Alejandro III de Macedonia nació entre julio y octubre del año 356 antes de Cristo en Pela, la capital del reino macedónico, hijo del rey Filipo II y de Olimpia, una princesa epirota de carácter intenso y profundas convicciones religiosas. Desde niño, su educación fue cuidadosamente planificada por su padre para moldear a un príncipe a la altura del cargo que le esperaba. A los trece años, Filipo contrató como tutor privado nada menos que a Aristóteles, el más brillante discípulo de Platón, quien durante tres años instruyó al joven príncipe en filosofía, retórica, medicina, botánica y las ciencias naturales de la época. Esa formación intelectual dejaría una huella profunda en la manera en que Alejandro concebía el mundo y las conquistas.
A los dieciséis años, mientras su padre marchaba a una campaña militar, Alejandro asumió la regencia del reino y aplastó con eficacia una rebelión de los tracios del norte, lo que ya demostró unas capacidades de mando prematuras. Cuando en el año 336 a. C. Filipo II fue asesinado en una boda, Alejandro, con veinte años, se convirtió en rey. Los rivales internos y externos que esperaban aprovechar la juventud del nuevo monarca para desestabilizar Macedonia se equivocaron de manera fatal. En el año 335 a. C., tras una campaña relámpago en los Balcanes para afianzar su autoridad sobre Tracia e Iliria, Alejandro marchó contra la ciudad griega de Tebas, que se había rebelado. La destrucción total de la ciudad, con la excepción de los templos y la casa del poeta Píndaro, envió un mensaje inequívoco al resto de Grecia: la hegemonía macedónica no era negociable.
Consolidada su autoridad sobre la Liga de Corinto, que agrupaba a los estados griegos bajo liderazgo macedónico, Alejandro emprendió en el año 334 a. C. la gran expedición que su padre había comenzado a planear: la invasión del Imperio persa aqueménida. Con un ejército estimado en unos cuarenta y cinco mil hombres, cruzó el estrecho que separa Europa de Asia y comenzó una campaña que duraría once años y cambiaría para siempre la fisonomía del mundo antiguo. En el río Gránico libró la primera batalla y derrotó a las fuerzas persas locales. Luego recorrió la costa occidental de la actual Turquía liberando las ciudades griegas del dominio persa, antes de internarse hacia el corazón del continente.
La batalla de Issos, en el año 333 a. C., fue un enfrentamiento directo contra el Gran Rey Darío III, que había reunido un enorme ejército para frenar al macedonio. A pesar de la desproporción numérica, la táctica oblicua de Alejandro, que concentró su ataque en el punto exacto donde estaba el rey persa, rompió la línea enemiga y puso a Darío en fuga. La familia real persa, incluida la madre, esposa e hijos del Gran Rey, cayó en manos de Alejandro, quien las trató con el respeto que consideraba adecuado para su rango, un gesto que reforzó su imagen de conquistador civilizado. Tras asegurar la costa levantina y tomar el control de Egipto, donde fue aclamado como faraón y fundó la ciudad que llevaría su nombre, Alejandría, Alejandro se adentró en el corazón del Imperio persa.
La batalla de Gaugamela, librada el 1 de octubre del año 331 a. C. en las llanuras de la actual Irak, fue el golpe definitivo. Darío había elegido un terreno llano favorable a su caballería y sus carros de guerra, pero Alejandro encontró el flanco débil y lanzó una carga que nuevamente obligó al rey persa a huir. Las capitales del Imperio, Babilonia, Susa y Persépolis, cayeron una tras otra. En Persépolis, Alejandro permitió o instigó la quema de los palacios reales, un gesto que algunos interpretaron como la venganza simbólica por la destrucción de Atenas por Jerjes décadas atrás. Darío III fue finalmente asesinado por uno de sus propios sátrapas en el año 330 a. C., y Alejandro se declaró señor de Asia.
Sin embargo, el conquistador no se conformó con heredar el Imperio persa. Continuó avanzando hacia el este, hacia las regiones de la actual Afganistán y Asia Central, territorios indomables donde la resistencia guerrillera resultó más difícil de vencer que ningún ejército convencional. Fue en ese período cuando se casó con Roxana, una princesa bactriana, y cuando comenzó a adoptar costumbres persas que generaron fricciones con sus generales y soldados macedonios. Varios incidentes violentos marcaron esos años, incluida la muerte de su amigo Clito el Negro a manos del propio Alejandro durante un banquete en el que ambos habían bebido en exceso.
En el año 326 a. C. invadió la India y obtuvo una dura victoria sobre el rey Poros en la batalla del Hidaspes, junto al río que hoy lleva ese nombre en el actual Pakistán. Pero sus soldados, que llevaban años marchando y combatiendo a miles de kilómetros de sus hogares, se negaron a continuar cuando Alejandro quiso avanzar aún más al este. Fue la única derrota real de su vida: no ante un ejército enemigo, sino ante el agotamiento y la voluntad de los hombres que lo habían seguido hasta los confines del mundo conocido. Emprendió el regreso, que estuvo marcado por más batallas y por la devastadora travesía del desierto de Gedrosia, donde murieron miles de soldados por el calor y la sed.
Alejandro llegó a Babilonia en el año 323 a. C., con planes ambiciosos de nuevas conquistas, esta vez hacia Arabia. Pero a principios de junio cayó enfermo, posiblemente de fiebre tifoidea agravada por el exceso de alcohol, y murió el 10 o 13 de ese mes, a los treinta y dos o treinta y tres años. No había designado sucesor, y su respuesta a la pregunta de a quién dejaba el reino fue, según la tradición, enigmática: al más digno. El resultado fue décadas de guerras entre sus generales, los diádocos, que fragmentaron el Imperio en reinos rivales. Su legado, sin embargo, fue inmenso: las más de veinte ciudades que fundó, la difusión del idioma y la cultura griega desde el Mediterráneo hasta la India, el sincretismo cultural que mezcló tradiciones griegas, persas, egipcias e indias, y la apertura de rutas comerciales que transformaron el mundo antiguo. La era helenística que inauguró su muerte duró hasta la conquista romana y dejó una huella indeleble en la civilización occidental.