El domingo 18 de junio de 1815 quedó grabado en la historia como el día en que el destino de Europa se decidió en los campos embarrados de Waterloo, a pocos kilómetros al sur de Bruselas. Aquel día, el Ejército Imperial Francés de Napoleón Bonaparte fue derrotado de forma concluyente por dos ejércitos de la Séptima Coalición: las fuerzas lideradas por los británicos bajo el mando del mariscal de campo Arthur Wellesley, duque de Wellington, y los tres cuerpos del ejército prusiano comandados por el mariscal Gebhard von Blücher. La batalla, conocida en Francia como la batalla de Mont-Saint-Jean y en Prusia como La Belle Alliance, puso fin al denominado período de los Cien Días y selló definitivamente el destino del primer Imperio Francés.
La historia de Waterloo no puede entenderse sin remontarse a los meses anteriores. En febrero de 1815, Napoleón escapó de la isla de Elba, donde había sido confinado tras su primera abdicación en 1814. La noticia de su retorno sacudió a Europa. Napoleón escribió a los soberanos aliados ofreciéndoles la paz y renunciando a pretensiones sobre Italia, Alemania, Polonia y los Países Bajos, pero sus palabras no convencieron a nadie. El Congreso de Viena, aún reunido, lo declaró proscrito el 13 de marzo y organizó la Séptima Coalición, en la que Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia se comprometieron a aportar cada una un ejército de 150.000 efectivos.
Mientras tanto, Napoleón realizó una marcha memorable desde Grenoble hasta París: los regimientos enviados a detenerlo acabaron uniéndosele uno a uno, y el rey Luis XVIII huyó a Gante sin que se derramara una gota de sangre. Napoleón fue proclamado por segunda vez emperador, aunque con poderes más limitados que en el período anterior. Sabía que la coalición era inmensa y que el tiempo no jugaba a su favor, por lo que decidió tomar la iniciativa antes de que los ejércitos enemigos pudieran concentrarse plenamente.
Su plan era audaz: cruzar la frontera hacia los Países Bajos, región donde se concentraban las fuerzas de Wellington y Blücher, y derrotarlas por separado antes de que pudieran unirse. El 15 de junio, las tropas francesas cruzaron la frontera y se produjeron los primeros choques con destacamentos prusianos. El 16 de junio se combatió en dos escenarios simultáneos: Napoleón atacó a los prusianos en Ligny y los derrotó, mientras que el mariscal Ney se enfrentó a Wellington en Quatre-Bras sin resultado decisivo. Sin embargo, el éxito en Ligny no fue explotado con suficiente rapidez, y Blücher pudo retirar su ejército en orden, manteniéndolo como fuerza combativa.
En la tarde del 17 de junio, Wellington retiró su ejército hacia el norte hasta una posición que había reconocido con anterioridad: la cresta de Mont-Saint-Jean, al sur del pueblo de Waterloo. Allí esperó a Napoleón con una fuerza de algo más de 68.000 hombres y 156 cañones, compuesta por unidades del Reino Unido, los Países Bajos, Hannover, Brunswick y Nassau. Napoleón llegó con alrededor de 72.000 hombres. La lluvia intensa de la noche anterior convirtió los campos en un lodazal que Napoleón utilizó como excusa para retrasar el inicio del ataque hasta el mediodía, dando así tiempo a Blücher para reagrupar al ejército prusiano y aproximarse al campo de batalla.
El combate comenzó a última hora de la mañana del 18 de junio y se desarrolló con una violencia extrema durante horas. Los franceses atacaron el flanco derecho aliado en el castillo de Hougoumont con encarnizamiento, pero los defensores resistieron durante toda la jornada. El ataque central de la infantería francesa, conocido como el gran ataque, fue repelido por la infantería británica parapetada en la cresta. Una famosa carga de caballería aliada desorganizó a los artilleros franceses pero pagó un precio enorme cuando los lanceros franceses la interceptaron. Por la tarde, Napoleón comprometió sus reservas en un intento desesperado de romper la línea de Wellington antes de que llegara el socorro prusiano.
Los cuerpos del ejército prusiano comenzaron a llegar al campo de batalla por el flanco oriental en las primeras horas de la tarde, golpeando el flanco derecho francés con una presión creciente. A última hora de la tarde, cuando Napoleón lanzó a su Guardia Imperial en el ataque final, fue rechazada por primera vez en su historia por la infantería aliada. El grito de que la Guardia retrocedía desencadenó el pánico entre las tropas francesas, que iniciaron una retirada que se convirtió rápidamente en desbandada. La campaña de Waterloo, que había durado apenas cinco días, concluyó con una derrota irreversible.
Napoleón abdicó por segunda vez el 22 de junio. Esta vez, los aliados no le ofrecieron una isla cómoda cerca de Europa: fue deportado a Santa Elena, un peñasco perdido en el Atlántico sur, donde murió en 1821. La batalla de Waterloo es, probablemente, el enfrentamiento más estudiado, comentado y debatido de la historia militar occidental, y ha generado más bibliografía que casi cualquier otro combate de la era moderna.
El legado de Waterloo trasciende la derrota de un hombre. Marcó el fin de la era revolucionaria francesa y confirmó la hegemonía conservadora en Europa que el Congreso de Viena intentaba consolidar. Pero los principios de igualdad, meritocracia y Estado moderno que Napoleón había extendido por el continente no murieron con su derrota: permearon la historia europea del siglo XIX y sentaron las bases de transformaciones que ninguna victoria militar podía ya detener.
