En la historia del Brasil del siglo XIX, pocos nombres brillan con la intensidad moral y política de Isabel de Brasil, la princesa imperial conocida popularmente como "la Redentora". Nacida en Río de Janeiro el 29 de julio de 1846 y fallecida en Eu, Francia, el 14 de noviembre de 1921, fue la hija mayor del emperador Pedro II de Brasil y de la emperatriz Teresa Cristina de las Dos Sicilias, y como tal, miembro de la rama brasileña de la Casa de Braganza. Su nombre quedaría unido para siempre al acto político más trascendente de su vida: la firma de la Ley Dorada en 1888, el decreto que abolió definitivamente la esclavitud en Brasil.
Isabel nació en el Palacio de San Cristóbal y fue bautizada en la Capilla Imperial el 15 de noviembre de 1846. Su nombre fue escogido en honor a su abuela materna, la reina María Isabel de las Dos Sicilias. Sus padrinos fueron el rey consorte Fernando II de Portugal y María Teresa de Austria-Teschen, reina consorte de las Dos Sicilias. Con la prematura muerte de sus hermanos Alfonso y Pedro, Isabel se convirtió en la heredera de la corona imperial. El reconocimiento oficial de su condición de sucesora se celebró el 10 de agosto de 1850, cuando la Asamblea General, reunida en el Palacio del Senado, proclamó formalmente a la heredera al trono de conformidad con los artículos 116 y 117 de la Constitución del Imperio.
La educación de Isabel fue cuidadosamente planificada por su padre, el emperador Pedro II, quien se preocupó desde temprano por formar a la futura soberana. Por recomendación de su tía Francisca de Braganza, fue elegida como institutriz la condesa de Barral, hija del embajador Domingos Borges de Barros, vizconde de Pedra Branca, y esposa de un noble francés. La condesa, considerada por la mayoría de los historiadores como el gran amor platónico del emperador Pedro II, inició sus funciones en septiembre de 1855. Las ciencias, en particular la química, ocuparon un lugar central en la formación de Isabel, siguiendo la orientación intelectual de su padre. También mostró un profundo interés por el desarrollo de la educación pública en el país, como lo demostró en su discurso del trono como regente el 1 de febrero de 1877.
En el palacio de São Cristovão, para aliviar el ambiente denso de estudios y deberes, las princesas y sus amigos de la infancia protagonizaban pequeñas piezas teatrales. Entre esos amigos de la infancia se encontraban algunos hijos de los esclavos que trabajaban en palacio. Esa proximidad con las personas esclavizadas desde los primeros años de vida se ha señalado como un factor que podría explicar la futura implicación de Isabel en el movimiento abolicionista, aunque la historiografía brasileña no ha estudiado esta relación con la profundidad que merece.
Los preparativos para el matrimonio de la princesa comenzaron en la década de 1860. Por recomendación de su tía Francisca de Braganza, princesa de Joinville, llegaron a Brasil dos príncipes europeos: Gastón de Orleans, conde de Eu, y Luis Augusto de Sajonia-Coburgo-Gotha, ambos nietos de Luis Felipe I de Francia, sobrinos nietos del rey Leopoldo I de Bélgica, sobrinos del rey Fernando II de Portugal y sobrinos segundos de la reina Victoria del Reino Unido. Inicialmente, el emperador había destinado a Luis Augusto para Isabel y a Gastón para su hermana Leopoldina. Sin embargo, cuando los dos príncipes llegaron a Brasil, Isabel se enamoró de Gastón, conde de Eu, y fue con él con quien contrajo matrimonio.
Como heredera del trono, Isabel ejerció la regencia del Imperio en tres ocasiones distintas. La tercera y última regencia fue la más históricamente significativa. El 13 de mayo de 1888, mientras el emperador Pedro II se encontraba en Europa recuperándose de una enfermedad, Isabel firmó la Ley Dorada, que declaró extinta la esclavitud en Brasil de manera inmediata y sin compensación económica a los propietarios de esclavos. Brasil se convertía así en el último país del hemisferio occidental en abolir la institución esclavista. El acto le valió el sobrenombre de "la Redentora" y una popularidad inmensa entre la población negra y los sectores abolicionistas.
Sin embargo, el precio político de aquel acto fue enorme. Los grandes propietarios rurales que habían sustentado la monarquía durante décadas se sintieron traicionados y retiraron su apoyo al régimen imperial. Menos de dos años después, el 15 de noviembre de 1889, una revolución republicana puso fin al Imperio de Brasil. La familia imperial fue enviada al exilio. Isabel y su familia se establecieron en Francia, donde la princesa pasaría el resto de su vida, muriendo en Eu el 14 de noviembre de 1921, a los setenta y cinco años, sin haber podido regresar al país que ella misma había liberado de la esclavitud.
El legado de Isabel de Brasil es inseparable de la Ley Dorada. Que una mujer en el siglo XIX, y más aún una princesa imperial, hubiera tomado una decisión política de tal trascendencia en contra de los intereses de los grupos más poderosos de su país es un hecho que la historia reconoce con admiración. Su figura representa tanto el potencial de la acción individual para cambiar el curso de la historia como la trágica paradoja de quien pierde el poder precisamente como consecuencia de haber hecho lo que consideraba justo.