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Francisco II de las Dos Sicilias

Rey de las Dos Sicilias (1859-1861) y Siervo de Dios

7 min01/01/2024
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Francisco II de las Dos Sicilias nació el 16 de enero de 1836 en Nápoles, en el seno de la dinastía borbónica que gobernaba el sur de Italia y Sicilia. Era hijo único del rey Fernando II de las Dos Sicilias y de su primera esposa, la princesa María Cristina de Saboya. La muerte temprana de su madre privó al joven Francisco de una guía afectuosa en sus primeros años de formación, y su educación resultó notablemente deficiente para un heredero al trono. El vacío fue llenado en parte por la segunda esposa de su padre, la archiduquesa María Teresa de Austria-Teschen, y por los eclesiásticos y la camarilla reaccionaria que rodeaban la corte napolitana, influencias que marcaron su carácter indeciso y profundamente conservador.

El 8 de enero de 1859, siendo aún príncipe heredero con el título de duque de Calabria, Francisco contrajo matrimonio con la princesa María Sofía de Wittelsbach, perteneciente a una rama secundaria de la casa ducal bávara. Su cuñada, la hermana mayor de María Sofía, no era otra que la famosa emperatriz Isabel de Austria, conocida popularmente como Sissi. El matrimonio tuvo un comienzo complicado: no se consumó sino varios años después, en parte por una afección médica del rey, la fimosis, que requirió intervención quirúrgica. De aquel período de separación afectiva surgió una de las historias más dramáticas y reservadas de la familia: en 1862, María Sofía mantuvo una relación amorosa con el conde belga Armand de Lawayss, quedó embarazada y, para evitar el escándalo, se organizó un consejo familiar en el castillo de Possenhofen. El 24 de noviembre de 1862 dio a luz en el Convento de Santa Úrsula de Augsburgo a una niña llamada Cristina, que fue entregada a la familia del conde. María Sofía prometió no volver a tener contacto ni con el padre ni con la hija, promesa que cumplió aunque a costa de una depresión profunda que la acompañaría el resto de su vida. Tras confesar su infidelidad por consejo de sus hermanas, la relación conyugal mejoró, y Francisco se operó. A finales de 1869 nació su única hija legítima, Cristina de Borbón-Dos Sicilias, que murió a los tres meses de nacer.

Antes de que todos esos dramas personales se desarrollaran, Francisco había ascendido al trono el 22 de mayo de 1859, tras la muerte de su padre Fernando II. Su reinado comenzó en un momento de convulsión extraordinaria: Italia entera vivía el proceso del Risorgimento, el movimiento de unificación nacional que amenazaba a todos los estados de la península. El primer ministro Carlo Filangieri comprendió el peligro con claridad y aconsejó al nuevo rey que aceptase la alianza propuesta por el conde de Cavour, primer ministro del Piamonte, aprovechando las victorias franco-piamontesas en Lombardía. Francisco rechazó la propuesta, convencido de que aliarse con el Piamonte contra los Estados Pontificios sería un sacrilegio contra la Iglesia católica.

Las tormentas se acumularon rápidamente. El 7 de junio de 1859 una parte de la Guardia Suiza se amotinó, y aunque la rebelión fue sofocada y sus cabecillas fusilados por orden del general Nunziante, el incidente debilitó gravemente uno de los pilares militares de la dinastía. Filangieri insistió en la necesidad de promulgar una constitución para salvar la monarquía borbónica, pero Francisco se negó de manera rotunda. La rigidez del rey ante las demandas liberales tuvo consecuencias devastadoras.

En 1860, Giuseppe Garibaldi desembarcó en Sicilia con su legendaria expedición de los Mil y comenzó una campaña militar que barrió las defensas borbónicas con una velocidad asombrosa. Francisco intentó resistir desde Gaeta, donde se atrincheró con su esposa en una defensa que captó la admiración de media Europa por su tenacidad. María Sofía en particular destacó por su valentía durante el sitio. Pero la resistencia fue inútil: las fuerzas piamontesas cerraron el cerco y en 1861 Gaeta cayó. El Reino de las Dos Sicilias fue formalmente disuelto e incorporado al recién proclamado Reino de Italia, convirtiéndose Francisco II en el último rey de esa dinastía.

Destronado, vivió el resto de su vida en el exilio europeo, alejado del trono pero nunca de la memoria de sus súbditos más fieles. Murió el 27 de diciembre de 1894 en Arco, en el Tirol austriaco. Su figura adquirió con los años una dimensión casi mística en ciertos círculos católicos: el papa Francisco lo declaró Siervo de Dios en 2020, iniciando formalmente el proceso que podría llevarlo a los altares, y su fiesta se celebra cada 27 de diciembre. Su historia es la de un hombre atrapado entre sus propias limitaciones y las fuerzas históricas que transformaron irreversiblemente el mapa de Europa.

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