Fulgencio Batista Zaldívar nació el 16 de enero de 1901 en Veguitas, municipio de Banes, en la provincia de Holguín, Cuba. Fue bautizado en la iglesia de Santa Florentina en Fray Benito y registrado civilmente con el nombre de Rubén Zaldívar, nombre que él mismo cambió legalmente en 1939. Era hijo ilegítimo de Belisario Batista Palermo, quien había combatido en la guerra de independencia cubana bajo las órdenes del general José Maceo, y de Carmela Zaldívar González. Su madre lo llamaba cariñosamente Beno. Las circunstancias de su nacimiento, marcadas por la pobreza y la ilegitimidad, moldearían su carácter tenaz y su ambición de ascenso social.
De origen humilde, cursó estudios primarios y aprendió inglés en el colegio Los Amigos, establecido por los cuáqueros en Banes. Desde muy joven trabajó en diversos oficios para mantenerse, desarrollando una resistencia y una pragmaticidad que caracterizarían toda su carrera. Ingresó al ejército y fue escalando posiciones hasta convertirse en sargento taquígrafo. En septiembre de 1933, encabezó la llamada Revuelta de los Sargentos, un movimiento que derrocó al gobierno provisional de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, catapultándolo de inmediato al centro del escenario político cubano.
Tras el golpe, Batista se autoproclamó jefe de las Fuerzas Armadas con el rango de coronel. Durante los años siguientes controló eficazmente el poder a través de una serie de presidentes títeres, ejerciendo desde bambalinas una influencia decisiva sobre los destinos del país. En 1940 fue elegido presidente en elecciones abiertas con una plataforma populista, y su gobierno de ese período estuvo marcado por la promulgación de la Constitución de 1940, considerada una de las más progresistas de América Latina en su época. Durante la Segunda Guerra Mundial alineó a Cuba con los Aliados. Al concluir su mandato en 1944 se marchó a vivir a Florida, retirándose aparentemente de la política activa.
Sin embargo, el retiro fue breve. En 1952 regresó a Cuba para disputar la presidencia, pero las encuestas auguraban una derrota segura. El 10 de marzo de 1952, con las elecciones a solo meses de celebrarse, lideró un golpe militar que derrocó al presidente Carlos Prío Socarrás e impidió la celebración de los comicios. Con el respaldo financiero, militar y logístico del gobierno de los Estados Unidos, Batista retomó el poder con métodos muy distintos a los de su primer período. Suspendió la Constitución de 1940, revocó las libertades políticas, anuló el derecho de huelga y construyó un régimen de represión sistemática.
Su segunda etapa en el poder estuvo marcada por profundas contradicciones económicas y sociales. Batista se alió con los grandes terratenientes y con las empresas estadounidenses, que llegaron a controlar el 70 por ciento de la tierra cultivable de Cuba y la mayor parte de la industria azucarera. Al mismo tiempo, el gobierno tejió relaciones lucrativas con la mafia estadounidense, que controlaba los negocios de drogas, juego y prostitución en La Habana, convirtiendo la capital en un destino de placeres para turistas adinerados mientras la brecha entre ricos y pobres no hacía más que crecer.
La represión engendró resistencia. A partir de 1953, Fidel Castro y Frank País fundaron el Movimiento 26 de Julio. En 1956 se les unieron Ernesto "Che" Guevara y Camilo Cienfuegos, y la lucha combinó protestas pacíficas en las ciudades con una guerra de guerrillas en las sierras y llanos de Cuba. Los esfuerzos de Batista por aplastar la insurrección resultaron contraproducentes: cada operación represiva generaba más adhesiones a la causa revolucionaria.
El golpe definitivo llegó en la víspera de Año Nuevo de 1959. Las fuerzas rebeldes comandadas por el Che Guevara derrotaron al ejército de Batista en la batalla de Santa Clara, desbloqueando el camino hacia La Habana. El régimen se desmoronó con una rapidez que tomó por sorpresa hasta a sus propios sostenedores. En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista anunció su renuncia y huyó a la República Dominicana bajo la protección del dictador Rafael Trujillo. Posteriormente se estableció en Portugal, y pasó el resto de sus días en el exilio, sin regresar jamás a Cuba. Murió en Marbella, España, el 6 de agosto de 1973.
El legado de Batista es objeto de debates irresueltos hasta hoy. Sus defensores señalan la Constitución de 1940 y la estabilidad económica relativa de sus primeros años en el poder; sus críticos documentan la corrupción sistémica, la dependencia del capital extranjero, la violencia de la represión y el abandono de las clases populares cubanas. Cualquiera que sea el balance, su figura resulta inseparable de la historia del siglo XX latinoamericano.
