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Petra

Antigua ciudad nabatea en Jordania y una de las 7 maravillas del mundo moderno

5 min01/01/2024
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En el corazón de la región montañosa de Edom, en el actual sur de Jordania, una ciudad esculpida directamente en la roca rosada ha fascinado a viajeros y arqueólogos durante más de dos siglos. Petra, cuyo nombre griego significa simplemente "piedra", fue conocida por sus propios fundadores como Raqmu, y fue la capital del floreciente reino nabateo, uno de los estados más prósperos del Oriente antiguo gracias a su maestría en el comercio y en la ingeniería hidráulica.

El asentamiento de Petra se localiza en un valle angosto, a una altitud que oscila entre los 800 y los 1.396 metros sobre el nivel del mar, al este del gran valle de Arabá que se extiende desde el mar Muerto hasta el golfo de Áqaba. Hoy se encuentra a unos 200 kilómetros al suroeste de Amán, la capital jordana, aproximadamente a tres horas en automóvil. Pero en la antigüedad, la distancia no importaba tanto como la posición estratégica: Petra se hallaba en la intersección de varias rutas de caravanas que conectaban Egipto, Siria y Arabia con el Mediterráneo sur.

La ciudad fue fundada originalmente a finales del siglo VIII antes de Cristo por los edomitas, pero fue en el siglo VI antes de Cristo cuando los nabateos la ocuparon y comenzaron a transformarla en una metrópoli. Estos hábiles comerciantes comprendieron de inmediato el valor del emplazamiento: disponía de agua segura gracias a sofisticados sistemas de captación y canalización, y su topografía la hacía prácticamente inexpugnable. El acceso principal era y sigue siendo el Siq, un cañón de aproximadamente 1,5 kilómetros de longitud y hasta 200 metros de altura, que en su punto más estrecho apenas alcanza dos metros de ancho.

Por ese angosto corredor pasaban las caravanas cargadas con los productos más codiciados del mundo antiguo: especias y seda de la India, marfil africano, perlas del mar Rojo e incienso del sur de Arabia. Esta última mercancía, la resina del árbol Boswellia, era especialmente valiosa como ofrenda religiosa y como medicamento en todas las culturas mediterráneas y de Oriente Próximo. Los nabateos no solo facilitaban el paso de esas caravanas, sino que cobraban impuestos y tasas por el tránsito, generando una riqueza enorme que se tradujo en monumentos de inigualable belleza.

Desde el siglo V antes de Cristo hasta el siglo III de nuestra era, Petra albergó uno de los mercados más importantes del mundo conocido. Su prosperidad quedó grabada para siempre en la roca: los nabateos esculpieron directamente en los acantilados de arenisca rojiza cientos de fachadas de tumbas, templos y edificios públicos de una monumentalidad asombrosa. Los dos ejemplos más célebres son el Khazneh, conocido como el Tesoro, con su fachada helenística de dos pisos tallada con minuciosidad extraordinaria, y el Deir, o Monasterio, cuya fachada de 47 metros de altura es aún más imponente.

La ciudad está construida sobre areniscas pertenecientes a dos formaciones geológicas superpuestas: la Formación Umm Ishrin, de colores rojizos y de edad Cámbrico superior, donde se han excavado la mayoría de las tumbas, y la Formación Disi, de tonalidades blancas. La estratificación cruzada de estas rocas y sus cementaciones de hierro y manganeso crean los famosos patrones de bandas de colores que hacen tan reconocibles los interiores de las cámaras funerarias nabateas.

La grandeza de Petra alcanzó su apogeo durante los primeros siglos de nuestra era, cuando el reino nabateo mantenía relaciones diplomáticas y comerciales con Roma, Egipto y los reinos árabes del sur. Sin embargo, en el año 106 de nuestra era el emperador Trajano anexionó el reino nabateo al Imperio romano, convirtiéndolo en la provincia de Arabia Pétrea. Bajo dominio romano, la ciudad siguió siendo próspera, aunque comenzó a perder su papel central en las rutas comerciales.

El golpe definitivo llegó hacia el siglo VI cuando, por una combinación de cambios en las rutas caravaneras y de devastadores terremotos, la ciudad fue perdiendo población hasta quedar prácticamente despoblada. Durante siglos, Petra existió solo en las memorias de los beduinos locales y en las referencias de los textos clásicos, hasta que el 22 de agosto de 1812 el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt, que vivía entre los árabes adoptando costumbres y lengua locales, logró penetrar en el sitio disfrazado de peregrino y reveló su existencia al mundo occidental.

Desde su redescubrimiento, Petra ha sido objeto de excavaciones arqueológicas, estudios geológicos y trabajos de conservación que continúan en la actualidad. El 6 de diciembre de 1985 fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, reconocimiento que se completó en 1993 con la creación del Parque Nacional Arqueológico que protege la zona circundante. En 2007 fue también votada como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

La magia de Petra reside en esa fusión única entre la mano humana y la naturaleza: una ciudad donde los templos y las viviendas son literalmente parte de la montaña, donde las fachadas emergen de la roca como si siempre hubieran estado allí, esperando que alguien las desvelara. Ese carácter escultórico, esa integración perfecta entre arquitectura y geología, convierte a Petra en un lugar sin parangón en la historia de la civilización humana.

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