La independencia del Brasil no fue el resultado de un movimiento revolucionario lento y acumulado, ni tampoco el desenlace inevitable de una insurrección popular. Fue, en muchos sentidos, el producto de una crisis institucional desencadenada desde el corazón mismo del Imperio portugués, de la cual emergió una nueva nación con una particularidad única en América: su primer gobernante era miembro de la misma dinastía que había regido el reino colonial por más de tres siglos.
Para comprender el conflicto que se desató entre 1822 y 1824, es necesario remontarse a los años de la invasión napoleónica a la península ibérica. En 1808, ante el avance de los ejércitos de Napoleón I, la familia real portuguesa, encabezada por el príncipe regente Juan VI, tomó la decisión sin precedentes de trasladar toda la corte al Brasil. Durante más de una década, Río de Janeiro fue la capital efectiva del Imperio portugués, y ese período transformó profundamente a la colonia, que fue elevada al rango de reino en 1815, equiparándose formalmente a Portugal dentro de la monarquía dual.
La situación cambió radicalmente con la Revolución liberal de Oporto de 1820. Ese movimiento, inspirado en los principios del liberalismo constitucional, exigió el retorno del rey a Portugal y la elaboración de una constitución. Juan VI regresó a Lisboa a inicios de 1821, pero las Cortes portuguesas, con solo una parte de los delegados brasileños presentes, tomaron decisiones que generarían un conflicto irreversible. Votaron para abolir el Reino de Brasil, disolver las agencias reales establecidas en Río de Janeiro y subordinar directamente a Lisboa todas las provincias brasileñas, como había sido antes de 1815. Era, en esencia, una recolonización.
Las nuevas leyes adoptadas el 29 de septiembre de 1821 iban aún más lejos. Abolían los tribunales de justicia creados durante la permanencia de la corte en Brasil, restablecían el monopolio comercial portugués sobre los productos comprados o vendidos por brasileños, y dividían el territorio en provincias autónomas que serían gobernadas por separado desde Lisboa. Pero la medida más provocadora de todas era la que exigía al príncipe Pedro de Braganza, hijo de Juan VI y regente del Brasil, que abandonara inmediatamente su cargo y se embarcara de regreso a Portugal.
Las disposiciones llegaron a Río de Janeiro recién el 9 de diciembre de 1821, con el retraso propio de las comunicaciones de la época, y causaron una conmoción inmediata. En enero de 1822, las tensiones entre las tropas portuguesas estacionadas en Brasil y la población local se tornaron violentas. El príncipe Pedro, sometido a una enorme presión por parte de los grupos políticos brasileños que veían en su permanencia la única garantía de estabilidad, decidió no obedecer la orden de retorno. El 9 de enero de 1822 hizo pública su resolución con un mensaje que quedaría grabado en la historia: "Si é para o bem de todos e felicidade geral da Nação, estou pronto! Digam ao povo que fico", que en castellano significa "Si es para bien de todos y felicidad general de la Nación, ¡estoy listo! Digan al pueblo que me quedo". Ese episodio es conocido en Brasil como el "Día del Fico".
La situación en Río de Janeiro se tornó extremadamente tensa. Aproximadamente dos mil soldados portugueses, llamados despectivamente "pé de chumbo" o "pies de plomo" por los brasileños, se amotinaron contra el príncipe Pedro y concentraron sus fuerzas en las casamatas del Cerro Castelho. Alrededor de diez mil brasileños armados los rodearon, y existía un riesgo real de que el conflicto se convirtiera en un baño de sangre dentro de la ciudad. Don Pedro actuó con habilidad política: destituyó al comandante general portugués y ordenó a sus tropas cruzar la bahía hacia Niterói, donde esperarían transporte a Portugal, evitando así un enfrentamiento de resultado incierto.
Para dirigir el proceso político que se abría, don Pedro formó un nuevo gobierno encabezado por José Bonifácio de Andrada e Silva, un intelectual oriundo de São Paulo que había sido profesor de ciencias en la Universidad de Coímbra y funcionario real de alto rango. Andrada e Silva sería la mente política detrás de la independencia y es considerado hasta hoy como el Patriarca de la Independencia del Brasil. La situación era tan volátil que el propio príncipe Pedro buscó asegurarse un lugar de refugio en un barco británico en caso de que la confrontación se saliera de control, y envió a su familia a un lugar seguro fuera de la ciudad.
El general portugués Jorge de Avilez Souza Tavares, a cargo de las tropas amotinadas, retrasó deliberadamente el embarque con la esperanza de que llegaran refuerzos desde Portugal. Sin embargo, esos refuerzos nunca llegaron, y las tropas portuguesas terminaron por embarcar y abandonar el Brasil. La independencia fue proclamada formalmente el 7 de septiembre de 1822, cuando don Pedro, según la tradición histórica brasileña, pronunció el "Grito del Ipiranga" a orillas de ese río en el interior de São Paulo.
El conflicto armado que siguió fue mucho menos sangriento que las guerras de independencia del resto de América del Sur. En la mayoría de las provincias brasileñas, la resistencia de las guarniciones portuguesas leales a Lisboa fue vencida con relativa rapidez. Las batallas más significativas ocurrieron en Bahía, Piauí, Maranhão y en la Cisplatina, la actual Uruguay, que también estaba bajo administración portuguesa. En 1824, la última resistencia portuguesa fue suprimida y Portugal terminó por reconocer la independencia del Brasil, con la mediación del Reino Unido, en 1825.
La nueva nación emergió como un Imperio constitucional bajo el mando de Pedro I, con una identidad y una estructura política propias. A diferencia del resto de las ex colonias iberoamericanas, que adoptaron formas republicanas, Brasil preservó la monarquía durante décadas más, hasta la proclamación de la República en 1889.