Pocas figuras en la historia de América del Sur combinaron con tanta singularidad la erudición intelectual, la moderación política y la dedicación al bien público como Pedro II de Brasil. Nacido en el Palacio Imperial de São Cristóvão, en Río de Janeiro, el 2 de diciembre de 1825, y fallecido en París el 5 de diciembre de 1891, fue el segundo y último monarca del Imperio brasileño, cuyo reinado se extendió durante 58 años, uno de los más largos del siglo XIX en cualquier parte del mundo.
Su infancia no tuvo nada de placentera. Cuando su padre, el emperador Pedro I, abdicó abruptamente y partió hacia Europa en 1831, el pequeño Pedro contaba apenas cinco años de edad. Quedó solo en Brasil, privado de sus padres, sometido a una educación intensiva que lo preparaba para gobernar un Imperio que apenas estaba encontrando su camino. Esa niñez solitaria, marcada por el estudio constante y la exposición temprana a las intrigas cortesanas y las disputas políticas, moldeó profundamente su carácter. El niño que creció bajo esas circunstancias se convirtió en un adulto con un sentido del deber casi inflexible, una profunda devoción por su país y una desconfianza instintiva hacia el conflicto y la frivolidad.
Pedro II asumió el ejercicio pleno del poder en 1841, cuando apenas tenía quince años, y desde el principio demostró que no era el tipo de monarca que se conformaba con reinar sin gobernar. Bajo su conducción, Brasil sorteo los peligros que habían desintegrado a sus vecinos hispanoamericanos en múltiples repúblicas convulsionadas. La estabilidad política fue el gran activo del Imperio brasileño durante esas décadas: la libertad de expresión se mantuvo, los derechos civiles fueron respetados con una consistencia que resultaba excepcional para la región, y el crecimiento económico avanzó de manera sostenida.
En el plano militar, el reinado de Pedro II presenció tres victorias internacionales de gran trascendencia. La primera fue la guerra contra las fuerzas de Oribe y Rosas en el Río de la Plata; la segunda, la intervención en el Uruguay; y la tercera, el conflicto más sangrienta del subcontinente en el siglo XIX, la guerra de la Triple Alianza, librada entre 1864 y 1870 contra Paraguay. Ese último conflicto exigió esfuerzos enormes al Imperio y dejó cicatrices profundas, pero Brasil salió del mismo reforzado en su posición regional.
Más allá de la política y las guerras, Pedro II cultivó con genuina pasión las artes, las ciencias y el conocimiento. Su reputación internacional como mecenas y hombre de letras le valió amistades que muy pocos jefes de Estado de su época podían reclamar. Se carteó con figuras como Charles Darwin, Victor Hugo y Friedrich Nietzsche, fue amigo personal de Richard Wagner, de Luis Pasteur y del poeta Henry Wadsworth Longfellow. Era fluido en varios idiomas, aprendió hebreo y sánscrito por puro interés intelectual, y se convirtió en uno de los primeros patrocinadores de la fotografía en el mundo.
Su madre era la archiduquesa María Leopoldina de Austria, hija del emperador Francisco I del Sacro Imperio Romano-Germánico. Por esa línea materna, Pedro II era sobrino político de Napoleón Bonaparte y primo de figuras como Francisco José I de Austria-Hungría y Maximiliano I, el efímero emperador de México. Por línea paterna, era nieto del rey Juan VI de Portugal y sobrino del rey Miguel I. Esa red de parentescos europeos situaba al joven monarca en el centro de la política dinástica del siglo XIX, aunque él prefería los libros a los salones.
Una de las cuestiones que más absorbió su energía política fue la abolición de la esclavitud. Pedro II era personalmente contrario a la institución y apoyó con firmeza su eliminación, enfrentando la oposición de los poderosos intereses de los terratenientes que sostenían gran parte de la economía exportadora del Imperio. La Ley Áurea de 1888, promulgada por su hija la princesa Isabel durante una de sus ausencias, fue el resultado de décadas de esfuerzo político en esa dirección.
Paradójicamente, esa abolición, junto con el creciente descontento de los hacendados privados de su mano de obra sin compensación, precipitó la caída del régimen que Pedro II había sostenido durante tantas décadas. En noviembre de 1889, un pequeño grupo de oficiales militares dio un golpe de Estado que disolvió el Imperio y proclamó la República. El propio Pedro II aceptó el fin sin intentar resistirlo: ya cansado, desilusionado sobre el futuro de la monarquía y ajeno al deseo de perpetuarse en el poder, no impulsó ningún movimiento de restauración.
Los últimos dos años de su vida los pasó en Europa, viviendo con recursos escasos, lejos del país al que había dedicado su existencia. Falleció en París el 5 de diciembre de 1891, tres días después de cumplir 66 años. La ironía de la historia hizo que los mismos hombres que lo habían enviado al exilio comenzaran pronto a presentarlo como un modelo para la República que habían fundado.
Décadas después de su muerte, sus restos fueron repatriados a Brasil, donde hoy descansa en Petrópolis, la ciudad serrana que él tanto amaba. Su figura es considerada la de un héroe nacional y un símbolo de identidad, recordado no como un monarca que ejerció el poder por la fuerza, sino como un gobernante que construyó un país con paciencia, inteligencia y una dedicación que rara vez tiene paralelo en la historia americana.