Francesco Della Rovere nació el 21 de julio de 1414 en la villa Pecorile de Celle Ligure, al norte de Italia, en circunstancias marcadas ya desde el primer momento por las adversidades de su tiempo: sus padres, vecinos habituales de la ciudad de Savona, se habían trasladado temporalmente a ese lugar huyendo de una epidemia de peste que asolaba la región. Su padre, Leonardo della Rovere, ejercía como cardador de paños, y su madre, Luchina Monleone, pertenecía a una familia genovesa que había sido exiliada en 1317 y había prosperado gracias al comercio.
La condición social de la familia fue objeto de interpretaciones contradictorias incluso entre sus contemporáneos: algunos panegiristas la describieron como ilustre y antiquísima, mientras que sus detractores la tildaron de bajísima y vil. Lo cierto es que, independientemente de sus orígenes, el pequeño Francesco demostró desde muy joven una inteligencia y una capacidad de trabajo que lo llevarían a los puestos más elevados de la jerarquía eclesiástica. A los nueve años fue encomendado a la tutela de Giovanni da Pinerolo en el convento franciscano de Savona, donde estudió Gramática, Retórica y Dialéctica. A los quince años tomó los votos religiosos.
Su formación intelectual fue sistemática y exigente. Estudió Filosofía natural con Galasso da Napoli en el convento de Chieri, y completó su educación filosófica, lógica y metafísica en las universidades de Pavía y Bolonia, bajo la guía de maestros como Giacomo Testori da Siena y Andrea da Nola. Fue ordenado sacerdote en 1439 y en 1444 obtuvo el doctorado en Sagrada Teología en la Universidad de Padua, distinción que lo habilitó para enseñar en las universidades de Padua, Bolonia, Florencia, Siena, Perugia y Roma, recorrido académico que consolidó su reputación como teólogo de primera fila.
Su ascenso dentro de la orden franciscana fue igualmente veloz. Entre 1460 y 1464 desempeñó el cargo de vicario del ministro general Giacomo da Sarzuela y ejerció como procurador de la orden en Roma. En 1464 fue elegido ministro general en el capítulo de la orden. Su vínculo con el cardenal Basilio Besarión, de quien era confesor, resultó decisivo para el siguiente paso: en septiembre de 1467, el papa Paulo II lo nombró cardenal con el título de San Pietro in Vincoli.
La muerte repentina de Paulo II abrió el camino al cónclave de 1471. Con siete de los veinticinco cardenales del Colegio Cardenalicio ausentes de Roma, la elección recayó el 9 de agosto en Francesco della Rovere, que reunió los suficientes votos para ser proclamado papa, en parte gracias a la mediación de su sobrino Pietro, quien actuaba como su conclavista. Recibida la consagración episcopal, fue coronado el domingo 25 de agosto de 1471 con el nombre de Sixto IV, convirtiéndose en el papa número 212 de la historia de la Iglesia católica.
El pontificado de Sixto IV fue uno de los más complejos y controvertidos del siglo quince. En lo cultural, su papado dejó una huella extraordinaria: fue el fundador de la Biblioteca Apostólica Vaticana en su forma institucional moderna, y el nombre con el que pasó a la historia universal es el de mecenas de la Capilla Sixtina, construida y decorada por su orden durante esos años, y a la que dio su nombre. Convocó a los pintores más célebres de la época para embellecer ese espacio sagrado, sentando las bases de lo que sería uno de los conjuntos artísticos más admirados de la humanidad.
Sin embargo, el aspecto de su pontificado que más debate generó fue el nepotismo. La práctica de favorecer a los propios familiares había sido una costumbre aceptada entre los papas al menos desde el siglo once, con una justificación que tenía sentido en el contexto de la época: el papa era simultáneamente jefe espiritual de la Iglesia y monarca de los Estados Pontificios, rodeado de familias baronales poderosas y de príncipes temporales que frecuentemente lo desafiaban. En ese entorno, confiar en los propios parientes era una estrategia de supervivencia política comprensible.
Pero el nepotismo practicado por Sixto IV alcanzó dimensiones que escandalizaron incluso a sus contemporáneos. Con su ascenso al pontificado, gran parte de su extensa familia se instaló en Roma junto a la corte papal, y numerosos sobrinos suyos recibieron cargos y dignidades eclesiásticas de primer rango, convirtiéndose en protagonistas activos de la política italiana del período. Sixto IV falleció en Roma el 12 de agosto de 1484, dejando un legado doble: el de un mecenas que transformó la Roma visible con sus encargos artísticos, y el de un pontífice cuyas decisiones políticas y familiares generaron controversias que persisten en los estudios históricos hasta hoy.

