Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón nació el 25 de abril de 1775 en Aranjuez, España, como hija primogénita del rey Carlos IV y de su esposa, la princesa María Luisa de Parma. Su vida estaría marcada desde su infancia por la lógica implacable de la política dinástica europea, que convertía a las hijas de los reyes en instrumentos de alianzas entre coronas mucho antes de que pudieran comprender el alcance de su destino.
Con apenas diez años de edad, el 8 de mayo de 1785, Carlota Joaquina fue desposada con el príncipe Juan de Portugal, segundo hijo de la reina María I. La niña dejó España para establecerse en la corte de Lisboa, donde en sus primeros años circularon rumores que ponían en duda su capacidad para engendrar hijos, atribuyendo su fragilidad a una constitución enfermiza y a una estatura inusualmente pequeña. Incluso se dijo que la corte portuguesa consideraba anular el matrimonio y devolver a Carlota a España para que el príncipe Juan pudiera casarse con una princesa más conveniente, aunque finalmente ese plan nunca prosperó.
El curso de los acontecimentos cambió en 1788, cuando murió el heredero de la Corona portuguesa, el príncipe José, titular del Brasil, y Juan pasó a ocupar el primer lugar en la línea de sucesión. La situación se redefinió aún más en 1792, cuando la reina María I, sumida en una locura progresiva, cedió la regencia del reino a su hijo. Carlota Joaquina se convertía así en princesa consorte-regente de Portugal, y este nuevo rango alimentó sus ambiciones naturales de influencia y poder.
En la corte de Lisboa, Carlota se inmiscuyó frecuentemente en los asuntos de Estado, procurando incidir en las decisiones de su esposo con una tenacidad que la nobleza portuguesa recibió con desconfianza creciente. Sus desavenencias conyugales con Juan comenzaron a tomar dimensiones políticas. En 1806, Juan VI descubrió que Carlota Joaquina estaba urdiendo una revuelta palaciega con el objetivo de arrebatarle el poder, lo que lo llevó a expulsarla del Palacio Real de Mafra y a recluirla bajo vigilancia en el palacio de Queluz, en las afueras de Lisboa.
La invasión de Portugal por las tropas napoleónicas en 1808 obligó a la familia real a una huida precipitada hacia Brasil. La corte portuguesa se trasladó a Río de Janeiro, donde instaló su sede, un acontecimiento sin precedentes en la historia de las monarquías europeas. Pero ni la distancia oceánica ni el nuevo entorno lograron apaciguar las ambiciones de Carlota Joaquina.
Entre 1808 y 1812, Carlota esgrimió un argumento político que tenía cierta lógica dinástica: sostenía ser la única miembro de la familia de Carlos IV que no se encontraba cautiva de los franceses, y por tanto la candidata natural a ejercer como regente de España mientras durase el cautiverio de su hermano Fernando VII y la usurpación del trono español por parte de José Bonaparte. Esta pretensión encontró eco en Sudamérica. En Buenos Aires se formó un partido carlotista integrado por figuras que aspiraban a utilizar el nombre de Carlota Joaquina como paraguas legitimador para avanzar hacia la independencia del Virreinato del Río de la Plata. La infanta española contaba además con el apoyo del almirante Sidney Smith, comandante de la estación naval británica en el Atlántico Sur.
Sin embargo, el proyecto naufragó por múltiples causas. La diplomacia británica, encabezada por Lord Strangford, se opuso a la creación de una regencia española en Buenos Aires que contradijera el apoyo de Gran Bretaña al restaurado Fernando VII. Más decisiva fue la maniobra de Juan VI, quien hizo notar que si su esposa era proclamada regente de España, él mismo, como consorte de la regente, tendría derechos legítimos sobre el Virreinato del Río de la Plata. Esta insinuación bastó para que el partido carlotista de Buenos Aires retirara su apoyo: los criollos que buscaban la emancipación no tenían ningún interés en caer bajo tutela portuguesa.
En 1820, una revolución liberal estallada en Oporto exigió el regreso de la familia real a la metrópoli. Juan VI accedió y volvió a Portugal, dejando a su hijo Pedro como regente de Brasil. Carlota Joaquina regresó con él, pero su relación con el proceso constitucional que se abría fue de abierta hostilidad: la infanta española era una firme absolutista y nunca aceptó el liberalismo político que pretendía limitar el poder de la monarquía.
Carlota Joaquina de Borbón falleció el 7 de enero de 1830 en el Palacio de Queluz, el mismo lugar donde había vivido bajo reclusión décadas antes. Tenía cincuenta y cuatro años. Su vida fue la de una mujer dotada de una inteligencia política notable y de una voluntad de poder que chocó repetidamente con los límites que su condición de consorte le imponía. Más intrigante que gobernante, más conspiradora que diplomática, su figura sigue siendo una de las más fascinantes y controvertidas de la historia iberoamericana de comienzos del siglo XIX.