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Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas

Uno de los seis principales órganos de gestión de las Naciones Unidas

7 min01/01/2024
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El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es el órgano más poderoso dentro del sistema de la ONU y el principal responsable de mantener la paz y la seguridad internacionales. A diferencia de otros organismos de la organización, que se limitan a emitir recomendaciones, el Consejo tiene la facultad de adoptar decisiones vinculantes, conocidas como resoluciones, que los estados miembros están obligados a cumplir conforme a lo establecido en la Carta de las Naciones Unidas. Esta capacidad coercitiva singular lo convierte en una institución sin parangón en la arquitectura del derecho internacional contemporáneo.

Los orígenes del Consejo se remontan a los años finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando las grandes potencias aliadas comprendieron la necesidad de construir un sistema de seguridad colectiva que evitara la repetición de los horrores del conflicto. En 1944, representantes de la República de China, el Reino Unido, la Unión Soviética y los Estados Unidos se reunieron en la mansión Dumbarton Oaks, en Washington, para deliberar sobre la arquitectura de la futura organización mundial. Las discusiones concluyeron el 7 de octubre de ese año y produjeron una propuesta de estructura que incluía un consejo de seguridad con un carácter ejecutivo.

El procedimiento de votación se acordó en la Conferencia de Yalta, en 1945, donde los líderes de las potencias vencedoras del conflicto alcanzaron acuerdos fundamentales sobre el futuro orden internacional. Posteriormente, la Conferencia de San Francisco reunió a los representantes de cincuenta naciones para redactar y aprobar la Carta de las Naciones Unidas, el documento fundacional que definiría las reglas y estructuras de la nueva organización. El Consejo de Seguridad celebró su primera sesión el 17 de enero de 1946 en Church House, en Londres, inaugurando una historia institucional que ya supera los ochenta años.

En su configuración original, el Consejo contaba con once miembros, cinco de ellos permanentes: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, la Unión Soviética y la República de China. Los seis miembros no permanentes restantes eran elegidos por la Asamblea General por períodos de dos años. Sin embargo, a medida que el proceso de descolonización multiplicó el número de estados independientes y la comunidad internacional creció en diversidad, surgieron voces que reclamaban una representación más amplia en el órgano ejecutivo de la ONU.

En respuesta a estas demandas, el 17 de diciembre de 1963 la Asamblea General aprobó modificaciones a los artículos 23 y 27 de la Carta de las Naciones Unidas, que entraron en vigor en 1965. Estas enmiendas aumentaron el número de miembros no permanentes de seis a diez, llevando la composición total del Consejo a quince miembros. Al mismo tiempo, el umbral necesario para aprobar una decisión se elevó de siete a nueve votos. Estas reformas buscaban equilibrar la necesidad de eficacia operativa con una mayor representatividad geográfica, aunque dejaron intacto el privilegio del veto en manos de los cinco miembros permanentes.

El derecho de veto es, sin duda, el elemento más controvertido y definitorio del Consejo de Seguridad. En virtud del artículo 27 de la Carta, las decisiones sobre asuntos sustantivos requieren el voto afirmativo de al menos nueve miembros, pero un voto negativo de cualquiera de los cinco miembros permanentes bloquea automáticamente la resolución, independientemente del apoyo que haya recibido de los demás. La abstención, en la mayoría de los casos, no equivale a un veto. Este mecanismo fue diseñado para garantizar que ninguna acción del Consejo pudiera ser emprendida en contra de los intereses vitales de las grandes potencias, pero con el tiempo ha sido criticado repetidamente por paralizar la acción internacional en momentos de crisis.

La composición de los miembros permanentes ha experimentado dos cambios significativos desde la fundación de la organización. En 1971, la Asamblea General votó a favor de trasladar el asiento permanente de China de la República de China, que controlaba únicamente Taiwán tras la guerra civil, a la República Popular China, reconocida como el legítimo gobierno del país. Esta decisión, que se trató como una cuestión de representación y no de admisión o expulsión, no requirió aprobación del propio Consejo. Dos décadas después, en 1991, la disolución de la Unión Soviética llevó a que la Federación Rusa asumiera el asiento permanente soviético mediante un proceso similar, continuando así la representación del Estado sucesor sin necesidad de modificar la Carta.

Los diez miembros no permanentes del Consejo son elegidos por la Asamblea General cada dos años, cinco de ellos al año. La selección sigue criterios de representación geográfica que garantizan la participación de todas las regiones del mundo, aunque el sistema ha sido frecuentemente criticado por favorecer los intereses de los bloques más influyentes. La presidencia del Consejo rota mensualmente entre sus miembros en orden alfabético, alternando el idioma de la presidencia según el país que la ejerza.

A lo largo de su historia, el Consejo ha autorizado o rechazado intervenciones militares, ha impuesto sanciones económicas a estados y actores no estatales, ha creado tribunales internacionales y ha desplegado misiones de mantenimiento de la paz en decenas de conflictos alrededor del mundo. Desde sus primeras reuniones en Londres, pasando por sesiones en ciudades tan diversas como París y Adís Abeba, el organismo ha mantenido su sede principal en Nueva York, primero en Lake Success y luego en el edificio permanente de las Naciones Unidas en Manhattan.

El Consejo de Seguridad sigue siendo un escenario de tensiones geopolíticas profundas, donde el interés nacional de los miembros permanentes choca con frecuencia con los principios universales que la ONU proclama defender. Los debates sobre su reforma, que llevan décadas sin resolverse, reflejan la dificultad de actualizar una institución nacida en el mundo bipolar de la posguerra para responder a los desafíos de un siglo marcado por la multipolaridad, el terrorismo transnacional y las crisis humanitarias de escala sin precedentes.

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