Cayo Mario, cuyo nombre completo en latín era Gaius Marius, nació en el año 157 antes de Cristo en la aldea de Cereatae, cerca de Arpino, en el sur del Lacio, una zona periférica alejada de los centros de poder de Roma. Esta condición de hombre nuevo, de ciudadano sin la aureola de una familia patricia ilustre, marcaría toda su trayectoria política y militar, convirtiéndose al mismo tiempo en su mayor obstáculo y en el motor de su ambición desmesurada.
La carrera de Mario fue ante todo la de un militar brillante que ascendió por méritos propios en el escalafón romano. Su talento para la organización y la batalla lo llevó a las más altas responsabilidades en el ejército, y fue en ese ámbito donde realizó una de sus contribuciones más duraderas a la historia de Roma: la reforma del ejército republicano. Hasta entonces, el servicio militar estaba vinculado a la propiedad, lo que limitaba el número de ciudadanos reclutables. Mario abrió las legiones a los ciudadanos sin tierras, creando un ejército profesional más numeroso, mejor entrenado y, no menos importante, más leal a sus comandantes que a las instituciones abstractas de la república.
Esta reforma tuvo consecuencias que superaban con mucho el ámbito estrictamente militar. Al crear soldados que dependían de sus generales para obtener tierras y recompensas una vez licenciados, Mario sentó sin proponérselo las bases del fenómeno que acabaría destruyendo la república: la lealtad personal al caudillo por encima de la lealtad al Estado.
En el plano inmediato, sin embargo, la reforma demostró su eficacia de manera espectacular. En el año 105 antes de Cristo, Mario puso fin victoriosamente a la guerra de Jugurta, el conflicto con el rey de Numidia que había humillado a Roma durante años. A continuación enfrentó una amenaza aún más grave: las tribus germánicas de los cimbros y los teutones, que avanzaban hacia Italia sembrando el terror. Mario las derrotó en dos batallas decisivas, convirtiéndose en el salvador de la patria a ojos de la ciudadanía romana.
El resultado político de estos éxitos fue sin precedentes: Mario fue elegido cónsul siete veces en total, incluyendo cinco consulados consecutivos entre los años 104 y 100 antes de Cristo, una anomalía constitucional que no tenía parangón en la historia republicana. Nadie antes ni después ocuparía tantas veces ese cargo durante la época republicana. En los últimos años del siglo II antes de Cristo, Mario era sencillamente el hombre más poderoso de Roma.
Sin embargo, la grandeza política de Mario nunca fue completamente estable. Buscando aliados populares, se asoció durante un tiempo con el tribuno Lucio Apuleyo Saturnino, una figura de métodos violentos que empujaba reformas radicales. En un momento decisivo, Mario abandonó a Saturnino y se puso del lado del Senado, salvando quizás las formas republicanas pero dañando su reputación entre los sectores populares. Después de este episodio pasó casi una década en la oscuridad política.
Participó en la guerra Social, el conflicto por el que los aliados itálicos de Roma reclamaban la ciudadanía plena, y obtuvo algunas victorias militares, pero no logró recuperar la posición de influencia que había tenido. Cuando estalló la primera guerra mitridática contra el rey del Ponto, Mario intentó apoderarse del mando del ejército, lo que lo enfrentó directamente con Lucio Cornelio Sila. Este choque entre dos de los militares más poderosos de Roma desencadenó en el año 88 antes de Cristo la primera guerra civil de la historia romana. Sila, al frente de las legiones, marchó sobre Roma, algo que jamás había ocurrido antes, y derrotó a Mario, quien fue declarado enemigo del Estado y huyó de Italia.
La huida de Mario fue una peripecia de extrema dureza para un hombre de su edad y su gloria. Pero regresó al año siguiente, en alianza con Lucio Cornelio Cinna, tomó Roma y gobernó mediante el terror, eliminando a sus adversarios en un baño de sangre que las fuentes antiguas describen con los tonos más sombríos. Mario murió en enero del año 86 antes de Cristo, al comienzo de su séptimo consulado, a los setenta y un años.
La figura de Cayo Mario es una de las más complejas y contradictorias de la historia romana. Reformador genial, Salvador de la patria frente a los germanos, y también artífice de una de las primeras tiranías de la república, su vida trazó el arco que conduciría, décadas después, al Imperio. Sus biógrafos principales, Plutarco en las Vidas Paralelas y Salustio en la Guerra de Jugurta, dejaron retratos indelebles de un hombre cuya ambición no conocía límites y cuya carrera transformó para siempre las reglas del juego político en Roma.