imperios

Carlos de Anjou

Rey de Sicilia entre 1266 y 1285

7 min01/01/2024
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Carlos de Anjou nació en París el 21 de marzo de 1227, siendo el hijo menor de Luis VIII de Francia y de Blanca de Castilla. Hermano pequeño del rey Luis IX, más conocido como San Luis, Carlos creció en una familia que encarnaba la más alta nobleza del occidente cristiano medieval. Desde joven demostró una ambición política y militar que lo distinguía de sus hermanos, y esa capacidad para proyectar poder muy lejos de sus dominios originales fue la marca distintiva de toda su trayectoria.

El primer paso en la construcción de su fortuna personal llegó en 1246, cuando adquirió el condado de Provenza por matrimonio, uniéndose a Beatriz de Provenza. Ese territorio mediterráneo le proporcionó una base estratégica desde la que podía proyectar su influencia tanto hacia Italia como hacia el norte de África. Fiel a los compromisos dinásticos, acompañó a su hermano Luis IX en la Cruzada de Egipto entre 1248 y 1254, una campaña que concluyó en un fracaso militar pero que amplió los horizontes del ambicioso príncipe angevino.

A partir de 1256, Carlos emprendió una expansión sistemática desde Provenza hacia los territorios limítrofes. Sus tropas avanzaron hacia el Condado Venaissin, los condados de Gap y Embrun, el condado de Vintimille y los valles de Vésubie y Roja, aunque en 1262 tuvo que ceder la mayor parte de esas conquistas. Paralelamente, desde 1259 extendió su influencia en el Piamonte: ocupó Coni, Alba, el Valle de la Maira y el Valle de Stura, fue proclamado señor de Cuneo y de Borgo San Dalmazzo, y los marqueses de Saluzzo, Ceva y Cravansana se declararon sus vasallos. En 1260 fue proclamado señor de Mondovi y Sogliano, y dos años después sometió las ciudades de Aviñón, Arlés y Marsella, que se habían sublevado.

La gran oportunidad para alcanzar el reino que ambicionaba llegó en junio de 1263, cuando el papa Urbano IV le ofreció la corona del reino de Sicilia, que incluía tanto la isla como el sur de Italia continental, conocido como el Mezzogiorno. Urbano IV le nombró rey de Sicilia y también senador de Roma sin limitación de tiempo, convirtiéndolo además en protector de Florencia y jefe del partido güelfo, es decir, el partido favorable al papado frente a los gibelinos partidarios del emperador. En 1264 Carlos entró en Turín, donde fue proclamado señor. Partió de Marsella el 10 de mayo de 1265 al frente de un ejército de provenzales al que se sumaron nobles como Bucardo V de Vendôme, el conde de Soissons y Guido de Montfort. A su paso derrotó a los señores de Cremona, Parma, Piacenza y Brescia, y fue reconocido como señor en Pistoia, Lucca, Ancona, Rímini, Módena, Mantua, Ferrara, Milán y numerosas ciudades italianas más. El 21 de junio de 1265 llegó a Roma, donde fue coronado rey de Sicilia el 28 de ese mismo mes.

El 20 de enero de 1266 abandonó Roma en dirección al sur. El rey Manfredo I de Sicilia, representante de la dinastía Hohenstaufen que Carlos venía a desalojar, salió de Capua y estableció sus posiciones al nordeste de Benevento, en el lugar conocido como el Campo de las Rosas. El combate decisivo tuvo lugar el 26 de febrero de 1266 y resultó una victoria aplastante para Carlos. Manfredo murió en la batalla, y sus seguidores reconocieron al vencedor como nuevo rey. Incluso Corfú se sometió. Sin embargo, el partido gibelino no estaba dispuesto a resignarse: llamaron al joven Conradino de Hohenstaufen, sobrino nieto de Manfredo y duque de Suabia, que apenas contaba dieciséis años de edad. El joven pretendiente fue aclamado en Verona, Pavía y Pisa, y numerosos nobles sicilianos se unieron a su causa. Incluso el rey Alfonso X de Castilla, que aspiraba al trono imperial, envió tropas en su apoyo. Carlos respondió con una eficacia brutal: derrotó a Conradino en la batalla de Tagliacozzo en 1268, el joven fue capturado y decapitado públicamente en Nápoles, eliminando así el último representante de los Hohenstaufen.

Con sus rivales eliminados, Carlos ejerció el poder sobre su reino con un estilo que generó creciente resentimiento. Trasladó la capital de Palermo a Nápoles, lo que los sicilianos interpretaron como una humillación y un abandono. La introducción masiva de funcionarios y nobles franceses en la administración del reino agravó el descontento de la población local. Mientras tanto, Carlos seguía ampliando su influencia: en 1277 intervino en la lucha por el Reino de Jerusalén, comprando los derechos al trono, y extendió su poder por los Balcanes, convirtiéndose en la figura hegemónica del Mediterráneo oriental.

El 30 de marzo de 1282, sin embargo, estalló en Palermo la rebelión que pasaría a la historia como las Vísperas Sicilianas. La revuelta comenzó en los alrededores de la iglesia del Santo Espíritu al sonar las vísperas y se extendió por toda la isla en cuestión de horas, con una violencia que no discriminaba entre soldados y civiles franceses. Los sicilianos buscaron el apoyo de Pedro III de Aragón, quien reclamaba el reino en nombre de su esposa Constanza, hija de Manfredo. La flota de Carlos fue derrotada en la bahía de Nápoles en junio de 1284, en un golpe que destruyó su poderío naval y sus esperanzas de recuperar la isla. Carlos estaba organizando una nueva campaña cuando la muerte lo sorprendió en Foggia el 7 de enero de 1285.

El legado de Carlos de Anjou resulta ambivalente. Construyó en apenas dos décadas un dominio mediterráneo de proporciones colosales que ningún otro príncipe occidental de su época había igualado, pero su administración despótica y su desprecio por las tradiciones locales precipitaron su caída. Las Vísperas Sicilianas representaron uno de los primeros y más explosivos ejemplos de resistencia popular organizada contra un poder extranjero en la historia medieval europea. La rama angevina que fundó continuó gobernando Nápoles durante generaciones, pero la isla de Sicilia quedó para siempre fuera de su alcance.

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