tragedias

Pandemia de gripe de 1918

Pandemia mundial de influenza de 1918-1920 causada por el virus de la influenza A H1N1

7 min01/01/2024
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A comienzos del siglo XX, cuando la humanidad creía haber dominado muchas de las enfermedades que habían diezmado a generaciones anteriores, una nueva pandemia demostró la fragilidad de esa confianza con una brutalidad sin precedentes en la historia moderna. La pandemia de gripe de 1918, conocida internacionalmente como la gripe española o trancazo, y denominada inicialmente en España como el Soldado de Nápoles, fue causada por un brote del virus de la gripe tipo A, subtipo H1N1. En apenas un año acabó con la vida de entre 20 y 40 millones de personas, convirtiéndose en una de las pandemias más devastadoras que la especie humana haya padecido.

El nombre de "gripe española" resulta paradójico porque España no fue el origen de la enfermedad. La pandemia recibió esa denominación por una razón puramente informativa: España no participaba en la Primera Guerra Mundial y, por tanto, su prensa no estaba sometida a la censura militar que en los países beligerantes impedía publicar noticias que pudieran desmoralizar a las tropas o revelar la debilidad del ejército. Al no existir esa restricción, los periódicos españoles cubrieron ampliamente la epidemia, dando la impresión al resto del mundo de que el país era el más afectado, cuando en realidad era simplemente el más transparente al respecto.

El origen geográfico real de la pandemia sigue siendo objeto de debate entre los historiadores de la medicina. La versión más aceptada durante décadas situaba al paciente cero en Fort Riley, Kansas, Estados Unidos, donde la enfermedad fue notificada por primera vez el 4 de marzo de 1918. Pocas horas después del ingreso del primer caso, identificado como el cocinero Gilbert Michell, ya se contabilizaban decenas de enfermos. El hospital quedó desbordado y fue necesario habilitar un hangar para atender a todos los afectados. Sin embargo, investigaciones más recientes apuntan a Camp Greene, cerca de Charlotte, en Carolina del Norte, donde en diciembre de 1917 se registraron 20 muertos de un total de 565 enfermos de gripe, todos ellos hombres jóvenes, lo que suponía un incremento de entre 100 y 200 veces la tasa de mortalidad habitual para esa franja de edad.

Lo que hace especialmente dramática a la gripe de 1918 es el perfil de sus víctimas. A diferencia de las epidemias de gripe estacionales, que afectan principalmente a niños y ancianos, esta pandemia se cebó también con jóvenes y adultos en plena salud. La investigación posterior determinó que el virus provocaba lo que los científicos denominan una tormenta de citoquinas, una respuesta inmunológica exagerada del propio organismo que resulta especialmente violenta en individuos con un sistema inmune fuerte y activo. Esto explicaría por qué los jóvenes adultos, con mejores defensas que los niños o los ancianos, sufrieron una mortalidad desproporcionadamente alta. La enfermedad también afectó a animales, incluidos perros y gatos.

La primera ola de la pandemia, considerada como una oleada heraldo, ya había golpeado al menos catorce campamentos militares estadounidenses en el otoño de 1917, antes de la fecha oficialmente reconocida. El primer caso confirmado de la mutación viral que dio al patógeno su carácter letal fue registrado el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses que se dirigían al frente europeo de la Gran Guerra. La concentración masiva de soldados en barcos, trincheras y campamentos militares creó las condiciones perfectas para la propagación explosiva del virus.

Los datos de mortalidad previos a la pandemia revelan que la gripe llevaba años incrementando su peligrosidad de manera preocupante. En 1916, los registros estadounidenses contabilizaban 18.886 muertos por gripe, lo que representaba una tasa de mortalidad del 2,6 por ciento, muy por encima del 0,056 por ciento habitual de una gripe estacional. Esa tasa de 1916 suponía ya un incremento del 65 por ciento respecto a 1915, y a su vez la mortalidad de ese año era un 75 por ciento superior a la de 1914. La tendencia ascendente era inequívoca, aunque ningún sistema de vigilancia sanitaria de la época estaba preparado para interpretarla correctamente.

La guerra actuó como un amplificador extraordinario de la pandemia. Los soldados enfermos eran enviados de regreso a sus países, transportando el virus a todos los rincones del mundo. Las grandes aglomeraciones humanas en los frentes y en los barcos de transporte favorecían la transmisión. La desnutrición y las malas condiciones de vida en las trincheras debilitaban el sistema inmune de los combatientes. Y la censura militar impedía que la información sobre la gravedad de la situación llegara al público, demorando las respuestas sanitarias que habrían podido reducir el número de víctimas.

Décadas después del fin de la pandemia, los científicos han empleado muestras de tejido de víctimas fallecidas cuyos cuerpos permanecían congelados en el permafrost ártico para recuperar y estudiar el virus original. Esas investigaciones confirmaron que el patógeno pertenecía al subtipo H1N1 y han aportado valiosa información sobre sus características genéticas. Sin embargo, el trabajo ha generado cierta controversia ética, dado que la reconstrucción de un virus tan letal implica riesgos en caso de escape accidental o liberación intencionada de los laboratorios donde se realiza la investigación.

La pandemia de 1918 se extinguió gradualmente en 1919 y 1920, después de haber recorrido el planeta en tres oleadas sucesivas. Dejó tras de sí no solo un número catastrófico de muertos, sino también a millones de supervivientes con secuelas crónicas y comunidades enteras desarticuladas. Su impacto demográfico en algunos países en desarrollo fue comparable al de la Peste Negra en la Europa medieval.

El legado sanitario de la gripe española fue enorme. Impulsó el desarrollo de la epidemiología moderna como disciplina científica, estimuló la investigación sobre los virus y los mecanismos inmunológicos, y puso de manifiesto la necesidad de sistemas de vigilancia sanitaria internacional coordinados. Cuando surgió la pandemia de gripe H1N1 en 2009 y la COVID-19 en 2020, los virólogos y epidemiólogos miraron hacia 1918 como el gran laboratorio histórico del que extraer lecciones sobre la naturaleza de las pandemias y las estrategias para combatirlas.

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