En la madrugada del 26 de abril de 1986, a las 1:23:45 hora local, el mundo presenció el peor accidente nuclear de la historia. En la central de Chernóbil, ubicada en las afueras de la ciudad de Prípiat, al norte de la República Socialista Soviética de Ucrania, el reactor número 4 quedó destruido en cuestión de segundos, liberando una cantidad de material radiactivo que sacudiría para siempre la visión del ser humano sobre la energía nuclear y los límites de la tecnología industrial.
El reactor involucrado era del tipo RBMK-1000, un diseño de origen soviético que combinaba grafito como moderador con agua como refrigerante. Esta arquitectura presentaba una característica física peligrosa que los ingenieros y operadores del momento no conocían en su totalidad: cuando la refrigeración disminuía y se formaba vapor en el núcleo, la reactividad del reactor aumentaba en lugar de reducirse, lo que se denomina coeficiente de vacío positivo. Esta peculiaridad, sumada a problemas de diseño en las propias barras de control, convertiría una prueba de rutina en una catástrofe sin precedentes.
La prueba que se realizaba esa noche no era nueva. Se trataba de una verificación de seguridad exigida desde la construcción del reactor en 1982 y que había sido pospuesta en tres ocasiones previas. El objetivo era comprobar si la inercia cinética de la turbina de vapor podía suministrar electricidad suficiente durante los segundos que transcurrían entre un corte del suministro externo y el arranque de los generadores de emergencia. Una verificación razonable en teoría, pero que esa noche se ejecutaría en condiciones extraordinariamente desfavorables.
Horas antes de iniciar la prueba, un problema en la red eléctrica regional obligó a retrasarla aproximadamente diez horas. Durante ese período, el reactor operó a baja potencia, lo que favoreció la acumulación de xenón-135, un producto de fisión que actúa como veneno neutrónico absorbiendo neutrones y reduciendo la reactividad del núcleo. Este fenómeno, conocido como envenenamiento por xenón, era en gran medida ignorado por el personal operativo, pues los manuales de procedimientos eran incompletos y ambiguos respecto a sus implicaciones prácticas.
Cuando el equipo de turno intentó estabilizar la potencia para iniciar la prueba, el envenenamiento por xenón provocó una caída hasta niveles inferiores a los requeridos. Para recuperarla, los operadores retiraron manualmente un número excesivo de barras de control, dejando el reactor con una capacidad de regulación peligrosamente reducida y una distribución de potencia inestable. Aunque lograron estabilizar la situación, el margen de seguridad era ínfimo. En ese estado comprometido, se tomó la decisión de continuar con la prueba.
Al cortar el suministro de vapor a la turbina, el sistema de refrigeración se vio alterado y comenzó a formarse vapor en el núcleo. En el RBMK-1000, este efecto aumentaba la reactividad. En cuestión de segundos, la potencia comenzó a escalar de manera incontrolada. El operador Leonid Toptunov activó el botón AZ-5, diseñado para insertar todas las barras de control e interrumpir la reacción nuclear de emergencia. Sin embargo, una falla de diseño en la geometría de las propias barras provocó que, al insertarse, generaran inicialmente un aumento adicional de reactividad en la parte inferior del núcleo, acelerando la reacción justo cuando se intentaba frenarla.
El resultado fue una escalada de potencia instantánea y catastrófica. Dos explosiones sucesivas destruyeron el núcleo del reactor y arrancaron la cubierta de acero y concreto de varios miles de toneladas que lo sellaba. El grafito incandescente fue lanzado al exterior y comenzó a arder. Un incendio de alta intensidad radiactiva se propagó durante diez días antes de ser controlado. Leonid Toptunov y otros operadores afirmaron posteriormente que habían seguido los procedimientos tal como los entendían y no comprendían qué había salido mal, reflejo de la falta de transparencia sistémica que caracterizó al programa nuclear soviético.
En las horas y días siguientes, 134 bomberos y trabajadores de emergencia fueron hospitalizados con síndrome de irradiación aguda por haber absorbido dosis devastadoras de radiación ionizante. De ellos, 28 murieron en los días o meses posteriores. Al menos 31 personas fallecieron en las primeras dos semanas. En los diez años siguientes, aproximadamente 14 muertes adicionales fueron atribuidas a cáncer inducido por la radiación. La evacuación de Prípiat y de los asentamientos circundantes alcanzó a 116 000 personas, desplazadas de sus hogares en pocas horas.
El accidente liberó alrededor de 5,2 exabecquerelios de material radiactivo a la atmósfera, una cantidad equivalente a unas 400 bombas atómicas del tipo lanzado sobre Hiroshima. La nube radiactiva se expandió por Europa, llegando hasta América del Norte. Los países más afectados, además de Ucrania y Bielorrusia, fueron varios estados del norte y centro de Europa, donde se detectaron niveles elevados de yodo-131 y cesio-137 en pastos, alimentos y agua.
La escala internacional de accidentes nucleares, conocida como INES, clasifica el de Chernóbil en el nivel 7, el máximo de la escala, que comparte únicamente con el accidente de Fukushima de 2011. La Unión Soviética tardó horas en reconocer la gravedad del siniestro y días en informar a la comunidad internacional, actitud que agravó la exposición de poblaciones vecinas y deterioró la imagen del régimen ante el mundo. Para Mijaíl Gorbachov, entonces secretario general del Partido Comunista, Chernóbil fue uno de los detonantes que aceleró las políticas de glasnost y perestroika.
La zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor del reactor sigue vigente hasta hoy. El reactor 4 fue cubierto inicialmente por un sarcófago de hormigón construido con enorme prisa y sacrificio humano, y décadas después por un arco metálico colosal, el New Safe Confinement, inaugurado en 2016. Prípiat permanece abandonada, convertida en un lugar de memoria y, paradójicamente, en un territorio donde la naturaleza ha recuperado terreno ante la ausencia humana. El accidente nuclear de Chernóbil no solo redefinió los estándares de seguridad nuclear a nivel mundial, sino que demostró de manera brutal el precio de la opacidad institucional y de la subestimación de los riesgos tecnológicos.
