María Ana de Austria nació el 3 de enero de 1610 en Graz, entonces capital del archiducado interior de los Habsburgo, como hija del emperador Fernando II del Sacro Imperio Romano Germánico y de su esposa, la princesa María Ana de Baviera. Murió el 25 de septiembre de 1665 en Múnich, habiendo vivido toda su existencia en el corazón de la alta política europea del siglo XVII, primero como archiduquesa y luego como electora de Baviera.
Su posición en el entramado dinástico de los Habsburgo era notable. Era hermana del emperador Fernando III, lo que la convertía en tía del emperador Leopoldo I y de Mariana de Austria, que llegaría a ser segunda esposa del rey Felipe IV de España y madre del último rey de la casa de Austria en España, Carlos II. Ese entramado de parentescos no era decorativo: determinaba alianzas, heredanzas y políticas que afectaban a millones de personas a lo largo y ancho de Europa.
Educada estrictamente bajo la guía de los jesuitas, María Ana creció en el marco del catolicismo militante que caracterizaba a la rama austriaca de los Habsburgo en pleno estallido de la Guerra de los Treinta Años. Los jesuitas le inculcaron no solo la fe sino también el latín y el italiano, idioma este último que dominaba con fluidez además de su lengua materna el alemán. Se destacó desde joven por su inteligencia, su orden y su moderación, virtudes que sus contemporáneos registraron con unanimidad, y también tenía una afición especial por la caza, pasatiempo inusual en una mujer de su rango.
El 15 de julio de 1635, a los veinticinco años, María Ana contrajo matrimonio en Viena con Maximiliano I, duque y elector de Baviera. Maximiliano tenía sesenta y dos años, había enviudado ese mismo año de su primera esposa, la princesa Isabel Renata de Lorena, y su urgencia por contraer nuevas nupcias era ante todo dinástica: necesitaba un heredero varón que asegurase la continuidad de los Wittelsbach en el electorado. La diferencia de edad, que rozaba los cuarenta años, era pronunciada incluso para los estándares de la época, pero el matrimonio se demostró extraordinariamente armonioso.
La unión tenía también una dimensión política explícita. Para Maximiliano, casarse con una archiduquesa de los Habsburgo en 1635 equivalía a señalar un acercamiento a la familia imperial y, por extensión, un alejamiento de Francia, que acababa de entrar en guerra abierta contra el Imperio. La boda fue celebrada por el obispo Francisco Seraph de Dietrichstein, de Olomouc. Durante las negociaciones del contrato matrimonial, el emperador Fernando II realizó una concesión significativa: María Ana no renunciaría a sus derechos hereditarios en la casa imperial, lo que le otorgaba un derecho de herencia conjunta en caso de extinción de la línea masculina de los Habsburgo. La dote fue fijada en 250.000 florines, con los que se le entregaron la ciudad y el palacio de Wasserburg, así como mercados regionales en Kraiburg y Neumarkt. Como residencia de viuda se le asignó el castillo de Trausnitz, cerca de Landshut.
La llegada del primer embarazo fue celebrada con una peregrinación conjunta al santuario de Andechs, uno de los lugares de devoción más importantes de Baviera. El primogénito, Fernando María, recibió en el bautismo el nombre de su padrino, el propio emperador Fernando II. El parto dejó a María Ana tan debilitada que perdió temporalmente la capacidad de hablar. La curación, según la tradición recogida por las crónicas de la época, se aceleró con la intercesión de las reliquias de San Francisco de Paula, en cuyo honor Maximiliano donó un monasterio en Neunburg vorm Wald.
La complementariedad entre los dos cónyuges fue reconocida por todos los observadores. Maximiliano era un hombre profundamente religioso, culto y realista en política. María Ana aportaba una energía y una capacidad para los asuntos prácticos y económicos que su marido valoraba y aprovechaba. Asistía personalmente a las reuniones del Consejo de Ministros, participaba activamente en la gestión del electorado y mantenía una extensa correspondencia política con su hermano el emperador Fernando III y con numerosos funcionarios de la corte imperial, representando siempre los intereses bávaros con una determinación que sorprendía a quienes esperaban de ella una postura más sumisa a la política de los Habsburgo.
Tras la conquista francesa de Philippsburg en 1644, fue María Ana quien instó a su hermano Leopoldo Guillermo, comandante de las fuerzas imperiales, a una respuesta más enérgica, mostrando que su fidelidad primera era a Baviera y a los Wittelsbach, no a la causa general de la casa de Austria. Ese desplazamiento de lealtades era la señal más clara de hasta qué punto había asumido como propios los intereses del electorado que gobernaba con su marido.
Murió en Múnich el 25 de septiembre de 1665, habiendo sobrevivido a Maximiliano, fallecido en 1651, y habiendo visto a su hijo Fernando María asumir el electorado. Su vida encarna el modelo de la princesa política del siglo XVII: formada en la obediencia religiosa, pero ejercida en la autonomía del poder.

