A mediados del siglo XX, cuando el mundo apenas comenzaba a recomponerse de las heridas de la Segunda Guerra Mundial, una nueva guerra estalló en la península de Corea y se convirtió en el primer gran enfrentamiento armado de la Guerra Fría. El conflicto, que se extendió desde el 25 de junio de 1950 hasta el 27 de julio de 1953, enfrentó a Corea del Norte y sus aliados contra Corea del Sur y las fuerzas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos, dejando tras de sí un reguero de destrucción y más de un millón de muertos militares, además de entre dos y tres millones de víctimas civiles.
Para comprender cómo llegó Corea a esa situación, es necesario remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial. Durante treinta y cinco años, Corea había sido una colonia japonesa, y su liberación en 1945 no trajo consigo la unidad tan esperada. La Unión Soviética y los Estados Unidos dividieron la península a lo largo del paralelo 38 norte en dos zonas de ocupación, con la intención declarada de reunificarla bajo un gobierno independiente. Sin embargo, las tensiones de la Guerra Fría frustraron esos planes. En 1948 se consolidaron dos estados separados: al norte, la República Popular Democrática de Corea, dirigida por Kim Il Sung desde Pionyang bajo la influencia soviética; al sur, la República de Corea, encabezada por Syngman Rhee en Seúl con el respaldo estadounidense. Ambos gobiernos se reclamaban como el único poder legítimo sobre el conjunto de la península, y los enfrentamientos fronterizos eran frecuentes.
El estallido abierto llegó en la madrugada del 25 de junio de 1950, cuando el Ejército Popular de Corea del Norte, equipado y entrenado por los soviéticos, cruzó el paralelo 38 y lanzó una invasión a gran escala hacia el sur. La respuesta internacional fue extraordinariamente rápida. En ausencia del representante soviético, que boicoteaba entonces el Consejo de Seguridad de la ONU, ese órgano condenó la agresión y recomendó a los estados miembros que repelieran la invasión. Veintiún países contribuyeron con tropas a las fuerzas de la ONU, aunque Estados Unidos aportó alrededor del 90 por ciento del personal militar.
Los primeros meses del conflicto fueron catastróficos para el sur. El 28 de junio, apenas tres días después del inicio de la invasión, el Ejército Popular de Corea capturó Seúl. A principios de agosto, las fuerzas surcoreanas y sus aliados habían sido empujadas hasta el extremo sureste de la península, sosteniendo apenas el denominado perímetro de Pusan. Parecía que la reunificación bajo el mando del norte era inminente.
Pero el 15 de septiembre de 1950 cambió el rumbo de la guerra. El general Douglas MacArthur ordenó un audaz desembarco anfibio en Inchón, cerca de Seúl, que cortó las líneas de suministro norcoreanas y aisló a grandes unidades del ejército invasor. El 18 de septiembre las fuerzas de la ONU salieron del perímetro de Pusan, reconquistaron Seúl y cruzaron el paralelo 38 hacia el norte, capturando Pionyang en octubre y avanzando hacia el río Yalu, la frontera con China.
Ese avance provocó una nueva vuelta de tuerca. El 19 de octubre, el Ejército Popular de Voluntarios chino cruzó el río Yalu y entró en el conflicto del lado norcoreano, lanzando dos grandes ofensivas que obligaron a las fuerzas de la ONU a retirarse precipitadamente de Corea del Norte en diciembre. En enero de 1951 las fuerzas comunistas volvieron a capturar Seúl, aunque una contraofensiva de la ONU la recuperó dos meses después. Tras una frustrada ofensiva china de primavera, el frente se estabilizó aproximadamente en torno al paralelo 38, donde había comenzado todo.
Las negociaciones de armisticio se iniciaron en julio de 1951, pero los combates continuaron durante dos años más mientras las partes debatían los términos, en especial la cuestión del retorno de los prisioneros de guerra. El norte sufrió durante esos años un bombardeo masivo por parte de la aviación estadounidense que destruyó prácticamente todas las grandes ciudades norcoreanas, convirtiendo a Corea del Norte en uno de los países más bombardeados de la historia.
El 27 de julio de 1953 se firmó el Acuerdo de Armisticio de Corea, que estableció el intercambio de prisioneros y creó la Zona Desmilitarizada de cuatro kilómetros de ancho a lo largo de la línea del frente, con un área de seguridad conjunta en Panmunjom. Sin embargo, nunca se firmó un tratado de paz formal, lo que convirtió técnicamente a la guerra en un conflicto congelado que persiste hasta hoy.
Las consecuencias del conflicto fueron devastadoras para la población civil de ambas Coreas. Prácticamente todas las grandes ciudades de la península fueron destruidas. Los crímenes de guerra documentados incluyeron el asesinato masivo de supuestos comunistas por parte de las autoridades surcoreanas y el maltrato sistemático de prisioneros por parte del norte. La guerra dejó también una división que décadas después sigue siendo uno de los puntos de mayor tensión geopolítica del planeta.