Fernando de Magallanes nació el 20 de noviembre de 1480, muy probablemente en Oporto o en sus alrededores, en una familia menor de la nobleza portuguesa. Desde joven se vinculó a la vida marítima y militar al servicio de la Corona de Portugal, acumulando una experiencia náutica y castrense que lo llevaría a participar en expediciones a lo largo de las costas africanas y hasta el lejano archipiélago malayo del sudeste asiático, región que visitó entre 1505 y 1511 o 1512. Aquellos viajes hacia el este le permitieron conocer de primera mano las islas de las Especias, las Molucas, cuyo comercio era el motor económico más codiciado de la época.
La obsesión de Magallanes era trazar una ruta hacia esas islas navegando hacia el oeste, bordeando el continente americano por el sur. La idea era audaz y enormemente arriesgada, tanto en términos náuticos como políticos, pues suponía entrar en colisión directa con los intereses portugueses en el comercio oriental. Cuando presentó su proyecto al rey Manuel I de Portugal, este lo rechazó. Magallanes, sin renunciar a su proyecto, tomó entonces una decisión que cambiaría la historia: se trasladó a España y puso su plan en manos del rey Carlos I.
Carlos I aprobó la propuesta. En 1518, Magallanes fue nombrado almirante de la flota española y se le concedió el mando de la expedición conocida como la Armada de las Molucas. Fue también distinguido con el grado de comandante de la Orden de Santiago, uno de los más altos rangos militares del Imperio español. Se casó en Sevilla, tuvo dos hijos y dedicó meses a organizar una flota de cinco naves: la Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. La expedición estaba lista para zarpar en el verano de 1519.
La flota partió de Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1519, puso rumbo al suroeste a través del Atlántico y alcanzó la costa oriental de Sudamérica. La navegación hacia el sur por las costas patagónicas fue lenta y extremadamente dura. El invierno austral sorprendió a la expedición en la bahía de San Julián, donde estalló un motín protagonizado por tres de los cinco capitanes, que Magallanes sofocó con decisión y crueldad, ejecutando a dos de los amotinados y abandonando a un tercero en tierra. La pérdida de la Santiago en un reconocimiento costero agravó aún más la precariedad de la flota.
En noviembre de 1520, la expedición alcanzó el estrecho al que los mapas posteriores darían el nombre de su descubridor. Era un canal natural de navegación difícil, serpenteante entre islas cubiertas de bosques y acantilados azotados por el viento, pero que comunicaba el Atlántico con un océano desconocido. Magallanes lo cruzó en treinta y siete días, con la San Antonio desertando en el camino y regresando a España. Al salir al otro lado, contempló un mar de una calma inesperada tras las tormentas del estrecho y le dio el nombre que conserva hasta hoy: Mar Pacífico.
La travesía del Pacífico fue una pesadilla que superó todos los cálculos previos. Magallanes había subestimado enormemente la anchura del océano, y la flota navegó durante noventa y ocho días sin encontrar tierra habitable ni provisiones suficientes. El escorbuto y el hambre diezmaron a las tripulaciones antes de que llegaran a Guam, y desde allí siguieron hasta las islas que hoy se conocen como Filipinas. Allí, Magallanes cometió el error de implicarse en conflictos locales entre los reyezuelos de las islas. El 27 de abril de 1521, durante el ataque a la isla de Mactán para apoyar a un reyezuelo aliado, Magallanes murió en combate. Tenía cuarenta años.
La muerte de Magallanes no acabó con la expedición. El mando recayó sucesivamente en varios oficiales hasta que Juan Sebastián Elcano tomó el control de la Victoria, la única nave que quedaba en condiciones de navegar. Elcano tomó una decisión que resultó trascendental: en lugar de regresar por el Pacífico, optó por continuar hacia el oeste cruzando el océano Índico, bordeando el cabo de Buena Esperanza y remontando la costa atlántica de África. En septiembre de 1522, la Victoria entró en el puerto de Sanlúcar de Barrameda con apenas dieciocho supervivientes a bordo, cerrando el primer circuito completo alrededor del globo terrestre de la historia.
El legado de Magallanes es inmenso. Demostró de manera irrefutable que la Tierra podía circunnavegarse, que los océanos estaban conectados y que el planeta era mucho más grande de lo que muchos habían supuesto. El estrecho que lleva su nombre continúa siendo una de las rutas marítimas más importantes del Hemisferio Sur. Y el hecho de que hubiera visitado el archipiélago malayo viajando tanto hacia el este como hacia el oeste convierte a Magallanes en el primer ser humano en lograr una circunnavegación personal casi completa del globo, aunque fue Elcano quien la culminó. En Sevilla, en Oporto y en Filipinas, la memoria de aquel navegante portugués al servicio de España sigue siendo objeto de veneración y debate.

