tragedias

Terremoto de Lisboa de 1755

Megasismo tsunamigénico extremo y mortífero epicentral al suroeste de Portugal, en el Atlántico norte

8 min01/01/2024
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En la mañana del 1 de noviembre de 1755, mientras las iglesias de Lisboa se llenaban de fieles para celebrar la festividad de Todos los Santos, la tierra comenzó a temblar. Lo que siguió en los minutos y horas posteriores fue una secuencia de destrucción de una intensidad tan brutal que cambió no solo el mapa físico de una de las grandes capitales europeas, sino también el curso del pensamiento filosófico y científico de toda una época.

El terremoto, que los sismólogos modernos estiman entre 8,7 y 9,0 en la escala de magnitud de momento, tuvo su epicentro en el océano Atlántico, a menos de 300 kilómetros de la costa portuguesa. Los informes contemporáneos describen que la sacudida duró entre tres minutos y medio y seis minutos, una eternidad en términos sísmicos, con grietas de hasta cinco metros de ancho abriéndose en el centro de la ciudad. Lisboa, que contaba entonces con una población estimada de 275 000 habitantes, quedó paralizada por el terror.

El día escogido por el azar geológico no podía haber sido más cruel en su simbolismo. Al ser la festividad de Todos los Santos, una de las más importantes del calendario católico, las iglesias estaban repletas de fieles y profusamente iluminadas por centenares de velas encendidas en memoria de los difuntos. Las primeras víctimas fueron aplastadas por el derrumbe de templos y edificios. Los supervivientes huyeron en busca de espacios abiertos, dirigiéndose en masa hacia los muelles y la orilla del río Tajo, creyendo que allí estarían a salvo.

Sin embargo, lo que vieron al llegar fue un presagio aterrador. Las aguas del Tajo y de la costa comenzaron a retroceder, revelando el lecho marino cubierto de naufragios hundidos a lo largo de los siglos y de mercancías caídas al fondo. Quienes reconocieron la señal intentaron huir hacia terrenos elevados. Cuarenta minutos después del terremoto principal, tres olas de entre seis y veinte metros de altura engulleron el puerto y la zona del centro, subiendo aguas arriba por el río Tajo y barriendo todo lo que encontraron a su paso. El tsunami fue tan poderoso que sus efectos se sintieron en costas tan distantes como las Antillas y Brasil.

Para entonces, en las zonas que no habían sido inundadas, los incendios habían comenzado a propagarse. Las velas encendidas en las iglesias y en los hogares prendieron entre los escombros de los edificios derruidos, y las llamas se alimentaron con los materiales de construcción de una ciudad cuya arquitectura era predominantemente de madera. El fuego ardió durante cinco días sin ser controlado, completando la destrucción que el terremoto y el tsunami habían iniciado.

El balance humano fue devastador. De los 275 000 habitantes de Lisboa, aproximadamente 90 000 personas murieron. Otras 10 000 perdieron la vida en Marruecos, más de 1 000 en Ayamonte, en la provincia española de Huelva, y se registraron víctimas en numerosos puntos de la península ibérica y del norte de África. El ochenta y cinco por ciento de los edificios de Lisboa quedaron destruidos, incluyendo palacios, la gran biblioteca real de unos 70 000 volúmenes, el recién inaugurado Teatro de la Ópera, que había abierto sus puertas apenas seis meses antes, y la mayor parte de los ejemplos de arquitectura manuelina, el estilo distintivo portugués del siglo XVI.

El Palacio Real, situado junto al Tajo donde hoy se extiende el Terreiro do Paço, fue destruido por los efectos sucesivos del terremoto y el maremoto. Otras construcciones que habían resistido la sacudida inicial perecieron en las llamas de los días posteriores. La conmoción sísmica fue sentida en un área geográfica extraordinaria: desde Groenlandia y América del Norte hasta Noruega, Suecia, el Reino Unido, Irlanda, gran parte de África del Norte e incluso Madeira. Gran parte de Argel resultó dañada, y una ciudad marroquí de entre ocho y diez mil habitantes desapareció por completo.

El terremoto de Lisboa interrumpió abruptamente las ambiciones imperiales de Portugal en el siglo XVIII y acentuó las tensiones políticas internas. El marqués de Pombal, primer ministro del rey José I, tomó las riendas de la recuperación con una energía y pragmatismo que pasarían a la historia. Mientras otros debatían las causas divinas de la catástrofe, Pombal ordenó enterrar a los muertos, reconstruir la ciudad y levantar inventarios sistemáticos de los daños, coordinando la respuesta estatal de manera sin precedentes.

El terremoto tuvo también una dimensión intelectual de enorme alcance. Fue el primer sismo cuyos efectos sobre un área geográfica extensa fueron estudiados de manera científica y sistemática, sentando las bases de la sismología moderna como disciplina. Las encuestas enviadas por Pombal a las distintas provincias del reino para documentar los efectos del temblor constituyen uno de los primeros ejercicios de recogida de datos geofísicos a gran escala. Al mismo tiempo, el acontecimiento desató un intenso debate filosófico en la Europa ilustrada, especialmente en el campo de la teodicea, la reflexión sobre la compatibilidad entre la existencia de un Dios benevolente y la presencia del mal y el sufrimiento en el mundo. Voltaire lo convirtió en materia de sus escritos más célebres, y el debate que generó contribuyó a moldear el pensamiento occidental moderno.

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