La Segunda Guerra Sino-Japonesa fue el conflicto armado de mayor magnitud y consecuencias que tuvo lugar en Asia durante el siglo XX, un enfrentamiento brutal y prolongado que durante ocho años transformó el territorio chino en escenario de una de las guerras más destructivas de la historia moderna. Librada entre el 7 de julio de 1937 y el 2 de septiembre de 1945, primero como un conflicto bilateral entre la República de China y el Imperio del Japón, y después como un frente decisivo dentro de la Segunda Guerra Mundial, la guerra dejó un rastro de devastación y sufrimiento que se calcula en alrededor de veinte millones de muertos, la inmensa mayoría de ellos civiles. La magnitud de los crímenes de guerra cometidos contra la población civil china ha llevado a numerosos historiadores a denominarla el Holocausto asiático.
Las raíces de esta guerra se hundían profundamente en la historia de las relaciones entre los dos países. La primera guerra sino-japonesa de 1894-1895 había resultado en una derrota humillante para China y había revelado la profunda vulnerabilidad del gigante continental frente a un Japón modernizado y ambicioso. Desde entonces, la política imperial japonesa apuntó sistemáticamente a ampliar su influencia política y militar en el continente asiático, buscando garantizar el acceso a materias primas, alimentos y mano de obra necesarios para sostener su creciente industria y alimentar sus aspiraciones de potencia regional. Esta política expansionista fue escalando durante las décadas siguientes, adoptando formas cada vez más agresivas bajo la influencia del militarismo que dominó la vida política japonesa en los años treinta.
Antes del estallido de la guerra total, China y Japón habían protagonizado una serie de enfrentamientos menores que los diplomáticos japoneses denominaban incidentes para evitar formalmente la declaración de guerra. El más significativo fue el Incidente de Mukden de 1931, cuando el Ejército de Kwantung fabricó un pretexto para invadir Manchuria y establecer el estado títere de Manchukuo. Este era ya un signo claro de las intenciones japonesas, pero la comunidad internacional, marcada por el traumatismo de la Gran Guerra y en plena crisis económica, no reaccionó con la firmeza necesaria para disuadir a Tokio. El último de estos incidentes fue el del Puente de Marco Polo del 7 de julio de 1937, cuando un intercambio de disparos entre soldados japoneses y chinos sirvió de detonante para el inicio de la guerra total.
El avance japonés en los primeros meses fue casi imparable en velocidad y extensión. Para finales de 1937, las fuerzas del Ejército Imperial habían capturado Pekín, Tianjin, Shanghái, Nankín, Qingdao, Taiyuan, Cantón y grandes porciones del norte de China, incluyendo las provincias de Chahar y Suiyuan. La caída de Nankín en diciembre de 1937 fue acompañada por una masacre sistemática de civiles y prisioneros de guerra que se extendió durante semanas, dejando decenas de miles de víctimas en lo que quedó registrado en la historia como la Masacre de Nankín, uno de los episodios más atroces de la guerra.
A pesar de estas victorias iniciales, Japón no logró doblegar la voluntad de resistencia china. China contó con el apoyo económico de la Unión Soviética y los Estados Unidos, mientras que Japón recibía el respaldo de la Alemania nazi. A principios de 1938, los chinos lograron infligir una notable derrota a las fuerzas japonesas en Taierzhuang, bajo el mando del general Li Zongren, una victoria que demostró que el ejército chino era capaz de resistir y contraatacar. Sin embargo, para el otoño de ese mismo año, China había perdido Wuhan, nueva capital provisional, así como las provincias de Anhui y Jiangxi. El frente se estabilizó en una prolongada guerra de desgaste que se extendería durante años.
Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, la guerra sino-japonesa se fusionó con el gran conflicto global de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en uno de los frentes principales de la denominada guerra del Pacífico. Las cifras de víctimas generadas en este frente representaron más del noventa por ciento de todas las bajas de la guerra del Pacífico, una magnitud que apenas empezaba a ser comprendida por el mundo occidental. En 1944, Japón lanzó la Operación Ichi-Go, su último gran avance estratégico, que le permitió unir los territorios que controlaba en el norte y el sur del país y consolidar el dominio sobre las principales ciudades y líneas férreas. Sin embargo, nunca logró someter las zonas rurales ni eliminar los focos de resistencia guerrillera, principalmente comunistas.
La rendición de Japón el 9 de septiembre de 1945, formalizada tras los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki y la declaración de guerra soviética, puso fin a ocho años de un conflicto que había diezmado a la población china y dejado al país en un estado de devastación profunda. En China, la guerra es conocida como la Guerra de Resistencia contra la Agresión Japonesa, un nombre que refleja la perspectiva de un pueblo que se concibió a sí mismo como defensor de su soberanía frente a una invasión sin justificación. Las heridas abiertas por ese conflicto tardarían generaciones en cerrarse.
