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Guerra de guerrillas

Táctica militar

6 min01/01/2024
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La guerra de guerrillas representa una de las formas de combate más antiguas y eficaces que la humanidad ha desarrollado a lo largo de su historia. A diferencia de las batallas convencionales entre ejércitos regulares, este modelo de confrontación se basa en la asimetría, la movilidad y la sorpresa, convirtiendo las debilidades aparentes de un grupo reducido en ventajas decisivas frente a un enemigo mucho más numeroso y poderoso.

El término "guerrilla" nació precisamente en España durante el intento de conquista por parte de Napoleón Bonaparte a principios del siglo XIX. La palabra, diminutivo de "guerra", hacía referencia a esas pequeñas partidas de combatientes irregulares, en su mayoría campesinos y civiles armados, que hostigaban sin cesar a las columnas del ejército imperial francés. Ese origen etimológico dejó huella permanente en el vocabulario militar mundial, y hoy el concepto se utiliza en todos los idiomas para describir este tipo particular de conflicto.

En esencia, la guerra de guerrillas es protagonizada por pequeños grupos de combatientes, frecuentemente paramilitares, irregulares o incluso civiles armados, que emplean tácticas de ataque móvil a pequeña escala contra un adversario superior. Su objetivo no es ganar batallas abiertas ni conquistar territorios de forma convencional, sino desgastar al enemigo de manera sistemática y prolongada hasta hacerlo inviable militar, económica o políticamente.

El arsenal táctico que emplean los guerrilleros es variado y flexible. Entre las herramientas más características se encuentran las emboscadas en caminos y rutas de abastecimiento, los sabotajes a infraestructuras clave, los incendios provocados, las incursiones nocturnas sobre posiciones enemigas, el corte de líneas de suministro y comunicaciones, el secuestro o la eliminación de figuras enemigas relevantes, y las acciones de guerra relámpago que permiten golpear y desvanecerse antes de que el adversario pueda reaccionar de forma efectiva.

La fortaleza de la guerrilla reside en dos pilares fundamentales: el conocimiento superior del terreno y el apoyo de la población local. Cuando los combatientes irregulares conocen cada vereda, cada cueva y cada ruta de escape, pueden moverse con rapidez, sorprender, retroceder y reagruparse sin dejar rastro. Y cuando la gente de la región los protege, les proporciona información, refugio y alimento, resulta prácticamente imposible para un ejército convencional distinguir al combatiente del civil, lo que multiplica la complejidad de la operación contrainsurgente.

Henry Kissinger resumió brillantemente la paradoja estratégica de este tipo de guerra con una frase pronunciada en el contexto del conflicto de Vietnam: "un ejército pierde si no gana, una guerrilla gana si no pierde". Esta sentencia captura la lógica fundamental del modelo: el bando más fuerte necesita resultados decisivos y rápidos para justificar su esfuerzo, mientras que el guerrillero solo necesita sobrevivir y mantener la presión para ir erosionando la voluntad del adversario con el paso del tiempo.

La geografía ha sido históricamente aliada poderosa de las guerrillas. Las zonas montañosas, los bosques densos, los pantanos y otros terrenos de difícil acceso neutralizan la superioridad tecnológica y numérica del ejército regular. En España, esta táctica resultó determinante en diferentes momentos históricos: durante las campañas romanas en la Península Ibérica, frente a las invasiones árabes, contra las tropas de Carlomagno en los desfiladeros del norte, y nuevamente contra los soldados de Napoleón Bonaparte. En todos esos casos, el dominio del terreno local convirtió en pesadilla lo que debería haber sido una conquista sencilla.

La guerrilla no se limita al ámbito rural ni a los espacios abiertos. La modalidad conocida como guerrilla urbana traslada estas tácticas a las ciudades y núcleos poblados, adaptando los principios de movilidad, sorpresa y confusión al entorno construido. El maquis, los grupos de resistencia que operaron en ciudades europeas durante la Segunda Guerra Mundial frente a las tropas alemanas de ocupación, representan uno de los ejemplos más conocidos de este fenómeno. También lo son muchas de las guerras coloniales africanas, donde los nativos enfrentaron con tácticas irregulares a fuerzas europeas tecnológicamente superiores.

Desde una perspectiva clasificatoria, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y otros organismos militares distinguen los conflictos armados según la intensidad y el tipo de adversario involucrado. En esa taxonomía, la guerra de guerrillas ocupa la categoría de conflictos de media intensidad: se enfrenta a grupos paramilitares que controlan ciertas regiones de difícil acceso, cuentan con el apoyo tácito de parte de la población y son pobremente armados pero organizados de manera sostenida. Esta categoría se diferencia tanto de los conflictos de alta intensidad, donde el adversario es un ejército regular con cuarteles y territorio que defender, como de los de baja intensidad, protagonizados por movimientos terroristas sin control territorial.

Cuando tropas regulares adoptan estas mismas técnicas de operación encubierta en territorio enemigo, se habla de operaciones de comandos. El comando es un soldado especialmente entrenado para ejecutar misiones de alto riesgo detrás de las líneas enemigas, con un perfil de actuación que comparte elementos con la guerrilla aunque dentro de una estructura militar formal. Los guerrilleros propiamente dichos, en cambio, son en su mayoría milicias integradas por civiles que se alzan en armas por motivos políticos, nacionales o de supervivencia.

La dificultad de neutralizar a una guerrilla radica en varias características que la hacen extraordinariamente escurridiza. Su movilidad le permite evitar el combate abierto cuando no conviene, dispersarse en pequeños grupos sin uniforme identificativo y diluirse entre la población civil. No disponen de un cuartel general fijo ni de una infraestructura visible que destruir. Cada vez que el ejército regular logra identificar y atacar una concentración guerrillera, esta simplemente se disuelve y reaparece en otro lugar, forzando al adversario a gastar enormes recursos en operaciones de peinado y control del territorio que raramente producen resultados definitivos.

Los términos "guerrilla" y "guerrillero" comenzaron a usarse sistemáticamente en España durante la invasión napoleónica y continuaron presentes a lo largo del siglo XIX durante las guerras carlistas. El sufijo diminutivo "-illa" no solo describía el tamaño reducido de los grupos combatientes, sino que también aludía implícitamente a la desigualdad fundamental del enfrentamiento: civiles o combatientes irregulares frente a un ejército de soldados profesionales. Esa desigualdad, paradójicamente, lejos de ser una desventaja insuperable, se convirtió en el motor de una estrategia que ha desafiado a los imperios más poderosos de la historia.

Desde los pastores iberos que fatigaron a las legiones romanas hasta los movimientos de liberación nacional del siglo XX, la guerra de guerrillas ha demostrado que la determinación, el conocimiento del terreno y el respaldo popular pueden compensar ampliamente la inferioridad en medios materiales. Su legado militar y político sigue siendo vigente en los conflictos contemporáneos, y su estudio continúa siendo obligatorio en las academias militares de todo el mundo.

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