El Imperio carolingio representó uno de los momentos fundacionales de la civilización europea medieval. Su existencia, comprendida entre la coronación de Carlomagno como emperador en el año 800 y la división definitiva de sus territorios mediante el Tratado de Verdún en el año 843, sentó las bases políticas, culturales y religiosas sobre las que se construiría la Europa occidental durante siglos.
Los antecedentes del Imperio se encuentran en la ascensión de la dinastía carolingia al poder franco. Tras la caída de los reyes merovingios ante los mayordomos de palacio, la familia que derivaba del matrimonio de los hijos de Arnulfo de Metz y Pipino el Viejo consolidó su influencia desde el segundo tercio del siglo VII, logrando que el cargo de mayordomo de palacio fuera hereditario. De este modo, los carolingios se convirtieron en los verdaderos gobernantes de los francos, mientras los monarcas merovingios quedaban reducidos a un papel puramente nominal, lo que les valió el apodo de "reyes holgazanes". En el año 751, Pipino el Breve fue coronado rey de los francos, inaugurando formalmente la dinastía carolingia. En 774, Carlomagno añadiría el título de rey de los lombardos en Italia.
La coronación de Carlomagno como emperador en Roma, en la Navidad del año 800, fue uno de los actos más cargados de simbolismo de toda la Edad Media. Efectuada por el papa León III en la basílica de San Pedro, esta ceremonia proclamaba la restauración de facto del Imperio romano en Occidente y legitimaba el poder de la etnia germánica que había ocupado el antiguo territorio romano. Era un mensaje político de enorme alcance: el nuevo Imperio no era una mera continuación del poderío franco, sino la heredera de Roma, con toda la autoridad universal que ese nombre implicaba.
En su apogeo, el Imperio carolingio era una entidad de dimensiones notables. Con una población estimada de entre diez y veinte millones de personas y una extensión de aproximadamente 1.112.000 kilómetros cuadrados, su núcleo era Francia, la tierra entre el Loira y el Rin, donde se encontraba la principal residencia real, la ciudad de Aquisgrán. Por el sur, el Imperio cruzaba los Pirineos y limitaba con el emirato de Córdoba y, después de 824, con el reino de Pamplona. Por el norte limitaba con los daneses. Por el oeste tenía una frontera con Bretaña, que fue sometida a la condición de tributaria. Por el este se extendía hacia las tierras de eslavos y ávaros, pueblos que fueron derrotados con el tiempo e incorporados al Imperio. En el sur de Italia, la autoridad carolingia fue disputada por los bizantinos y los restos del poder lombardo en el Principado de Benevento.
El renacimiento carolingio fue una de las grandes aportaciones culturales de este período. Carlomagno y sus sucesores impulsaron una renovación de la vida intelectual, religiosa y artística del mundo franco. Se promovió la educación, se copiaron manuscritos clásicos en los scriptoria de los monasterios, se reformó la escritura con la creación de la minúscula carolingia, se reorganizó la Iglesia y se estableció una red de escuelas catedralicias. El latín fue el idioma oficial del Imperio y de todos los actos administrativos. Este programa de recuperación de la cultura clásica en los ámbitos políticos, culturales y religiosos fue un intento deliberado de conectar el presente bárbaro con la grandeza de la antigüedad.
La muerte del emperador Ludovico Pío en el año 840 desencadenó una guerra civil entre sus hijos que duró hasta el año 843. El Tratado de Verdún de ese año dividió el Imperio en tres reinos: la Francia occidental, que un siglo después evolucionaría hacia el Reino de Francia; la Francia oriental, que se convertiría en el núcleo del Sacro Imperio Romano Germánico; y la Lotaringia, una franja intermedia que sería objeto de disputas permanentes entre sus vecinos. Aunque nominalmente seguía existiendo la unidad del Imperio y el derecho hereditario de los carolingios, la práctica política era ya la de reinos autónomos.
En el año 884, Carlos el Gordo logró reunir por última vez todos los reinos carolingios bajo su autoridad, pero su incapacidad para defender el Imperio de las incursiones normandas le costó el trono. La nobleza franca lo depuso en 887 y murió en 888, dividiendo inmediatamente el Imperio de forma definitiva. Como el único varón legítimo de la dinastía era entonces un niño, la nobleza eligió reyes regionales ajenos a los carolingios. La línea ilegítima gobernó en el este hasta el año 911, mientras en el reino occidental la línea legítima fue restaurada en 898 y gobernó, con interrupciones, hasta el año 987.
El legado del Imperio carolingio trasciende su relativamente breve existencia. Fue el primer intento serio de unificar políticamente a los pueblos de la Europa occidental tras la caída de Roma, y su división posterior definió las grandes unidades políticas que moldearían la historia europea durante siglos. La idea de una Europa unida bajo una autoridad común, aunque nunca completamente realizada, debe mucho al precedente carolingio.

