Giovanni Paolo Pannini nació el 17 de junio de 1691 en Piacenza, ciudad del norte de Italia, y fue bautizado también con la grafía Panini, variante con la que aparece en numerosos documentos y catálogos de museos. Su formación artística comenzó en esa misma ciudad, donde se instruyó en el arte de la escenografía teatral antes de dar el paso que cambiaría el rumbo de su vida: en 1711, con apenas veinte años, se trasladó a Roma para perfeccionar sus conocimientos de dibujo bajo la tutela de Benedetto Luti, uno de los artistas más respetados del ambiente romano de la época.
Roma era entonces el centro del universo artístico europeo, una ciudad cargada de ruinas, palacios y basílicas que invitaba a la contemplación y al registro meticuloso de su grandeza. Pannini no tardó en cautivar a la aristocracia romana con su talento para la decoración de interiores. Sus trabajos en la villa Patrizi, ejecutados entre 1718 y 1725, y en el Palacio de Carolis en 1720, le granjearon la reputación de decorador de primer orden, abriendo las puertas a los encargos más lucrativos de la ciudad.
Pero si la decoración le dio la fama inicial, fue la pintura de vedute —vistas panorámicas y arquitectónicas— lo que terminó por definirlo como uno de los pioneros del vedutismo italiano y del género conocido como capricho pictórico. Sus representaciones del interior del Panteón de Roma, con sus bóvedas imponentes, sus columnas de mármol y la luz que entraba por el óculo central, se convirtieron en referencias ineludibles del género. Pannini no se limitaba a reproducir fielmente lo que veía; combinaba elementos de diferentes monumentos, construía escenas imaginarias pobladas de personajes, creando esa atmósfera entre documental y onírica que caracteriza a sus mejores obras.
En 1719 fue admitido en la Congregazione dei Virtuosi al Pantheon, distinción que certificaba su posición dentro del mundo cultural romano. Posteriormente enseñó en la Accademia di San Luca, institución que reunía a los artistas más reconocidos de la época, y donde su influencia alcanzó a jóvenes creadores que marcarían la historia del arte europeo. Entre los artistas que recibieron su enseñanza o fueron influenciados por su obra se cuentan Jean-Honoré Fragonard y Giovanni Battista Piranesi, cuya obsesión por las ruinas y la arquitectura fantástica es difícil de imaginar sin el precedente de Pannini.
Una de sus contribuciones más originales fueron las llamadas galerías de cuadros: pinturas que representaban un interior imaginario donde las paredes estaban cubiertas por decenas de pequeños cuadros, cada uno de los cuales mostraba una vista de Roma o sus monumentos. Esta fórmula, ejemplificada en sus famosas Galería de cuadros con vistas de la Roma Antigua y Galería de cuadros con vistas de la Roma Moderna, era a la vez un ejercicio intelectual, un tributo a la ciudad y un objeto de deseo para los coleccionistas de toda Europa.
Pannini destacó también por la habilidad con que supo integrar la herencia pictórica del Renacimiento italiano con las nuevas tendencias que llegaban desde Francia, un equilibrio que lo hacía único en su tiempo. Esa síntesis le garantizó una clientela internacional y diversa. Los aristócratas franceses fueron sus mecenas más entusiastas, atraídos por ese estilo que se movía con fluidez entre el rococó y el neoclasicismo incipiente. El papa Benedicto XIV fue otro de sus protectores, encargándole obras de gran formato como Carlos III en la Basílica de San Pedro y Visita de Carlos III al papa Benedicto XIV. Del cardenal Silvio encargó también una galería que reunía las colecciones del prelado.
El Grand Tour, esa práctica cultural de las élites europeas —sobre todo inglesas— que consistía en un viaje formativo por Italia, impulsó enormemente la demanda de pintura arquitectónica y de vistas de ciudades históricas. Los viajeros adinerados compraban cuadros de Pannini como lo que hoy llamaríamos souvenirs de lujo: pruebas visuales del recorrido cultural que habían realizado y símbolo de distinción intelectual. Pannini trabajó con muchos de esos artistas viajeros que llegaban a Roma con fines académicos, y colaboró con figuras como Charles-Joseph Natoire, renombrado artista francés que junto a Charles-André van Loo y François Boucher era uno de los máximos exponentes del rococó en Italia. Una obra conjunta de Pannini y Natoire, titulada Capriccio with figures and ruins, fue vendida en Christie's por 22.500 dólares.
Aunque Pannini nunca visitó España, su nombre quedó asociado al Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, para cuyo Salón de Lacas realizó perspectivas por encargo de Filippo Juvara. Sus pinturas están presentes hoy en los principales museos de Europa, incluidos el Prado y el Thyssen-Bornemisza de Madrid. Pannini falleció en Roma el 21 de octubre de 1765, dejando una obra que había sido presentada en subasta en 462 ocasiones, cifra que habla por sí sola de la persistente valoración de su legado artístico a lo largo de los siglos.

