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Guerra civil siria

Conflicto armado en Siria

7 min01/01/2024
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La guerra civil siria es uno de los conflictos más devastadores y complejos del siglo XXI. Sus raíces se hunden en décadas de autoritarismo bajo la dinastía Ásad y emergieron a la superficie en marzo de 2011, cuando una oleada de protestas populares sacudió los cimientos del régimen baazista encabezado por Bashar al-Ásad. Lo que comenzó como una expresión más de la Primavera Árabe que recorría el mundo árabe se transformaría en un conflicto de dimensiones globales que duraría casi catorce años y dejaría una huella indeleble en el mapa político y humano de Oriente Medio.

Las manifestaciones iniciales de 2011 respondían a un descontento popular profundo con el gobierno autoritario que Siria arrastraba desde hacía décadas. Los sirios salieron a las calles exigiendo reformas democráticas, mayor libertad política y el fin de la corrupción. El régimen de Ásad, en lugar de responder con concesiones, reaccionó con una represión violenta que incluyó el uso de fuerza letal contra los manifestantes. Esta respuesta desencadenó un efecto dominó: primero vinieron las deserciones dentro del ejército, luego la formación de grupos armados de oposición, y finalmente el estallido de una guerra civil que nadie podía detener.

La llamada oposición siria nunca constituyó un bloque homogéneo, lo que añadió una complejidad extraordinaria al conflicto. El Consejo Nacional Sirio, con base en Estambul, agrupaba en 2011 a los principales sectores laicos y liberales de la oposición. Las fuerzas kurdas, por su parte, construyeron su propia estructura política y militar a través de la Unidad de Protección Popular. Sin embargo, la presencia que más alarma generó a nivel internacional fue la de grupos islamistas radicales, entre ellos el Frente Al Nusra y el Estado Islámico, que aprovecharon el vacío de poder para expandirse desde Irak y controlar extensas zonas del territorio sirio.

La internacionalización del conflicto no tardó en producirse. Estados Unidos, al principio, proporcionó asistencia no letal a los grupos rebeldes; posteriormente comenzó a suministrar financiamiento, armas y entrenamiento. Sin embargo, parte de esa ayuda terminó en manos de organizaciones terroristas, como reconoció en marzo de 2014 David Cohen, secretario adjunto del Departamento del Tesoro especializado en terrorismo e inteligencia financiera. Arabia Saudita, Catar, Kuwait y Turquía también canalizaron fondos hacia grupos armados, incluidos el Frente Al Nusra y el Estado Islámico, según denuncias de fuentes estadounidenses. Hasta 2016, se estimaba que los grupos rebeldes habían recibido unos 2.450 sistemas portátiles de defensa aérea, 1.750 sistemas antitanque, 650 lanzacohetes múltiples, más de 24.000 proyectiles y más de 600 toneladas de explosivos.

Mientras tanto, en el otro lado de la balanza, Rusia, Irán y organizaciones chiitas como Hezbolá respaldaron al gobierno sirio. A partir del 30 de septiembre de 2015, Rusia desplegó su propia operación militar a petición del presidente Ásad. Durante cinco meses y medio, las fuerzas aéreas rusas llevaron a cabo ataques sistemáticos contra lo que el Kremlin describía como infraestructura terrorista. Según declaraciones del ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, en ese período se destruyeron más de 12.000 blancos y se dieron de baja más de 35.000 milicianos. La Coalición Internacional liderada por Estados Unidos, por su parte, comenzó sus propios bombardeos contra el Estado Islámico el 10 de septiembre de 2014, sin contar con la aprobación del gobierno sirio, en operaciones que también causaron víctimas civiles y dañaron infraestructura gubernamental.

El Estado Islámico llegó a controlar vastas extensiones de Siria e Irak, proclamando un califato en 2014 y ejerciendo un régimen de terror sobre las poblaciones bajo su dominio. Sin embargo, desde 2017, las fuerzas gubernamentales sirias, apoyadas por sus aliados, emprendieron una gran ofensiva para recuperar los territorios al oeste del Éufrates. La caída de Raqqa, la capital de facto del califato, y posteriormente de otras ciudades clave fue desmantelando paulatinamente el proyecto yihadista. El 6 de diciembre de 2022, tanto las autoridades sirias como las rusas proclamaron el fin de las operaciones contra el Estado Islámico.

En octubre de 2019, el entonces presidente estadounidense Donald Trump ordenó la retirada de parte de las tropas norteamericanas desplegadas en el norte de Siria, una decisión que generó una oleada de críticas tanto dentro como fuera de Estados Unidos y que abrió el camino para una operación militar turca contra las fuerzas kurdas en la región fronteriza. Las tensiones entre los distintos actores siguieron acumulándose a lo largo de los años siguientes, con negociaciones que avanzaban y retrocedían sin producir una solución política definitiva.

El colapso final del régimen de Ásad llegó de manera súbita e inesperada. El 8 de diciembre de 2024, las fuerzas de oposición tomaron Damasco y el gobierno baazista que había gobernado Siria durante más de medio siglo cayó en cuestión de días. Diversas fuentes consideran que este acontecimiento marcó el final del conflicto, aunque las disputas y enfrentamientos armados de la posguerra han continuado, reflejando la fragilidad del nuevo orden político.

El costo humano de la guerra civil siria resulta difícil de comprender en toda su magnitud. Entre 300.000 y 470.000 personas perdieron la vida a lo largo del conflicto. En 2016, de los aproximadamente 22 millones de habitantes que tenía Siria al inicio de la guerra, más de la mitad habían huido de sus hogares. Unos 4,8 millones se refugiaron en países vecinos: Turquía acogió a 2,7 millones, convirtiéndose en el mayor país receptor de refugiados del mundo, mientras que el Líbano albergó a cerca de un millón. Millones más quedaron desplazados dentro del propio país, sobreviviendo en condiciones precarias en medio de la destrucción.

La guerra civil siria dejará un legado de ruinas físicas y traumas colectivos que tardarán generaciones en sanar. Las ciudades históricas de Alepo, Homs y la propia Damasco sufrieron daños devastadores. El tejido social del país quedó fragmentado en comunidades enfrentadas por razones étnicas, religiosas y políticas que el conflicto exacerbó hasta extremos sin retorno. Para el mundo, Siria se convirtió en el símbolo más doloroso de las contradicciones del orden internacional del siglo XXI: un lugar donde la humanidad demostró a la vez su capacidad de destrucción y su incapacidad para proteger a los más vulnerables.

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