biografias

Albert Einstein

Físico alemán

7 min01/01/2024
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Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879 en Ulm, una ciudad de la región de Suabia, en el sur de Alemania, a unos cien kilómetros al este de Stuttgart. Su familia era judía y de clase media: su padre Hermann dirigía un pequeño negocio junto con su hermano Jakob, y su madre Pauline, que tocaba el piano con talento, transmitió al pequeño Albert el amor por la música, junto con rasgos de carácter como la perseverancia y la paciencia. En 1880 la familia se trasladó a Múnich, ciudad donde Albert pasaría sus años de infancia y buena parte de su formación.

La empresa familiar de instalaciones eléctricas que montaron Hermann y su hermano Jakob en Múnich empezó bien, pero terminó en fracaso económico. Las deudas obligaron a la familia a trasladarse a Italia, donde intentaron rehacer el negocio sin éxito. El joven Albert, que había quedado en Múnich para terminar sus estudios, vivió esos años de manera relativamente solitaria. Su relación con la educación formal era compleja: mostraba una capacidad extraordinaria para las matemáticas y la física, pero rechazaba los métodos autoritarios y memorísticos del sistema escolar alemán. Esa tensión con las instituciones académicas y educativas lo acompañaría durante años.

En 1895, con dieciséis años, intentó ingresar al Instituto Federal de Tecnología de Zúrich, conocido como ETH, pero suspendió el examen de ingreso. Sin embargo, sus notas en matemáticas y física fueron tan sobresalientes que el director del instituto lo animó a presentarse al año siguiente. Tras pasar un curso en una escuela secundaria de Aarau, en Suiza, donde encontró un ambiente intelectualmente estimulante, ingresó en el ETH en 1896 y se graduó como profesor de matemáticas y física en 1900. Sin embargo, no logró obtener un puesto académico tras terminar sus estudios, lo que lo obligó a buscar empleo en otros ámbitos.

En 1902 consiguió un trabajo como examinador de patentes en la Oficina de Patentes de Berna, en Suiza. Ese empleo, que le dejaba tiempo libre para pensar, resultó ser el escenario improbable de una de las explosiones creativas más extraordinarias de la historia de la ciencia. En 1905, el llamado año milagroso o annus mirabilis, Einstein publicó cuatro artículos de investigación que transformaron la física moderna. El primero explicaba el efecto fotoeléctrico postulando que la luz se comportaba como partículas discretas, los cuantos de luz, sentando así una de las bases de la mecánica cuántica. El segundo describía el movimiento browniano de las partículas y proporcionó evidencia indirecta de la existencia real de los átomos. El tercero y el cuarto presentaban la teoría de la relatividad especial, que reformulaba las relaciones entre espacio y tiempo, y derivaba de ella la ecuación más célebre de la física: E=mc², la equivalencia entre masa y energía.

La teoría de la relatividad especial partía de dos postulados aparentemente simples: las leyes de la física son las mismas en todos los marcos de referencia inerciales, y la velocidad de la luz en el vacío es constante independientemente del movimiento del observador. De esos dos principios se desprendían consecuencias que desafiaban la intuición: el tiempo transcurre más despacio para los objetos en movimiento, las longitudes se contraen en la dirección del movimiento, y la masa y la energía son formas distintas de la misma magnitud fundamental. Era una revolución conceptual de primer orden.

En 1915, Einstein dio un paso más y presentó la teoría de la relatividad general, una reformulación completa del concepto de gravedad. En lugar de concebir la gravedad como una fuerza que actúa a distancia, como había hecho Newton, Einstein la describió como la curvatura del espacio-tiempo producida por la presencia de masa y energía. Esa nueva visión tuvo consecuencias que iban mucho más allá de la física teórica: abría la puerta al estudio científico del origen y la evolución del universo, fundando lo que hoy conocemos como cosmología moderna. En 1919, una expedición científica británica que observó un eclipse solar confirmó experimentalmente la predicción de Einstein de que la luz de las estrellas se dobla al pasar cerca del Sol. La noticia se propagó por todo el mundo y Einstein, prácticamente de la noche a la mañana, se convirtió en el científico más famoso del planeta.

En 1921 recibió el Premio Nobel de Física, aunque no por la teoría de la relatividad, cuya verificación definitiva aún generaba cierta cautela en el comité evaluador, sino por sus contribuciones a la física teórica y, en particular, por su explicación del efecto fotoeléctrico. La paradoja de que su contribución más famosa no fuera la reconocida con el Nobel dice mucho sobre la magnitud de su obra total. A lo largo de los años veinte, Einstein viajó por Europa, América y Asia, dando conferencias y convirtiéndose en una figura pública que trascendía los círculos académicos.

El ascenso del nazismo en Alemania a principios de los años treinta cambió radicalmente su situación personal. Como intelectual judío prominente, era un blanco evidente para la propaganda antisemita del régimen. En diciembre de 1932 abandonó Alemania definitivamente y se trasladó a Estados Unidos, donde aceptó un puesto en el Institute for Advanced Study de Princeton, institución en la que permanecería el resto de su vida. Se nacionalizó estadounidense en 1940. Durante los años del conflicto, su fama llevó al presidente Roosevelt a tenerlo en cuenta, y en 1939 firmó una carta que alertaba sobre la posibilidad de que la Alemania nazi desarrollara armas nucleares, lo que contribuyó al inicio del Proyecto Manhattan. Einstein nunca participó directamente en el desarrollo de la bomba, y pasó sus últimos años abogando por el pacifismo, el federalismo mundial y el control internacional de las armas nucleares.

Murió el 18 de abril de 1955 en Princeton, a los 76 años, de un aneurisma aórtico. Había rechazado someterse a una operación que podría haber prolongado su vida, argumentando que ya había vivido lo suficiente. Su cerebro fue preservado para estudio científico, generando décadas de investigaciones sobre las bases neurológicas del genio. La revista Time lo proclamó personaje del siglo XX, y su imagen, con el pelo desordenado y los ojos soñadores, se convirtió en el símbolo universal del científico genial. Su legado es inmenso: no solo las teorías que llevan su nombre, sino también la visión de que la imaginación y el pensamiento especulativo son tan importantes para la ciencia como el rigor experimental.

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