El año 2001 comenzó para El Salvador bajo el signo de la tragedia. En apenas un mes, el pequeño país centroamericano soportó dos terremotos de gran magnitud que dejaron una huella indeleble en su historia contemporánea, causaron más de mil doscientas víctimas mortales y generaron daños económicos calculados en más de mil seiscientos millones de dólares.
El sábado 13 de enero de 2001, a las 11:33 de la mañana hora local, la tierra tembló con una violencia que ningún salvadoreño había sentido desde el devastador terremoto de octubre de 1986. El sismo tuvo una magnitud de 7,7 grados en la escala de momento y se prolongó durante cuarenta y cinco segundos, un lapso que a quienes lo vivieron les pareció interminable. La causa del movimiento fue el proceso de subducción entre las placas tectónicas de Cocos y del Caribe, cuyo epicentro se localizó en el océano Pacífico, frente al departamento de Usulután, a aproximadamente cien kilómetros de la ciudad de San Miguel, y con un hipocentro a unos treinta y nueve kilómetros de profundidad. La energía liberada fue equivalente, según los registros científicos, a la detonación de ciento sesenta millones de toneladas de dinamita.
Los daños se extendieron por 172 de los 262 municipios del país, afectando localidades como Juayúa, Nueva San Salvador, San Vicente, Armenia, Santiago de María, Apaneca, Santa Elena, Citalá, Panchimalco y San Agustín. Pero el episodio más dramático y el que quedó grabado en la memoria colectiva como símbolo del desastre ocurrió en el municipio de Santa Tecla. Allí, un alud de ciento cincuenta mil metros cúbicos de tierra se desprendió de la Cordillera del Bálsamo y sepultó cerca de doscientas casas de la colonia Las Colinas. Aproximadamente quinientas personas murieron bajo esa avalancha de tierra y escombros, lo que representó cerca del sesenta por ciento de todas las muertes causadas por el primer terremoto, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
Ese deslizamiento convirtió la colonia Las Colinas en el principal símbolo del llamado sábado negro, una jornada de duelo nacional que El Salvador no olvidaría. Otro tramo especialmente golpeado fue la carretera Panamericana a la altura del turicentro Los Chorros, donde un desprendimiento masivo de tierra y piedra sepultó el pavimento y a varios de sus ocupantes, cortando la principal vía de comunicación entre la capital San Salvador y las ciudades occidentales de Santa Ana, Sonsonate y Ahuachapán, así como la conexión con Guatemala.
El balance oficial del primer terremoto fue de 944 personas fallecidas, 193 soterradas, 125 desaparecidas y 5.565 heridas. Más de un millón trescientas sesenta mil personas resultaron damnificadas, y se produjeron cerca de 68.777 evacuaciones. En el plano material, el sismo destruyó o dañó gravemente 277.953 viviendas, incluidas 688 completamente soterradas, 1.385 escuelas de las cuales 109 quedaron destruidas por completo, 94 hospitales, 1.155 edificios públicos, 16 establecimientos penitenciarios, 43 muelles y cerca de la cuarta parte de las carreteras pavimentadas del país.
Cuando El Salvador apenas comenzaba a organizarse para la emergencia y contabilizar sus pérdidas, el martes 13 de febrero de 2001, exactamente un mes después del primero, un segundo terremoto sacudió el territorio nacional. Este sismo tuvo una magnitud de 6,6 grados, menor que el primero pero suficiente para dañar estructuras ya fragilizadas y sumar nuevas víctimas. El segundo evento golpeó comunidades y viviendas que habían sobrevivido al terremoto de enero pero cuyas estructuras estaban comprometidas, agravando la catástrofe humanitaria.
Entre ambos eventos, el número total de fallecidos ascendió a 1.259 personas. Las pérdidas económicas combinadas fueron estimadas por la CEPAL en 1.603,8 millones de dólares, una cifra astronómica para una economía pequeña como la salvadoreña. Los daños abarcaron la destrucción de infraestructura, los perjuicios ambientales, la parálisis de sectores productivos y las afectaciones a las exportaciones. Unas 32.000 micro y pequeñas empresas quedaron destruidas, y alrededor de 39.000 personas perdieron su empleo directamente como consecuencia de los sismos. Los 24.000 pescadores artesanales del litoral pacífico también resultaron gravemente afectados.
El impacto en el patrimonio cultural del país fue igualmente severo. Noventa y ocho monumentos nacionales de relevancia histórica sufrieron daños totales o parciales, con la pérdida irreparable de edificios coloniales, iglesias y sitios arqueológicos que formaban parte de la identidad salvadoreña. La reconstrucción del patrimonio cultural demandaría esfuerzos y recursos que se prolongaron durante años.
Tras los terremotos, el gobierno de El Salvador recibió apoyo internacional masivo. Decenas de países y organizaciones internacionales enviaron ayuda humanitaria, equipos de rescate, médicos y recursos financieros. La reconstrucción fue un proceso largo y doloroso que implicó reubicar comunidades enteras, reforzar normas de construcción antisísmica y rediseñar planes de ordenamiento territorial. La colonia Las Colinas nunca fue reconstruida en su emplazamiento original: el área quedó como sitio de memoria para honrar a sus muertos.
Los terremotos de 2001 dejaron una lección amarga sobre la vulnerabilidad de El Salvador ante los fenómenos naturales. El país, ubicado en una de las zonas sísmicamente más activas del planeta, donde la placa de Cocos se hunde bajo la del Caribe en un proceso continuo e irresistible, aprendió a un costo humano enorme la importancia de la prevención de desastres, la planificación urbana y la construcción resistente. Esos principios, incorporados lentamente en la política pública, son parte del legado trágico de aquel sábado negro de enero.