III revisó el proceso, anuló todos los cargos, la declaró inocente y le otorgó el título de mártir. Con el paso de los siglos, su figura fue adquiriendo dimensiones cada vez mayores. En el siglo XVI se convirtió en símbolo de la Liga Católica. En 1803, Napoleón Bonaparte la declaró símbolo nacional de Francia. Fue beatificada en 1909 y canonizada por el papa Benedicto XV en 1920, siendo declarada dos años después una de las santas patronas de Francia. Hoy es uno de los nueve santos patronos secundarios del país y una de las figuras históricas más representadas en el arte, la literatura, el teatro y el cine de todo el mundo.