El 15 de enero de 2016, la capital de Burkina Faso, Uagadugú, vivió el peor atentado terrorista de su historia. Tres hombres armados con rifles atacaron de manera simultánea el restaurante Cappuccino, un establecimiento frecuentado habitualmente por extranjeros y hombres de negocios locales, y el hotel Splendid, situado en el centro de la ciudad y conocido por albergar a expatriados, soldados franceses y estadounidenses, miembros de las Naciones Unidas y diplomáticos. La elección de los objetivos no fue casual: ambos lugares representaban la presencia occidental en el corazón de la capital burkinesa.
El balance humano fue devastador. Treinta personas perdieron la vida, entre ellas al menos diecinueve extranjeros; una de las víctimas murió dos días después a causa de las heridas recibidas. Unas cincuenta personas resultaron heridas. Durante el asedio al hotel Splendid, 176 rehenes fueron liberados gracias a un contraataque de las fuerzas de seguridad de Burkina Faso apoyadas por efectivos franceses y estadounidenses. En el transcurso de la operación de rescate, los tres terroristas fueron abatidos en el bar Taxi-Brousse.
La autoría del ataque fue reivindicada por Al Qaeda en el Magreb Islámico a través de un comunicado en el que calificó la acción como "venganza contra Francia y el Occidente infiel". AQMI también reveló los nombres de los tres atacantes: al-Battar al-Ansari, Abu Mohammed al-Buqali al-Ansari y Ahmed al-Fulani al-Ansari. Las fotografías que acompañaban el comunicado mostraban a dos de ellos como hombres de piel negra y al tercero con rasgos que los investigadores atribuyeron a un posible origen árabe o tuareg. Los tres tenían alrededor de veinte años. La organización responsable fue el batallón Al Murabitun, que se había fusionado con AQMI en diciembre de 2015, apenas un mes antes del atentado.
Para entender el ataque en su contexto más amplio, es imprescindible observar la evolución de la situación en el Sahel durante los años precedentes. Tras la caída del régimen de Gadafi en la guerra de Libia de 2011, grandes extensiones del desierto quedaron sin control estatal efectivo, convirtiéndose en territorio libre para grupos armados yihadistas que se movían con facilidad entre fronteras porosas. Estos grupos primero se desplazaron hacia el norte de Mali, donde provocaron el conflicto que estalló en 2012. Posteriormente, presionados por la Operación Barkhane que las fuerzas francesas iniciaron en 2015, comenzaron a expandir su radio de acción hacia Burkina Faso.
La vulnerabilidad de Burkina Faso en ese momento era particular. En 2014 una revuelta popular había derrocado al presidente Blaise Compaoré, quien llevaba en el poder desde 1987, y con su caída se desmantelaron los servicios de inteligencia. El histórico jefe de esos servicios, Gilbert Diendéré, fue detenido en octubre de 2015. Pero más significativa aún era la desaparición del juego de equilibrios que Compaoré había mantenido durante años: su consejero especial, el mauritano Mustafa Limam Chafi, había actuado como intermediario entre el gobierno y los jefes yihadistas del Sahel, incluso mediando en la liberación de rehenes extranjeros. Según algunos analistas, existía entre ambas partes un pacto de no agresión tácito que había preservado a Burkina Faso de la violencia terrorista a cambio de permitir el movimiento y el tráfico de esos grupos por el territorio. Con Compaoré fuera del poder y ese equilibrio roto, el país quedó expuesto.
El 4 de abril de 2015 se había producido el primero de varios indicios del cambio que se avecinaba: un oficial de seguridad rumano fue secuestrado en Tambao, en el norte del país. El 23 de agosto, una patrulla policial fue atacada en la misma zona, causando la muerte de un gendarme. El 9 de octubre murieron tres policías más en Samoroguan, cerca de la frontera con Mali. La cadena de incidentes dibujaba un patrón inequívoco.
El entorno del presidente Roch Marc Christian Kaboré, elegido en noviembre de 2015, apuntó a los sectores duros del clan Compaoré como presuntos instigadores del atentado de Uagadugú, acusación que nunca fue probada pero que reflejaba el clima de desconfianza que envolvía a la nueva administración. Burkina Faso forma parte del grupo G5 Sahel, la alianza regional creada precisamente para frenar el avance del terrorismo yihadista en la zona, aunque los recursos y la coordinación entre sus miembros han sido históricamente insuficientes para contener una amenaza en constante expansión.
