Coleta Boylet de Corbie nació el 13 de enero de 1381 en la localidad francesa de Corbie, al norte del país, en el seno de una familia de condición humilde. Su padre, Robert Boellet, era carpintero, y su madre, Marguerite Moyon, era una mujer de profunda piedad que dedicaba gran parte de su tiempo a servir a los pobres. Los años pasaban y el matrimonio no conseguía tener hijos, por lo que ambos rezaron con fervor a San Nicolás de Bari para pedirle la gracia de una descendencia. Cuando Marguerite ya tenía sesenta años, dio a luz una niña a la que llamaron Nicolette en honor al santo al que habían suplicado, aunque en el ámbito familiar la llamaban por el diminutivo afectuoso de Colette, que con el tiempo se convertiría en Coleta.
Desde sus primeros años, Coleta mostró una inclinación extraordinaria hacia la vida espiritual. A los cuatro años ya llevaba una existencia de oración y ayuda a los pobres: se privaba de comer para dar su comida a quienes no tenían nada, oraba durante horas prolongadas y llegaba incluso a dificultar su propio sueño colocando pedazos de madera dura en su colchón. A los siete años asistía clandestinamente a los maitines benedictinos. A lo largo de su infancia y su juventud recibió lo que sus biógrafos describieron como gracias especiales de Dios, entre ellas curaciones milagrosas. También se relata que su cuerpo creció de manera repentina, pues era de estatura muy pequeña.
En 1399, cuando Coleta tenía dieciocho años, sus padres murieron y quedó bajo la tutela del padre Jean Bassand. Rechazó todas las propuestas de matrimonio que se le presentaron y, con la aprobación de su tutor, buscó su camino en la vida religiosa. Se integró durante un tiempo con las beguinas de Corbie, una institución destinada a viudas y mujeres laicas que deseaban consagrarse a la contemplación, el trabajo o el cuidado de los pobres sin pronunciar votos monásticos formales. Sin embargo, la vida entre las beguinas le pareció insuficientemente rigurosa. Probó entonces con el monasterio de benedictinas de Corbie, pero tampoco encontró allí la austeridad que buscaba. Se dirigió a continuación a la abadía de las clarisas, donde se presentó como sirvienta, sintiéndose indigna de ser religiosa de pleno derecho. Las condiciones de vida que encontró allí también le parecieron demasiado suaves.
Fue entonces cuando el padre Jean Pinet, fervoroso franciscano deseoso de revivir la orden conforme a su regla primitiva, le propuso vivir enclaustrada bajo la Tercera Orden Franciscana, en calidad de reclusa en una celda adosada al convento de Hesdin. En ese retiro comenzaron las visiones que definirían su misión. Según los relatos hagiográficos, Coleta tuvo la revelación de los distintos estados de la Iglesia y de la sociedad, contemplados de abajo hacia arriba de una escalera, y recibió la misión de emprender la reforma de las órdenes religiosas fundadas por San Francisco. La figura de un árbol del que brotaban ramas en todas direcciones le fue mostrada como imagen de lo que habría de surgir de su tarea reformadora: religiosos, sacerdotes y laicos que se adherirían a esa refundación.
Sin embargo, Coleta dudó profundamente del origen de sus visiones. Temía que no fueran de Dios sino del enemigo, y que la alejaran de su vocación bajo apariencia de misión divina. Pidió consejo a los clérigos de su confianza. Dios le envió entonces signos que los relatos describen como inconfundibles: quedó privada primero del habla y después de la vista, y no los recuperó hasta que aceptó la misión de reforma que se le encomendaba. Aceptada la misión, necesitaba el apoyo de alguien que le ayudara a actuar desde su celda sin violar el voto de clausura que había pronunciado. Dios le envió a Henry de Baume, quien la acompañaría en todos sus recorridos posteriores.
Para obtener el reconocimiento oficial necesario para llevar adelante su empresa reformadora, Coleta viajó a Niza en 1406 para entrevistarse con el papa Benedicto XIII, que entonces residía allí en el contexto del Cisma de Occidente. El pontífice la recibió, le confirió la tonsura, la autorizó a fundar conventos conforme a la primera regla de Santa Clara y la reconoció como superiora general de la reforma. Con ese respaldo formal, Coleta inició una actividad reformadora de alcance europeo que se extendería a lo largo de las décadas siguientes.
A partir de 1410 comenzó a fundar y reformar conventos de clarisas en Francia, Flandes, Saboya y otros territorios. Restablecía en ellos la observancia estricta de la regla primitiva de Santa Clara: la pobreza absoluta, la clausura rigurosa y la penitencia corporal. Su influencia personal y su reputación de santidad atrajeron a un número creciente de religiosas a sus comunidades reformadas, conocidas desde entonces como las clarisas colettinas. La rama que fundó se distinguió por su fidelidad a los principios originales de la orden y por la ausencia de concesiones a las relajaciones que se habían ido acumulando con el tiempo.
Coleta Boylet de Corbie murió el 6 de marzo de 1447 en Gante, donde se encontraba la comunidad que había fundado en esa ciudad. Tenía sesenta y seis años y dejaba detrás de sí una red de conventos reformados y una influencia espiritual que sobrevivió con creces a su propia vida. Fue canonizada por la Iglesia católica, y su memoria litúrgica se celebra el 6 de marzo, día de su fallecimiento. Su figura representa uno de los grandes momentos del movimiento reformador femenino en la Iglesia medieval tardía, anterior en décadas a las grandes reformas del siglo XVI.


