El Holocausto, denominado en hebreo Shoá, que significa la Catástrofe, fue el genocidio más sistemático y documentado de la historia moderna, llevado a cabo por el régimen de la Alemania nazi contra los judíos de Europa durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Su planificación, organización y ejecución movilizaron la maquinaria completa del Estado alemán, convirtiendo al Tercer Reich en lo que los historiadores han denominado un Estado genocida, en el que cada rama del aparato burocrático, militar e industrial participó en la logística del exterminio.
El antisemitismo no nació con el nazismo, pero Adolf Hitler lo elevó al rango de principio rector de su ideología y de su proyecto político. Desde que el Partido Nacionalsocialista accedió al poder en 1933, los judíos alemanes fueron sometidos a una progresiva privación de derechos, culminada en las Leyes de Núremberg de 1935, que les despojaron de la ciudadanía. La violencia física sistematizada llegó con la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, en la que sinagogas, negocios y hogares judíos fueron destruidos en toda Alemania con la complicidad abierta del Estado. Sin embargo, lo que vendría después superaría con creces todo lo anterior.
La decisión de llevar a la práctica el genocidio se tomó entre finales del verano y principios del otoño de 1941, cuando la invasión de la Unión Soviética ya había puesto bajo control alemán enormes territorios con millones de judíos. A cargo de la planificación administrativa y la supervisión general estuvo Heinrich Himmler, jefe de las SS. Fue la retórica antisemita repetida de Adolf Hitler, y su aprobación directa, lo que legitimó y aceleró la ejecución de las masacres. El programa genocida alcanzó su punto culminante en la primavera de 1942, cuando la red de campos de exterminio comenzó a operar a plena capacidad.
Desde finales de 1942, las víctimas eran transportadas en trenes de carga hacia los campos de exterminio ubicados principalmente en la Polonia ocupada. Los nombres de esos lugares, Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor, Belzec, Majdanek, Chelmno, quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva de la humanidad como sinónimos del horror industrializado. Quienes sobrevivían al viaje en condiciones de hacinamiento extremo eran sometidos a una selección en el andén: los considerados aptos para el trabajo forzado eran enviados a los barracones; el resto, que incluía a la mayoría de las mujeres, los niños, los ancianos y los enfermos, era conducido directamente a las cámaras de gas, donde eran asesinados con Zyklon B.
Entre los métodos utilizados para el exterminio se encontraban también los disparos masivos, el ahorcamiento, el hambre deliberada, los trabajos forzados en condiciones letales, los experimentos pseudocientíficos y la tortura médica. La maquinaria del Holocausto contó con una red de 42 500 instalaciones distribuidas por toda Europa, desde campos de concentración y exterminio hasta guetos y sitios de fusilamiento masivo, que habrían requerido la participación directa de entre 100 000 y 500 000 personas en su planificación y ejecución.
El exterminio no se limitó únicamente a la comunidad judía. Las víctimas no judías del nazismo incluyeron a millones de polacos, a comunistas y otros sectores de la izquierda política, a homosexuales, a gitanos, a personas con discapacidades físicas y mentales y a prisioneros de guerra soviéticos. En total, se estima que murieron un mínimo de once millones de personas, de las cuales al menos un millón habrían sido niños. La cifra simbólica de seis millones de víctimas judías, adoptada en torno a la comunidad judía, representa aproximadamente dos tercios de todos los judíos que vivían en Europa antes de la guerra.
No todos los judíos europeos enfrentaron la persecución en silencio o resignación. A lo largo del conflicto se produjeron alrededor de un centenar de levantamientos judíos armados. El más conocido fue el del gueto de Varsovia, en abril de 1943, cuando miles de combatientes judíos escasamente armados resistieron durante cuatro semanas el asalto de las SS antes de ser aniquilados. En Europa del Este, se estima que entre 20 000 y 30 000 judíos participaron en movimientos partisanos. Los judíos franceses tuvieron también una presencia significativa en la Resistencia francesa, arriesgando sus vidas en la lucha contra la ocupación.
La liberación de los campos de concentración por parte de los ejércitos aliados a partir de 1944 reveló ante el mundo la escala real de los crímenes nazis. El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó el campo de Auschwitz-Birkenau, en lo que se convertiría en la fecha más representativa de la memoria del Holocausto. Desde 2005, la Organización de las Naciones Unidas conmemora ese día como el Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto.
El legado del Holocausto permeó profundamente la arquitectura legal e institucional del mundo de posguerra. Los juicios de Núremberg establecieron el precedente del derecho penal internacional. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio fue adoptada en 1948. El Parlamento Europeo y el Consejo de la Unión Europea sancionaron una ley que entró en vigor a finales de 2007, penando el negacionismo del Holocausto y de los demás crímenes nazis. En 2010, la Comisión Europea creó la base de datos de la Infraestructura Europea para la Investigación del Holocausto, destinada a reunir y unificar la documentación relativa al genocidio. La Shoá sigue siendo el punto de referencia moral obligado de toda reflexión sobre los crímenes de Estado, el totalitarismo y la responsabilidad colectiva frente a la barbarie.