Durante más de mil años, el Senado romano fue el corazón institucional de la civilización más influyente del mundo occidental. Su historia es la historia misma de Roma: desde los primeros días de la monarquía hasta la decadencia del Imperio, esta asamblea de patricios, magistrados y notables representó el ideal de gobierno colectivo que tanto admiraron las generaciones posteriores y que sirvió de inspiración a innumerables sistemas políticos modernos.
Los orígenes del Senado se remontan a los albores de la monarquía romana, en los siglos VIII y VI antes de Cristo. Nació como un órgano consultivo al servicio de los reyes, compuesto en sus inicios exclusivamente por treinta patricios, con un representante de cada gens o familia aristocrática. Esta configuración inicial respondía a la necesidad del monarca de contar con el consejo y la legitimación de los linajes más poderosos de la ciudad. Con el reinado de Lucio Tarquinio Prisco, la cifra de senadores ascendió hasta trescientos, aunque los historiadores han debatido durante siglos la exactitud de ese número.
La transformación más profunda del Senado se produjo con el advenimiento de la República, en torno al siglo VI antes de Cristo. A partir de ese momento, el órgano dejó de ser un simple consejo real para convertirse en el verdadero motor del gobierno. Sus funciones se ampliaron de manera considerable: ratificaba las leyes votadas por los comicios, asesoraba a los magistrados, dirigía la política exterior, gestionaba las finanzas públicas, supervisaba los asuntos religiosos, mediaba en los conflictos entre magistrados, intervenía en cuestiones de orden público y decidía sobre crímenes castigados con pena capital cuando esta era conmutada. Los tratados internacionales también requerían su aprobación.
Durante la época republicana, la composición del Senado reflejaba la jerarquía social de Roma. Por un lado estaban los patres, las cabezas de las familias patricias, descendientes de los senadores originales establecidos según la tradición por el propio Rómulo. Por otro, los conscripti, es decir, todos los ciudadanos que habían ejercido magistraturas curules, como el consulado, la pretura o la edilidad. Esta distinción marcaba la diferencia entre quienes pertenecían al Senado por linaje y quienes lo hacían en virtud del cargo desempeñado.
Los censores tenían la facultad de incluir en las listas senatoriales a personas que no hubiesen ejercido magistraturas, aunque estos miembros, conocidos como senatores pedarii, tenían restringido su derecho a hacer uso de la palabra. La incorporación de los tribunos de la plebe al Senado fue una cuestión disputada durante siglos: según algunas fuentes, no obtuvieron el acceso automático hasta el año 149 antes de Cristo, gracias a la Ley Atinia; según otras, el hito se produjo tras el tribunado de Cayo Graco.
A medida que avanzaba la República y los plebeyos fueron conquistando derechos civiles plenos, el equilibrio de poder dentro del Senado se fue transformando. El órgano perdió la prerrogativa de acreditar los actos de los Comicios Centuriados, pero en compensación adquirió el derecho de nombrar al dictador en situaciones de emergencia. Con el paso del tiempo, el Senado pasó de ser un cuerpo subordinado a los cónsules a convertirse en una corporación de gobierno por derecho propio, que dirigía la guerra a través de los cónsules y orientaba toda la política de la República. Fue en esta época cuando la institución alcanzó su mayor esplendor y su influencia más decisiva sobre los asuntos del mundo mediterráneo.
El siglo III antes de Cristo trajo consigo nuevas modificaciones. Los asientos senatoriales siguieron siendo asignados por los censores, y todos los magistrados curules que abandonaban su cargo accedían automáticamente al Senado. Se mantuvo la distinción entre senadores patricios y plebeyos, aunque esta separación fue perdiendo peso práctico a medida que las élites plebeyas se integraban en el orden senatorial. La desaparición progresiva de la figura del dictador reforzó aún más las competencias del Senado, que asumió la función de conferir poderes extraordinarios a los cónsules en momentos de crisis grave.
Las grandes guerras civiles del siglo I antes de Cristo pusieron a prueba la institución como nunca antes. Sila, en el contexto de sus reformas autoritarias, amplió el número de senadores hasta seiscientos. Julio César, tras derrotar a Pompeyo y a sus aliados, que representaban a la mayor parte de las familias senatoriales tradicionales, incrementó el número hasta novecientos. Para llegar a esa cifra, César promovió al orden senatorial a familias ecuestres, mandos militares, centuriones de origen proletario y provinciales, entre ellos su consejero financiero Lucio Cornelio Balbo el Mayor, natural de Gades, la actual Cádiz. Para la nobilitas senatorial superviviente, aquella decisión era una aberración que violentaba siglos de tradición aristocrática y constituyó una de las causas que impulsaron el asesinato de César en los idus de marzo del año 44 antes de Cristo.
Augusto, el primer emperador, emprendió una reforma del Senado que redujo nuevamente su número a seiscientos, aunque mantuvo buena parte de los nombramientos realizados por su predecesor. Bajo el Imperio, el Senado conservó sus formas y ceremonias, pero fue perdiendo poder real de manera progresiva a medida que la autoridad se concentraba en manos del emperador. En el período tardoimperial, el número de senadores llegó a alcanzar los novecientos en determinadas épocas, pero el peso político del organismo era ya una sombra de lo que había sido durante la República.
El legado del Senado romano trasciende con mucho los límites de su propia historia. Los Padres Fundadores de los Estados Unidos lo tuvieron como modelo explícito al diseñar su sistema legislativo bicameral, y el nombre mismo de "senado" fue adoptado por decenas de países en todo el mundo. La idea de que el poder debe estar sometido a la deliberación colectiva de un cuerpo representativo de los más capaces y experimentados, por imperfecta que fuese su aplicación en Roma, dejó una huella indeleble en la teoría y la práctica del gobierno que llega hasta nuestros días.