tragedias

Gran incendio de Londres

Desastre que arrasó la ciudad de Londres, Inglaterra, en 1666

8 min01/01/2024
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Durante los primeros días de septiembre de 1666, un fuego que comenzó en una modesta panadería de la ciudad de Londres se convirtió en una de las catástrofes urbanas más memorables de la historia europea. El Gran Incendio de Londres arrasó durante cuatro días, del 2 al 5 de septiembre, el corazón medieval de la capital inglesa, borrando del mapa miles de estructuras y transformando para siempre el perfil físico e institucional de la ciudad.

Para comprender la magnitud del desastre, es necesario conocer la Londres de aquella época. En la década de 1660, era la ciudad más grande de Gran Bretaña, con una población estimada de medio millón de habitantes, aunque la terrible epidemia de peste bubónica del invierno de 1665 había reducido considerablemente ese número. El escritor y diarista John Evelyn la describió como una ciudad de casas de madera, norteñas e inartificiales, resultado de siglos de crecimiento orgánico sin planificación. Por inartificial entendía no planificado, improvisado, fruto de la expansión urbana desordenada que caracterizaba a muchas ciudades europeas preindustriales.

La City propiamente dicha, el área delimitada por la antigua muralla romana y el río Támesis, cubría apenas unos 700 acres, aproximadamente 2,8 kilómetros cuadrados, y albergaba a unas 80 000 personas. Las callejuelas eran estrechas, las casas de madera se apilaban unas contra otras, y muchas de ellas tenían las plantas superiores voladas sobre las inferiores, formando túneles oscuros casi imposibles de ventilar. Era un entorno construido para arder.

El fuego comenzó poco después de medianoche del domingo 2 de septiembre, en la panadería de Thomas Farriner en Pudding Lane. Las circunstancias exactas de su origen nunca fueron esclarecidas con certeza, aunque lo más probable es que algún brasero o horno no apagado correctamente fuera la causa inicial. Las investigaciones arqueológicas realizadas siglos después hallaron en ese mismo lugar una pieza de cerámica derretida, actualmente en exhibición en el Museo de Londres, que revela que la temperatura en el foco del incendio alcanzó los 1250 grados Celsius.

Desde los primeros momentos, la principal técnica disponible para combatir incendios a gran escala era la creación de cortafuegos mediante la demolición controlada de edificios en el camino del fuego. Sin embargo, el alcalde mayor de Londres vaciló en dar la orden de demoler propiedades privadas, lo que retrasó fatalmente la respuesta. Para cuando se ordenaron demoliciones a gran escala en la noche del domingo, el viento del este ya había transformado el incendio en una tormenta de fuego que superaba cualquier cortafuego de escala modesta.

El lunes, el fuego fue empujado hacia el norte, adentrándose en el corazón comercial de la City. La situación en las calles se agravó por algo más que el fuego: circulaban rumores de que habían sido extranjeros quienes habían iniciado los incendios deliberadamente. Las sospechas recayeron sobre los inmigrantes franceses y neerlandeses, que eran enemigos de Inglaterra en el contexto de la segunda guerra anglo-neerlandesa entonces en curso. Grupos de inmigrantes fueron víctimas de linchamientos y violencia callejera en medio del caos, una expresión de pánico colectivo que se repetiría en distintas formas a lo largo de la historia urbana.

El martes fue el día más devastador. Las llamas se extendieron por la mayor parte de la City, alcanzando y destruyendo la catedral gótica de San Pablo, símbolo espiritual de la ciudad. El fuego cruzó también el río Fleet, que actuaba como barrera natural hacia el oeste, acercándose peligrosamente a la corte real en el palacio de Whitehall, donde residía el rey Carlos II. Las autoridades movilizaron entonces esfuerzos coordinados más enérgicos, que comenzaron a producir resultados.

El fin del incendio se atribuye a dos factores que actuaron en combinación. Por un lado, el viento del este que había alimentado el fuego amainó significativamente. Por otro, la guarnición de la Torre de Londres usó pólvora para crear cortafuegos efectivos en el sector oriental, deteniendo la expansión del fuego en esa dirección. El miércoles 5 de septiembre las llamas estaban bajo control.

El balance de la destrucción fue imponente: 13 200 casas quedaron reducidas a cenizas, junto con 87 iglesias parroquiales, la catedral de San Pablo y la mayoría de los edificios institucionales de la ciudad. Se estima que unas 70 000 de las 80 000 personas que vivían dentro de la muralla perdieron sus hogares. Los muertos verificados fueron únicamente seis, aunque ese número ha sido cuestionado por los historiadores modernos, quienes señalan que las muertes de personas pobres y de clase media no se registraban sistemáticamente, y que el calor extremo del incendio pudo haber incinerado completamente a muchas víctimas sin dejar restos reconocibles.

El Gran Incendio tuvo consecuencias que trascendieron lo meramente material. Permitió a arquitectos como Christopher Wren reconfigurar el paisaje urbano desde sus cimientos, dotando a Londres de una nueva catedral de San Pablo y de decenas de iglesias reconstruidas en ladrillo y piedra. La tragedia impulsó además el desarrollo de los primeros sistemas modernos de seguros contra incendios, creando compañías privadas que ofrecían protección a los propietarios. La Ciudad de Londres que emergió de las cenizas fue más ordenada, más higiénica y mucho menos vulnerable al fuego, aunque el proceso de reconstrucción tardó décadas en completarse.

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