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Pedro I de Brasil y IV de Portugal

Emperador de Brasil (1822-1831) y rey de Portugal (1826)

7 min01/01/2024
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Pedro I de Brasil y IV de Portugal fue una de las figuras más complejas y contradictorias del siglo XIX americano: el único monarca que proclamó la independencia de un país americano respecto a su propia familia reinante, gobernando luego como emperador de ese nuevo estado mientras renunciaba al trono de su país de nacimiento. Nació el 12 de octubre de 1798, a las ocho de la mañana, en el Palacio de Queluz, cerca de Lisboa, y murió en ese mismo palacio el 24 de septiembre de 1834, a los treinta y cinco años, habiendo vivido una existencia extraordinariamente intensa.

Su nombre fue dado en honor del fraile franciscano Pedro de Alcántara. Era hijo del rey Juan VI de Portugal, perteneciente a la poderosa casa de Braganza, y de Carlota Joaquina, hija del rey Carlos IV de España. Sus abuelos paternos eran el rey Pedro III y la reina María I, que además de cónyuges eran tío y sobrina respectivamente. El matrimonio de sus padres fue profundamente infeliz: su madre era una mujer ambiciosa que anteponía los intereses de España a los de Portugal, llegó a ser infiel a su marido y llegó incluso a planear su derrocamiento junto a nobles portugueses descontentos. Pedro era el segundo hijo masculino mayor y se convirtió en heredero tras el fallecimiento de su hermano mayor, Francisco Antonio, en 1801.

La infancia de Pedro estuvo marcada por la inestabilidad y el abandono afectivo. Sus padres se fueron distanciando progresivamente hasta vivir en palacios separados: Juan en el de Mafra y Carlota Joaquina en el de Ramalhão. Pedro y sus hermanos residían en el de Queluz con su abuela, la reina María I, que había sido declarada demente sin cura en 1792. Lejos de sus padres, a quienes solo veían en celebraciones solemnes, los niños encontraron algo de estabilidad en las figuras de su institutriz, María Genoveva do Rêgo e Matos, a quien Pedro amaba como si fuera su madre, y su ayo, António de Arrábida, que se convirtió en su mentor. Ambos se encargaron de proporcionarle una educación que abarcó matemáticas, economía política, lógica, historia y geografía. Además del portugués, aprendió latín y francés, podía traducir del inglés y entendía el alemán.

A finales de noviembre de 1807, cuando Pedro tenía nueve años, la familia real portuguesa huyó precipitadamente ante el avance del ejército napoleónico hacia Lisboa. Acompañado de su familia, llegó en marzo de 1808 a Río de Janeiro, capital de Brasil, por entonces la colonia más extensa y próspera de Portugal. En Brasil, Pedro se asentó con su padre y su hermano menor, Miguel, en el Palacio de San Cristóbal. La experiencia del viaje y la vida en la colonia forjaron su carácter de maneras que los años europeos no habrían podido: desarrolló un afecto genuino por la tierra americana y sus gentes, aunque la complejidad de su personalidad —forjada en la traición, la frialdad y el abandono de su infancia— nunca desapareció del todo.

Pedro mostró desde la infancia un profundo interés por la música. Uno de sus maestros fue el pianista y compositor austríaco Sigismund von Neukomm, nacido en 1778 y fallecido en 1858, quien llegó a Río de Janeiro en 1816 y vivió allí durante varios años. Pedro tocaba el clarinete, el fagot y el violonchelo, y compuso varias obras musicales, entre ellas un himno en honor a su padre. Más tarde, ya como emperador, dedicaría al menos dos horas diarias al estudio y a la lectura, una disciplina intelectual inusual para un gobernante de su tiempo y de su temperamento.

El 7 de septiembre de 1822, en las márgenes del río Ipiranga, Pedro proclamó la independencia de Brasil con el grito que ha pasado a la historia: "Independência ou morte". Fue coronado primer emperador de Brasil en diciembre de ese mismo año. Su reinado fue turbulento: tuvo que hacer frente a conflictos con las Cortes portuguesas, guerras externas y una oposición interna creciente. En 1826, a la muerte de su padre Juan VI, heredó brevemente el trono de Portugal con el nombre de Pedro IV, aunque abdicó casi de inmediato en su hija María, prefiriendo conservar el trono americano.

Las tensiones acumuladas durante su reinado lo llevaron finalmente a abdicar el trono de Brasil en favor de su hijo, el futuro Pedro II, el 7 de abril de 1831. Regresó a Europa y dedicó los últimos años de su vida a la causa liberal en Portugal. Murió en el Palacio de Queluz en septiembre de 1834, el mismo lugar donde había nacido treinta y cinco años antes, como si su vida hubiera trazado un círculo que regresaba al punto de partida.

El legado de Pedro I es ambivalente y apasionante en igual medida. Fue el fundador de un estado que se convertiría en uno de los países más grandes del mundo, el creador de la primera monarquía independiente de América Latina, y el protagonista de una independencia que, a diferencia de la mayoría de las de su época, se llevó a cabo con una violencia relativamente contenida. Al mismo tiempo, fue un gobernante autoritario que suprimió la oposición y un hombre de contradicciones profundas cuya vida personal estuvo plagada de escándalos y conflictos. La historia lo recuerda, con justicia, como "el Rey Soldado" y el primer jefe de estado de Brasil.

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