La llegada del año 2009 en Bangkok se celebraba con la habitual intensidad de una ciudad vibrante y nocturna. En el club Santika, ubicado en el barrio de Ekkamai, en el distrito de Watthana, cerca de un millar de personas habían congregado para despedir el año viejo y dar la bienvenida al nuevo entre música en vivo, tragos y luces de fiesta. El grupo musical que actuaba en el escenario aquella noche se llamaba, con una ironía que el destino convertiría en tragedia, Burn.
A las 00:35 del jueves 1 de enero de 2009, apenas treinta y cinco minutos después de iniciado el nuevo año, un incendio se declaró en el local. Lo que comenzó como una emergencia se convirtió en cuestión de minutos en un infierno sin salida. Las llamas se propagaron con una velocidad brutal, alimentadas por los materiales de construcción y decoración del local, y el humo tóxico invadió el espacio antes de que la mayoría de los presentes pudiera reaccionar.
El resultado fue catastrófico: 67 personas murieron y otras 222 resultaron heridas. Entre las víctimas había ciudadanos de trece países diferentes, lo que transformó el incendio en un evento de resonancia internacional. Los heridos fueron trasladados de urgencia a 19 hospitales de la ciudad, con el Hospital de Bangkok como principal receptor de los afectados. Las causas del fallecimiento incluyeron inhalación de humo tóxico, quemaduras y aplastamientos producidos durante la desesperada estampida hacia las salidas.
Las causas exactas del incendio nunca fueron establecidas de manera oficial. Las hipótesis más mencionadas apuntaban al uso de fuegos artificiales en el interior o el exterior del local, a bengalas encendidas dentro de la discoteca o a una explosión de origen eléctrico. Un testigo afirmó que no había pirotecnia en el interior del club; otro declaró haber visto llamas en el techo después de salir a contemplar el espectáculo de fuegos artificiales de medianoche. Las grabaciones de video del evento interior mostraron únicamente el uso de bengalas navideñas comunes durante la cuenta regresiva.
Lo que sí sugieren las evidencias es que el fuego se originó dentro del espacio del techo o en la cubierta del edificio, lo que le permitió crecer en intensidad durante varios minutos sin ser detectado por los presentes. El incendio se hizo visible en el interior del local aproximadamente diez minutos después de la medianoche. Este retraso fue fatal, porque cuando las llamas se volvieron evidentes, ya habían ganado una intensidad imposible de controlar con los medios disponibles.
La estructura del edificio agravó exponencialmente la tragedia. El club Santika tenía una sola salida principal, con una salida adicional destinada al personal. Una tercera salida había sido clausurada deliberadamente para prevenir robos, reduciendo aún más las vías de escape. Las normas de construcción del país se aplicaban con laxitud, lo que permitía el uso de papel alquitranado y plástico como materiales impermeabilizantes, materiales que al arder desprendían vapores altamente tóxicos. Los médicos señalaron que esos vapores pudieron haber provocado el desmayo de muchas personas en tan solo unos minutos de exposición, impidiéndoles escapar.
La investigación posterior reveló una acumulación impresionante de irregularidades. El club solo contaba con un extintor de incendios. Estaba registrado oficialmente como restaurante, no como discoteca, lo que en teoría lo obligaba a cerrar a medianoche y lo eximía de ciertos controles aplicables a los locales de entretenimiento nocturno. La investigación del Ministerio de Justicia fue más lejos: descubrió que el establecimiento estaba registrado como residencia privada, lo que significaba que nunca había recibido una inspección de seguridad contra incendios. Además, operaba en una zona donde las discotecas estaban prohibidas, y se comprobó que se había falsificado la firma del arquitecto de la ciudad para aprobar el diseño del local.
No era la primera vez que el Santika tenía problemas con las autoridades. Entre 2004 y 2006, la policía había presentado 47 cargos contra los propietarios por funcionamiento ilegal, pero el negocio continuó operando pese a esas denuncias.
Entre los 61 cadáveres inicialmente recuperados, solo 29 pudieron ser identificados de inmediato. De ellos, 28 eran tailandeses y uno era singapurense. La identificación del resto requirió hasta una semana adicional debido a la gravedad de las quemaduras que presentaban los cuerpos. Las víctimas fueron envueltas en tela blanca y colocadas en el estacionamiento del club mientras se esperaba su traslado.
La policía presentó cargos contra el vocalista de Burn por haber encendido fuegos artificiales en el escenario y contra el propietario del club por imprudencia y por haber admitido ilegalmente a menores de 19 años. El primer ministro Abhisit Vejjajiva visitó el lugar del desastre y formuló la pregunta que resumía la perplejidad colectiva: por qué se había permitido a alguien ingresar fuegos artificiales al local y encenderlos.
El incendio del Santika dejó una marca imborrable en la historia de Tailandia y renovó el debate en toda la región sobre la aplicación de las normas de seguridad en locales de entretenimiento nocturno, la corrupción que permite operar a establecimientos ilegales, y el precio humano que se paga cuando la negligencia y la desidia institucional se cruzan con la desgracia.
