tragedias

Eduardo III de Inglaterra

Rey de Inglaterra (1327-1377)

7 min01/01/2024
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Eduardo III de Inglaterra nació el 13 de noviembre de 1312 en el castillo de Windsor, y su vida entera quedaría marcada por una ambición sin límites, un genio militar extraordinario y una capacidad política que transformó para siempre el destino del reino. Hijo de Eduardo II, cuyo reinado había sido un desastre de debilidad, incompetencia y sumisión a favoritos impopulares, el joven príncipe heredó un trono sacudido por la inestabilidad y la humillación nacional. Sin embargo, desde muy temprano demostró poseer el carácter que a su padre le había faltado por completo.

Fue coronado rey de Inglaterra el 1 de febrero de 1327, cuando apenas contaba catorce años de edad. Su ascenso al trono no fue un acto ordinario de sucesión dinástica: fue el resultado del derrocamiento forzado de Eduardo II, orquestado por la propia madre del joven monarca, la reina Isabel de Francia, junto a su amante Roger Mortimer. Durante los primeros años del reinado, fue Mortimer quien ejerció el poder real mientras el adolescente rey observaba, aprendía y esperaba con una paciencia que resultaría calculada. A los diecisiete años, en 1330, Eduardo dio el golpe decisivo: arrestó a Mortimer en el castillo de Nottingham y lo mandó ejecutar, iniciando así su gobierno personal y dejando claro desde el primer momento que no toleraría ninguna sombra de autoridad sobre su persona.

Una de sus primeras prioridades fue la cuestión escocesa, que su padre había dejado irresuelto y que constituía una herida abierta en el orgullo inglés. Eduardo III intervino militarmente más allá de la frontera y logró imponer en el trono escocés a Eduardo de Balliol entre 1332 y 1336. Sin embargo, la resistencia escocesa demostró ser tenaz, y Francia mantuvo activamente su alianza histórica con Escocia, complicando cada movimiento inglés en el norte. Las campañas resultaron costosas e inconclusas, y el rey comprendió que el verdadero problema tenía sus raíces en París.

La situación dinástica en Francia ofrecía a Eduardo III una oportunidad histórica sin precedentes. En 1328, con la muerte de Carlos IV sin herederos varones, se extinguió la línea principal de la dinastía capeta, a la que el propio Eduardo pertenecía a través de su madre Isabel, hermana de los últimos tres reyes franceses: Luis X, Felipe V y Carlos IV. Eduardo argumentó con gran astucia jurídica que, si bien la ley sálica excluía a las mujeres del trono, no podía impedir que una mujer transmitiera sus derechos sucesorios a sus hijos varones. Pese a este razonamiento, la nobleza francesa se decantó por Felipe VI de Valois, miembro de una rama colateral de la familia real, y Eduardo inicialmente aceptó el hecho consumado, rindiendo homenaje al nuevo rey francés por su ducado de Guyena para preservar la paz y mantener su margen de maniobra en Escocia.

La tensión entre ambas coronas fue escalando de manera inexorable. Felipe VI utilizó el ducado de Guyena como palanca para presionar a Eduardo, interfiriendo en sus asuntos y apoyando la independencia escocesa con tropas y recursos. Por su parte, Eduardo buscaba dominar el condado de Flandes, vasallo de Francia pero económicamente dependiente de la lana inglesa, una dependencia que el rey inglés supo convertir en arma política. Intentó establecer una unión personal mediante el matrimonio de su hijo Edmundo con Margarita, condesa de Flandes, pero el papa Urbano VI negó la dispensa necesaria. Cambió entonces de táctica y alentó la rebelión flamenca liderada por Jacobo van Artevelde, asegurándose así el suministro de lana e instalando como gobernador del territorio al barón Simón de Mirabello. Felipe VI respondió con furia: convocó al Parlamento francés y confiscó el ducado de Guyena. Ante ese acto, Eduardo renegó de su vasallaje, reclamó formalmente la corona de Francia y envió a París un desafío histórico en el que escribió una frase que resonaría en los siglos venideros: «para Felipe, el que se llama a sí mismo rey de Francia». Era el año 1337, y comenzaba así la Guerra de los Cien Años.

El ejército inglés que Eduardo III desplegó era una fuerza modernamente organizada, con archers de longbow disciplinados, poderosa artillería y una caballería bien entrenada. Gracias al pacto con los burgueses flamencos, penetró en Francia por el condado de Flandes con el apoyo prometido del emperador alemán. La primera gran victoria llegó en el mar: la flota francesa que intentaba cortarle el paso fue destruida en la batalla de La Esclusa, frente a Brujas, en 1340. Sin embargo, el posterior asedio a Tournai fracasó por el agotamiento de las tropas y la falta de la colaboración imperial prometida, obligando a Eduardo a firmar las treguas de Esplachin. La guerra pareció acabar, pero la disputa dinástica por el ducado de Bretaña ofreció una nueva excusa para reanudar las hostilidades.

Eduardo III desembarcó en Normandía y emprendió una devastadora cabalgada por el norte de Francia, saqueando territorios y mostrando una brutalidad calculada destinada tanto a enriquecer a sus tropas como a demostrar la incapacidad del rey francés para proteger a sus súbditos. Felipe VI lo persiguió con un ejército numéricamente superior y lo alcanzó en Crécy en 1346, donde la disciplina inglesa y la mortífera lluvia de flechas de los arqueros aniquilaron a la caballería francesa en una de las batallas más decisivas de la Edad Media. Poco después cayó Calais, cuya rendición simbolizaba el apogeo del poder inglés en Francia.

En el plano interno, el reinado de Eduardo III fue igualmente transformador. Impulsó de manera significativa el desarrollo del parlamentarismo inglés, convocando con regularidad asambleas que consolidaron el papel del Parlamento como institución permanente y necesaria para el gobierno del reino. Las reformas legislativas y administrativas que emprendió dotaron al Estado inglés de una estructura más eficiente y duradera. Sin embargo, el reinado también fue sacudido por la peor catástrofe sanitaria de la historia medieval: la epidemia de peste negra, que llegó a Inglaterra en 1348 y que en pocos años mató a aproximadamente un tercio de la población del país, alterando profundamente la estructura social, económica y laboral del reino.

Eduardo III murió el 21 de junio de 1377 en el palacio de Sheen, a los sesenta y cuatro años, tras un reinado de cincuenta años que transformó Inglaterra en una potencia militar de primera magnitud europea. Sus últimos años estuvieron ensombrecidos por la decadencia física, la pérdida de territorios en Francia y la muerte de su hijo mayor, el legendario Eduardo de Woodstock, conocido como el Príncipe Negro. A pesar de ese ocaso, el legado de Eduardo III perduró en el tiempo: su visión del poder real, su habilidad para movilizar los recursos del reino y su impulso al desarrollo parlamentario definieron el carácter de la monarquía inglesa durante generaciones.

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