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Tewfik Pachá

Jedive de Egipto y Sudán entre 1879 y 1892

4 min01/01/2024
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Muhammad Tawfiq Pachá nació en El Cairo el 15 de noviembre de 1852, en el seno de la familia gobernante de Egipto que Mehmet Alí había fundado décadas atrás. Era el hijo mayor del jedive Ismail, un gobernante ambicioso que había modernizado el país a un costo brutal para las arcas nacionales. Esa herencia financiera y política marcaría de manera indeleble el reinado del propio Tewfik desde su primer día en el trono.

La sucesión al poder en Egipto había seguido durante años la regla otomana tradicional: el cargo recaía en el varón de mayor edad de la dinastía. En 1866, sin embargo, el jedive Ismail logró que el sultán de Constantinopla alterara ese orden, estableciendo la transmisión de padre a hijo mayor. Gracias a ese cambio, Tewfik, siendo el primogénito, quedó posicionado como heredero directo. A diferencia de sus contemporáneos en otras casas reales europeas, no fue enviado al exterior para completar su formación; pasó su juventud en los palacios egipcios, lejos de las corrientes intelectuales y políticas que agitaban Europa. En 1873 contrajo matrimonio con su pariente Emine Ibrahim Hanımsultan, quien sería su única esposa durante toda la vida.

En 1878, antes de acceder al trono, Tewfik fue designado presidente del consejo tras la dimisión de Nubar Pachá, aunque ese cargo apenas lo ocupó durante unos pocos meses antes de retirarse nuevamente a la vida palaciega. El momento decisivo llegó el 26 de junio de 1879, cuando el sultán otomano, cediendo a la presión de Gran Bretaña y Francia, depuso a Ismail y ordenó que Tewfik fuese proclamado jedive. Egipto llegaba a sus manos en un estado calamitoso: las deudas contraídas por Ismail para financiar grandes obras públicas, el Canal de Suez y campañas militares en África habían dejado al Estado al borde de la quiebra.

Apenas unos meses después de que Tewfik asumiera el poder, en noviembre de 1879, los gobiernos francés y británico intervinieron de manera directa en la administración del país. Durante más de dos años, figuras como Evelyn Baring, Auckland Colvin y el señor de Blignieres ejercieron un control de facto sobre las finanzas egipcias. Se estableció una regla draconiana: el cincuenta por ciento de todos los ingresos del Estado debía destinarse al pago de la deuda externa. Tewfik, un hombre dado a la conciliación más que al enfrentamiento, cooperó con esa injerencia y restableció de inmediato el gobierno mixto que los acreedores europeos reclamaban.

La población egipcia, sin embargo, miraba con creciente resentimiento la humillación nacional que suponía esa tutela extranjera. Los oficiales del ejército, sometidos a recortes de empleos y ascensos frenados por las restricciones presupuestarias, canalizaron ese descontento hacia un movimiento nacionalista organizado. El coronel Ahmed Orabi se convirtió en el símbolo y conductor de esa resistencia, reuniendo en torno a sí a militares y civiles que exigían una Egipto gobernado por los egipcios. En 1881, el movimiento de Orabi alcanzó suficiente fuerza para tomar el control efectivo del ejército, poniendo a Tewfik en una posición de enorme debilidad.

El jedive trató desesperadamente de encontrar una salida diplomática. Solicitó a Estambul que interviniese militarmente para restablecer su autoridad, y también presionó a las potencias europeas para que actuasen. Ni el Imperio Otomano ni las cancillerías europeas estaban dispuestos en aquel momento a arriesgar un conflicto abierto, y la situación continuó deteriorándose. En julio de 1882, el almirante británico Sir Beauchamp Seymour ultimó a las autoridades egipcias que le entregasen el control de las fortalezas de Alejandría o las bombardearía. Ante la negativa del ejército egipcio, la flota británica abrió fuego sobre la ciudad, iniciando así la Guerra Anglo-Egipcia.

Las consecuencias militares fueron rápidas y contundentes. El 13 de septiembre de 1882, un ejército compuesto por unos veinte mil soldados británicos derrotó a las fuerzas nacionalistas en la batalla de Tel el-Kebir. Orabi fue capturado y exiliado, y en cuestión de semanas todo Egipto quedó bajo ocupación británica. Tewfik regresó a El Cairo escoltado por Lord Dufferin, comisario especial de la Corona británica, en una imagen que ilustraba perfectamente la naturaleza subordinada de su autoridad. Formalmente seguía siendo jedive, pero el poder real residía en manos extranjeras.

En 1884, Sir Evelyn Baring, que posteriormente recibiría el título de Lord Cromer, llegó a Egipto como agente diplomático y cónsul general de Gran Bretaña. Su influencia fue tan determinante que se convirtió en el verdadero gobernante del país durante los años siguientes, condicionando cada decisión relevante del gabinete egipcio. Las tensiones entre el gobierno nominal de Tewfik y el poder real representado por Baring afloraron en junio de 1888, cuando el jedive decidió cesar a Nubar Pachá y nombrar a Riyad Pachá para formar un nuevo ministerio, en un gesto de afirmación que no cambió sustancialmente el equilibrio de fuerzas.

Paralelamente, en los territorios sudaneses que permanecían bajo dominio nominal egipcio, estalló en 1881 una insurrección religiosa y política encabezada por Muhammad Ahmad, quien se proclamó el Mahdi, es decir, el guía esperado del Islam. Las fuerzas mahdistas demostraron una capacidad combativa extraordinaria y, en 1885, lograron tomar Jartún, derrotando a un ejército egipcio-británico en el que pereció el célebre general Charles Gordon. La respuesta militar definitiva llegaría años después, entre 1896 y 1898, cuando el general Lord Kitchener condujo las campañas que acabaron con la rebelión mahdista. En 1899 se llegó a un acuerdo por el que Sudán sería gobernado por un gobernador general nombrado por el jedive con el consentimiento británico, aunque en la práctica el llamado Sudán Anglo-Egipcio quedó bajo control efectivo de Londres.

Muhammad Tawfiq Pachá murió el 7 de enero de 1892 en su palacio de Helwan, cerca de El Cairo, a los treinta y nueve años de edad. Lo sucedió su hijo mayor, Abbas II. Su reinado de poco más de doce años había transcurrido bajo la sombra permanente de la ocupación extranjera, y su figura quedó inevitablemente asociada a la pérdida de soberanía de Egipto frente a Gran Bretaña. Sin el apoyo militar europeo habría sido imposible que sobreviviese a la insurrección de Orabi, pero ese mismo apoyo lo convirtió en un soberano dependiente y limitado. La paradoja define su legado: gobernó formalmente durante más de una década en un país que, en la práctica, era dirigido desde Londres.

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