En el corazón de los Andes, la ciudad del Cusco fue, durante siglos, el ombligo del mundo según la cosmovisión andina. Fundada como capital del Tawantinsuyu, representaba el centro político, religioso y cultural del vasto Imperio Inca. Sin embargo, desde que Francisco Pizarro la conquistó el 15 de noviembre de 1533, tras derrotar al ejército atahualpista comandado por el general Quizquiz, esa ciudad sagrada había caído bajo el dominio de los invasores europeos. Lo que vino después fue uno de los episodios más dramáticos y decisivos de toda la conquista americana: el cerco de Cusco.
Al mes de la conquista española, los conquistadores impulsaron la coronación de Manco Inca Yupanqui, uno de los hijos legítimos del fallecido Huayna Cápac, como nuevo Sapa Inca. La estrategia era clara: utilizar a un gobernante nativo para legitimar su control sobre las poblaciones andinas y facilitar la administración del territorio. Durante los primeros tiempos, las relaciones entre Manco Inca y los españoles fueron relativamente cordiales, en especial con Diego de Almagro, quien supo tratar al joven soberano con cierto respeto y consideración política.
Esa situación cambió radicalmente con la llegada de una nueva oleada de conquistadores, hombres que no habían participado en el reparto del botín y que llegaban con ambiciones desenfrenadas. Gonzalo y Juan Pizarro, hermanos del gobernador Francisco, se distinguieron por los tratos humillantes que infligían al Inca. Lo maltrataban físicamente, lo insultaban y llegaron al extremo de exigirle que les entregara a su hermana-esposa, Cora Ocllo. Francisco Pizarro no intervino con firmeza, y cuando él y Almagro partieron hacia otras expediciones, la situación se agravó aún más. A fines de 1535, Manco Inca intentó escapar pero fue capturado, traído encadenado y encarcelado. La humillación era total.
Hernando Pizarro, que regresó de España en enero de 1536, puso fin a aquel trato degradante y ordenó la liberación del Inca. Sin embargo, el daño ya era irreparable. La resolución de Manco Inca de rebelarse estaba tomada, y solo esperaba el momento oportuno para ejecutar su plan. Aprovechando la codicia característica de los conquistadores, convenció a Hernando de que en el paraje de Lares existía una estatua de oro macizo de su padre Huayna Cápac, junto a otros tesoros que solo él podría recuperar. Solicitó permiso para salir de la ciudad acompañado del sumo sacerdote inca, Vila Oma, con el pretexto de cumplir el rito funerario anual del difunto soberano. Hernando mordió el anzuelo y, el 18 de abril de 1536, dejó salir a ambos haciéndoles prometer su regreso.
La verdadera intención era bien distinta. Manco Inca convocó a sus generales y capitanes para organizar una rebelión a gran escala. Vila Oma, su brazo derecho, recorrió las provincias alentando y reclutando guerreros. Entre los convocados estaba el general Cama Cachi, príncipe de sangre real que había servido a Huáscar y que recibió la misión de cercar a las tropas españolas acantonadas en Lima. El sitio del valle del Rímac se prolongó durante seis meses, poniendo en serio aprieto a los españoles que allí se encontraban.
El 6 de mayo de 1536, Manco Inca inició formalmente el cerco de Cusco con un ejército que las crónicas describen como extraordinariamente numeroso. La ciudad quedó rodeada por guerreros incas que cortaron los suministros y hostigaron sin descanso a los españoles. Uno de los momentos más críticos del asedio fue la batalla de Sacsayhuamán, la imponente fortaleza de piedra que dominaba la ciudad desde las alturas. Los incas la utilizaron como base de operaciones, y los españoles, en un ataque desesperado liderado por Juan Pizarro —quien murió durante el combate—, lograron finalmente recuperarla. Esa recaptura fue un golpe significativo para los sitiadores, pero no bastó para romper el cerco.
Durante casi diez meses, el resultado fue un estancamiento militar que ninguno de los dos bandos lograba resolver. Los españoles resistían en el interior de la ciudad pero no podían romper el cerco ni recibir refuerzos con facilidad. Las tropas incas, por su parte, no conseguían tomar la ciudad definitivamente, en parte porque los conquistadores habían aprendido a adaptarse a las condiciones del terreno andino y contaban con la decisiva ventaja de la caballería y las armas de fuego.
El desenlace estratégico favoreció a los europeos. La expedición de Diego de Almagro, que había marchado hacia Chile en busca de riquezas, regresó en 1537 sin haber encontrado lo que buscaba, y sus fuerzas se sumaron a las que operaban en el área. Además, se aproximaban los refuerzos al mando de Alonso de Alvarado. Al mismo tiempo, el ejército inca encargado de controlar la sierra central fue desapareciendo por la presión española y las deserciones. La escasez de suministros comenzó a afectar seriamente al bando indígena.
Ante ese panorama desfavorable, Manco Inca tomó la difícil decisión de levantar el sitio el 18 de abril de 1537, exactamente un año después de haber abandonado el Cusco con el pretexto de buscar tesoros. Se replegó hacia Ollantaytambo, la formidable ciudadela ubicada en el Valle Sagrado, donde esperaba reorganizar sus fuerzas y continuar la resistencia desde una posición más ventajosa. Allí repelió inicialmente un ataque español con notable eficacia, pero la presión combinada de los ejércitos europeos lo obligó a retirarse aún más lejos, hacia las selvas de Vilcabamba, donde establecería un estado inca en resistencia que se prolongaría durante décadas.
El cerco de Cusco representa, desde el punto de vista histórico, uno de los mayores intentos de los pueblos andinos por expulsar a los conquistadores europeos. Durante casi un año, una potencia militar emergente fue puesta a prueba por las fuerzas de un imperio milenario que luchaba por su supervivencia. El fracaso de Manco Inca no fue consecuencia de una inferioridad táctica absoluta, sino del timing geopolítico: la llegada de refuerzos en el momento preciso inclinó la balanza definitivamente a favor de los españoles.
El legado de este episodio es profundo y ambivalente. Para la historiografía andina, el cerco de Cusco simboliza la resistencia heroica frente a la colonización y el intento de preservar la soberanía de un pueblo. Para la historia de la conquista, demuestra la precariedad real de la dominación española en sus primeras décadas y la magnitud de la empresa que Pizarro y sus hombres habían iniciado. La figura de Manco Inca Yupanqui, que pasó de ser un colaborador de los españoles a su más encarnizado adversario, encarna la tragedia de un soberano que vio destruirse ante sus ojos el mundo al que pertenecía.



