misterios

Tornado

Columna de aire giratorio que conecta la superficie de la tierra y una nube de cumulonimbo

7 min01/01/2024
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Desde los tiempos más remotos, los seres humanos han contemplado con mezcla de fascinación y terror esas columnas de aire rotatorio que descienden de las nubes y devoran todo lo que encuentran a su paso. Los tornados son, en términos científicos, columnas de aire con alta velocidad angular cuyo extremo inferior está en contacto con el suelo y cuyo extremo superior se conecta con la base de una nube cumulonimbus o cumulus. Son considerados el fenómeno atmosférico ciclónico de mayor densidad energética del planeta, y aunque su extensión y duración son relativamente limitadas en comparación con otros sistemas meteorológicos, su capacidad destructiva puede resultar catastrófica.

La mayoría de los tornados tienen vientos que oscilan entre los 65 y los 180 kilómetros por hora, miden aproximadamente 75 metros de ancho y recorren varios kilómetros antes de disiparse. Sin embargo, los ejemplares más extremos pueden alcanzar velocidades de viento superiores a los 450 kilómetros por hora, extenderse hasta dos kilómetros de anchura y dejar una cicatriz sobre el terreno de más de 100 kilómetros de longitud. Esta variabilidad de escala hace que el fenómeno resulte especialmente difícil de caracterizar de manera uniforme.

Los tornados se presentan en formas y tamaños muy diversos, pero el más icónico es el que adopta la figura de una nube embudo, con el extremo más angosto apuntando hacia el suelo y rodeado en sus primeros momentos por una nube de escombros y polvo que el propio vórtice levanta a su paso. Dentro de los distintos tipos que los meteorólogos han identificado se encuentran las trombas terrestres, los tornados de vórtices múltiples y las trombas marinas, estas últimas formadas sobre cuerpos de agua pero clasificadas como tornados por sus características dinámicas similares a las de sus equivalentes continentales. Las trombas marinas suelen ser consideradas tornados no-supercelulares y se conectan generalmente a cúmulos y nubes de tormenta de mayor envergadura.

La distribución geográfica de los tornados es marcadamente desigual. Aunque se han observado en todos los continentes a excepción de la Antártida, y se registran de manera ocasional en el centro y sur de Asia, el sur de África, partes de Europa, Australia y Nueva Zelanda, la gran mayoría de los tornados del mundo se produce en una región de América del Norte conocida como Tornado Alley, un corredor de terreno llano en el centro de los Estados Unidos donde las condiciones atmosféricas son especialmente propicias para su formación. Le sigue en importancia el llamado Pasillo de los Tornados de América del Sur, que abarca el noroeste, centro y noreste de Argentina, el suroeste de Brasil, el sur de Paraguay y Uruguay. Este último país tiene la particularidad de ser el único de América del Sur cuyo territorio nacional completo se encuentra bajo la influencia de esa zona de actividad tornadica.

La formación de tornados tiende a concentrarse en áreas intertropicales cercanas a los trópicos o en las regiones continentales de las latitudes subtropicales y templadas, siendo menos frecuentes tanto en las latitudes más elevadas próximas a los polos como en las bajas cercanas al ecuador terrestre.

Para clasificar la fuerza de los tornados existen varias escalas. La escala Fujita-Pearson, que evalúa la intensidad según los daños causados, ha sido reemplazada en muchos países por la escala Fujita mejorada, considerada una versión más precisa y actualizada. En esta escala, un tornado de categoría F0 o EF0, el más débil, apenas causa daños a los árboles sin afectar a las estructuras construidas; un tornado F5 o EF5, el más destructivo, es capaz de arrancar edificios de sus cimientos y puede provocar deformaciones estructurales significativas incluso en rascacielos. La escala TORRO ofrece una graduación alternativa que va del T0, para tornados extremadamente débiles, hasta el T11, para los más violentos que se conocen. Además de estas escalas, los especialistas también utilizan datos de radares Doppler, el análisis de las marcas cicloidales que los tornados dejan sobre el suelo y técnicas de fotogrametría para determinar con mayor precisión su intensidad.

La detección de tornados se realiza principalmente mediante radares de impulsos Doppler, que permiten identificar la rotación característica dentro de las células tormentosas antes de que el vórtice llegue a tocar el suelo. Los llamados cazadores de tormentas, tanto científicos como aficionados, también contribuyen a la observación directa de estos fenómenos, y en algunos casos logran acercarse a pocos metros del vórtice con el fin de obtener mediciones precisas.

Existe además una historia lingüística curiosa en el nombre del fenómeno. La palabra "tornado" llegó al español a través del inglés, pero tiene raíces españolas: deriva de "tronada", término que en castellano designa una tempestad de truenos. La metátesis que transformó "tronada" en "tornado" se debió muy probablemente a una reinterpretación del vocablo bajo la influencia del verbo "tornar", que introduce la idea de rotación. El resultado fue un préstamo que viajó del español al inglés y luego regresó al español transformado, llevando consigo la imagen del giro que tan bien describe la naturaleza del fenómeno.

Fenómenos relacionados pero distintos completan el panorama de los vórtices atmosféricos: los gustnados, las microrráfagas, los remolinos de arena, los remolinos de fuego y los de vapor comparten con los tornados algunos rasgos superficiales pero difieren en sus mecanismos de formación y en sus consecuencias. Todos ellos forman parte de la compleja familia de fenómenos atmosféricos que la meteorología moderna continúa estudiando con creciente sofisticación, porque conocer mejor los tornados es, también, la mejor manera de aprender a protegerse de ellos.

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