La historia política argentina del siglo XX está marcada por una sucesión de gobiernos militares que, bajo diversas denominaciones y justificaciones, interrumpieron el orden constitucional durante décadas. Entre esos gobiernos, el de Roberto Marcelo Levingston ocupa un lugar peculiar: el de un general prácticamente desconocido para la opinión pública, cuya presidencia de facto duró menos de un año y quedó atrapada entre los ciclos de violencia y descomposición política que caracterizaron a la llamada Revolución Argentina.
Nacido en San Luis el 10 de enero de 1920 en el seno de una tradicional familia puntana, hijo de Guillermo David Levingston Sierralta y Carmen Laborda Guiñazú, Roberto Marcelo Levingston ingresó al Colegio Militar de la Nación el 15 de febrero de 1938 tras completar sus estudios secundarios. Dentro de la academia optó por la rama de oficial de caballería, y egresó como subteniente a finales de 1941, formando parte de la promoción número 68 del CMN. En 1943 contrajo matrimonio con Bety Nelly Andrés Llana, con quien tuvo tres hijos: Roberto Antonio (1945-1967), María Cristina (nacida en 1946) y Alberto Marcelo (nacido en 1961).
Su carrera militar fue metódica y discreta, orientada hacia áreas de inteligencia y administración más que hacia el mando de tropas en el campo de batalla. Entre sus destinos más relevantes se contaron el Ministerio de Guerra desde el 28 de enero de 1948, la Subsecretaría de Guerra entre 1949 y 1951, y la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) desde el 22 de marzo de 1956. Fue profesor de la Escuela Superior de Guerra entre 1957 y 1960, año en que fue destinado al Comando del III Cuerpo de Ejército, donde poco después fue ascendido a coronel. En diciembre de 1966 alcanzó el rango de General de Brigada.
Durante 1967 y 1968, Levingston se desempeñó en el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, primero como jefe de Personal y luego como jefe de Inteligencia. El 1 de enero de 1969 fue enviado como agregado militar a la Embajada Argentina en Washington D. C., cargo que ejercía cuando, el 13 de junio de 1970, recibió un llamado de la Junta Militar comunicándole que debía hacerse cargo de la presidencia de la Nación.
El contexto político que precipitó ese llamado era explosivo. El gobierno de facto del teniente general Juan Carlos Onganía, que había llegado al poder mediante el golpe de Estado del 28 y 29 de junio de 1966, atravesaba una crisis de legitimidad aguda. El malestar social agravado por la situación económica había puesto en jaque a Onganía. El detonante final fue el secuestro y posterior asesinato del teniente general Pedro Eugenio Aramburu a manos de la guerrilla Montoneros, ocurrido el 29 de mayo de 1970, que puso de manifiesto la vulnerabilidad del régimen y la incapacidad del gobierno para controlar la escalada de violencia política.
Ante ese panorama, la Junta de Comandantes en Jefe decidió reemplazar a Onganía. La elección recayó en Levingston, un general de bajo perfil cuya designación reflejaba la intención de los comandantes de mantener un control firme sobre el presidente a través de una figura manejable. Levingston asumió la presidencia de facto el 18 de junio de 1970, convirtiéndose así en jefe de Estado de un país convulsionado por la violencia, las huelgas y el deterioro institucional.
Su gestión, sin embargo, no resultó tan dócil como los comandantes esperaban. Levingston buscó diferenciarse de su antecesor y desarrollar una política propia, lo que generó tensiones crecientes con la Junta. Su mandato duró poco más de nueve meses. El 22 de marzo de 1971 fue relevado del cargo por la misma Junta que lo había designado, siendo sustituido por el general Alejandro Agustín Lanusse, quien tenía un perfil político muy diferente y una agenda destinada a preparar la transición hacia el retorno de la democracia.
Levingston falleció en Buenos Aires el 17 de junio de 2015, a los noventa y cinco años. Su presidencia quedó grabada en la historia argentina como uno de los episodios más efímeros e irresueltos de la larga noche militar que el país vivió entre 1966 y 1983, un período cuyas heridas tardaron décadas en cicatrizar.


