François Mansart nació el 23 de enero de 1598 en el faubourg Saint-Victor de París, en el seno de una familia de artesanos vinculados a las artes de la construcción. Su padre, Absalon Mansart, era maestro carpintero al servicio del rey, y su madre, Michelle Le Roy, pertenecía a una distinguida familia de arquitectos e ingenieros entre los que se contaba Philibert Le Roy, el arquitecto que más adelante diseñaría el Versalles de Luis XIII. François fue el sexto de siete hijos, y cuando su padre falleció en 1610, el niño apenas tenía doce años. Ese golpe temprano no truncó su formación; por el contrario, su familia se volcó en procurarle los conocimientos necesarios para que desarrollara su talento.
Desde 1612 hasta 1617, Mansart estudió con Germain Gauthier, escultor y arquitecto al servicio de la ciudad de Rennes. Fue durante ese período cuando tuvo la oportunidad de conocer a dos figuras decisivas del panorama artístico francés: Salomon de Brosse, considerado el arquitecto más influyente del reinado de Enrique IV, y Charles du Ry. Esas relaciones tempranas le proporcionaron una visión de conjunto del clasicismo que entonces comenzaba a abrirse camino en la arquitectura francesa. Entre 1618 y 1621, representando a su tío Marcel Le Roy con total autonomía, participó en la reconstrucción del Puente Nuevo de Toulouse, obra dirigida según proyecto de Jacques Lemercier. Esa intervención marcó el final formal de su etapa de aprendizaje.
A diferencia de muchos arquitectos de su época, Mansart nunca realizó el viaje de estudios a Italia que era casi un rito de paso entre los artistas europeos. Las obligaciones profesionales continuas se lo impidieron. Sin embargo, compensó esa ausencia con una biblioteca notable, a través de la cual accedió al conocimiento profundo de la arquitectura italiana y de los tratadistas del Renacimiento francés del siglo XVI. Ese aprendizaje autodidacta moldeó un espíritu independiente, capaz de asimilar las influencias externas sin someterse a ellas de manera acrítica.
Su primer logro destacado lo situó en la primera línea de la arquitectura parisina. A medida que avanzaba el siglo XVII, Mansart fue consolidando una reputación basada en valores que entonces no eran habituales: la nobleza y la majestad de sus edificios se combinaban con una contención ornamental que contrastaba vivamente con la exuberancia del barroco romano. Sus obras prescindían de los efectos decorativos exagerados que caracterizaban la arquitectura de la Roma contemporánea; la influencia italiana quedaba relegada al campo de la ornamentación, nunca se adueñaba de la estructura.
Entre sus obras más recordadas figura el château de Maisons-Laffitte, construido entre 1630 y 1651, considerado su obra maestra y el testimonio más elocuente de su madurez creativa. La Encyclopædia Britannica lo citó como el arquitecto francés del siglo XVII de mayor logro, y Maisons-Laffitte ilustra bien por qué. El conjunto fue grabado en siete láminas por Mariette, lo que contribuyó decisivamente a su difusión y su influencia. La edificación muestra la transición en curso desde los châteaux posmedievales del siglo XVI hacia las casas de campo-villas del XVIII, tendiendo un puente entre el estilo renacentista francés y el nuevo lenguaje arquitectónico sin romper con la idiosincrasia gótica heredada de la tradición local.
Desde el punto de vista formal, Maisons-Laffitte es rigurosamente simétrico. Cada planta recibe un orden arquitectónico propio, expresado principalmente a través de pilastras. El frontispicio, coronado con un techo sobreelevado, desprende una notable plasticidad, y el conjunto se percibe como un todo tridimensional y coherente. Esa capacidad de articular volúmenes y superficies con una lógica interna rigurosa fue precisamente lo que sus contemporáneos más admiraron, aunque también le reprocharon que, al exagerar la nobleza y la dignidad de sus edificios para dotarlos de mayor grandeza, cayera a veces en una cierta gravedad excesiva.
En París, la acción del tiempo, las demoliciones y las reconstrucciones han borrado casi por completo la huella de Mansart. Hoy en día apenas quedan en pie obras atribuibles directamente a su mano. En la ciudad puede reconocerse su trabajo en la fachada restaurada del Hôtel Carnavalet y en el templo del Marais, en la rue Saint-Antoine. El único edificio intacto que se conserva es el Hôtel de Guénégaud, construido entre 1651 y 1655 para Henri de Guénégaud, conde de Montbrison, marqués de Plancy, secretario del rey, maestro de Cuentas y consejero de Estado. El resto de sus numerosas obras, erigidas y estimadas en su momento, ha desaparecido: demolidas o reconstruidas por entero, solo se conocen por grabados o por la lista que dejó Charles Perrault.
Mansart estuvo asociado también a las primeras etapas de la construcción de Val-de-Grâce, uno de los grandes proyectos religiosos del siglo XVII parisino. Sin embargo, su temperamento perfeccionista le jugó malas pasadas: era conocido por su incapacidad para considerar ningún diseño definitivo, incluso cuando había recibido la aprobación de los entendidos. Según las crónicas de la época, modificaba los planos durante la propia ejecución de las obras, lo que generaba conflictos con los promotores y encarecía los proyectos de manera imprevisible. Esa manera de trabajar, tan modesta como obsesiva, le impidió llevar a buen término algunos de los encargos más ambiciosos de su carrera.
El llamado techo en mansarda, esa cubierta inclinada de dos pendientes que lleva su nombre, es quizá su legado más popular. Mansart no fue el primero en utilizarlo; la forma existía antes que él. Pero lo empleó con tal destreza y consistencia que terminó por asociarse definitivamente a su apellido. A través de ese elemento técnico y estético, su influencia se extendió mucho más allá de las fronteras de Francia.
La proyección de Mansart sobre las generaciones posteriores fue considerable. Ejerció una influencia directa sobre el arquitecto barroco austríaco Johann Bernhard Fischer von Erlach, uno de los grandes constructores del Imperio de los Habsburgo. También marcó al arquitecto inglés Christopher Wren, quien lo conoció en París en 1666, el mismo año en que Mansart fallecía, el 23 de septiembre, en la ciudad que lo había visto nacer. Wren se llevaría de ese encuentro y de ese contacto con la arquitectura francesa una impronta que dejaría huella en la reconstrucción de Londres tras el Gran Incendio.
La Encyclopædia Britannica subrayó en su valoración de Mansart la combinación de un espíritu sólido, una imaginación fértil, el sentimiento de belleza y, sobre todo, un horror al mal gusto que resultaba infrecuente en su época. Ese horror al mal gusto fue, acaso, la clave de su manera de entender la arquitectura: preferir la austeridad elegante antes que la ostentación vacía, buscar la nobleza sin caer en la pompa. Nadie en su tiempo había concebido la distribución general de una planta con mayor claridad que él, según reconocían incluso sus críticos. La mayoría de sus edificios han desaparecido, pero los que quedan, y los grabados que documentan los demás, bastan para sostener una reputación que los siglos no han conseguido borrar.

