En los siglos anteriores a nuestra era, una vasta región del occidente europeo era conocida por los romanos con el nombre de Galia, Gallia en latín. Sus límites eran amplios y algo imprecisos, pero comprendían lo que hoy es Francia, Bélgica, el oeste de Suiza, el norte de Italia y zonas de Alemania y los Países Bajos al oeste del río Rin. Era un territorio de extraordinaria variedad geográfica, desde las llanuras del norte hasta los valles alpinos del este, habitado por una constelación de pueblos celtas que los romanos agrupaban bajo el término genérico de galos, gallus en latín, aunque ellos mismos se denominaban galiain.
Los griegos habían tenido noticias de estos pueblos antes que los romanos. Los llamaban keltoi, que en griego significaba algo parecido a los audaces, en referencia a su reputación guerrera, pero también usaban los términos Galatia y gálatas para designar la tierra y sus habitantes. Fueron los griegos focenses quienes fundaron en el sur de esos territorios la colonia de Massilia, la actual Marsella, estableciendo así uno de los primeros puntos de contacto estable entre el mundo mediterráneo y los pueblos celtas del interior. De esa época datan las primeras informaciones documentadas sobre la Galia y sus habitantes.
Los galos no constituían ningún tipo de unidad política ni territorial organizada. No había un estado galo ni una estructura de poder centralizada que gobernase el conjunto de las tribus. Lo que unía a esas comunidades diversas era fundamentalmente el comercio y una desarrollada metalurgia que producía herramientas, armas y objetos de adorno de gran calidad. En ese sentido, la Galia era un mosaico de pueblos distintos con lenguas celtas que habían divergido con el tiempo en dos grandes grupos dialectales, conectados por rutas comerciales pero sin integración política.
Julio César, el conquistador romano que a partir del año 58 antes de Cristo libró la guerra que él mismo narró en sus Comentarios de la guerra de las Galias, ofreció una descripción esquemática de la Galia Transalpina, es decir, la Galia situada al norte de los Alpes. Según su relato, esa región estaba dividida en tres partes: al norte vivían los belgas, entre los ríos Sequana, el actual Sena, y Matrona, el actual Marne; en el centro estaban los celtas propiamente dichos, a quienes los romanos llamaban galos; y al sur los aquitanos. Tanto los belgas como los celtas centrales eran descritos como personas altas, de piel clara y sociables, con la costumbre de combatir en grandes grupos. Los historiadores modernos advierten que esa división tripartita respondía más a la voluntad romana de trazar fronteras claras que a una realidad étnica o cultural rigurosa.
Los galos celtas no se limitaban al territorio que hoy es Francia. Su expansión histórica había sido notable. Algunos grupos habían cruzado los Alpes y se habían establecido en las llanuras del norte de Italia, en la región que Roma llamó Galia Cisalpina, es decir, la Galia de este lado de los Alpes. Esa provincia peninsular fue integrada definitivamente al territorio de la Italia romana en el siglo primero antes de Cristo, dejando de existir como entidad administrativa separada. Otros celtas habían cruzado los Pirineos hacia la península ibérica, mezclándose con los pueblos locales para dar origen a los celtíberos. Hubo incluso grupos que penetraron mucho más al oriente, llegando hasta Asia Menor, donde fundaron la región de Galacia, cuyo nombre guarda la misma raíz que el de Galia. También las islas británicas, Gales, Inglaterra, Escocia e Irlanda, estaban pobladas por tribus de origen celta. El término Galicia, tanto el de la región española como el de la región ucraniana y polaca, tiene igualmente ese mismo origen lingüístico y étnico.
La conquista romana de la Galia Transalpina, culminada por Julio César entre el 58 y el 51 antes de Cristo tras años de campaña militar y resistencia encabezada por figuras como el caudillo arverno Vercingetórix, transformó profundamente la región. Los galos fueron romanizados de manera progresiva: adoptaron la lengua latina, la organización administrativa romana y muchos aspectos de la cultura mediterránea, aunque conservaron elementos de su herencia cultural. El nombre de Galia continuó empleándose para designar las provincias romanas de la región y se mantuvo en los documentos hasta el final de la dinastía Merovingia. Fue con la consolidación del poder carolingio cuando comenzó a imponerse el término Francia, derivado del pueblo franco que había dominado la región tras el derrumbe del Imperio Romano occidental, aunque en griego moderno la palabra Gallia sigue siendo el nombre oficial de Francia.
La palabra galo ha sobrevivido en el tiempo como gentilicio coloquial de los franceses, una huella lingüística de aquellos antiguos habitantes celtas que construyeron sobre las tierras occidentales de Europa una civilización vigorosa antes de ser absorbidos por el mundo romano. El nombre de Galicia, compartido por una región de España y una región del este europeo, recuerda asimismo la extensión histórica de esa presencia celta que en su momento se extendió desde las costas atlánticas hasta los bordes del mundo grecorromano en Oriente.


