Dona Paula de Brasil nació el 17 de febrero de 1823 en el Palacio de San Cristóbal, situado en Río de Janeiro, capital del Imperio del Brasil. Una semana después de su nacimiento, el obispo José Caetano da Silva Coutinho la bautizó en la antigua catedral de la ciudad, asignándole, según la costumbre de la casa real, una serie de nombres de significado simbólico. El nombre Paula fue elegido en honor a São Paulo, ciudad en cuyas inmediaciones se había firmado el acto de la independencia brasileña. Era la tercera hija del matrimonio formado por el emperador Pedro I, primer gobernante de un Brasil soberano, y la archiduquesa María Leopoldina de Austria.
Por línea paterna, Paula era miembro de la rama brasileña de la Casa de Braganza, una estirpe de ascendencia ilegítima dentro de la dinastía de los Capetos, y era nieta del rey Juan VI de Portugal. Por línea materna, el árbol genealógico de Paula se extendía hacia la casa imperial de los Habsburgo: era sobrina de Napoleón Bonaparte y prima hermana del futuro emperador Francisco José I de Austria. Una combinación de sangres reales y conexiones dinásticas que, sin embargo, no le garantizaría ni estabilidad ni dicha en su breve existencia.
La pérdida de la madre llegó cuando Paula tenía apenas tres años. La emperatriz María Leopoldina falleció el 11 de diciembre de 1826, poco después de dar a luz a un hijo nacido muerto o de sufrir un aborto espontáneo, aunque las circunstancias precisas de su muerte nunca quedaron definitivamente esclarecidas. Corrieron en la época rumores sombríos que atribuían la tragedia a una violenta discusión con el propio Pedro I, quien supuestamente habría golpeado a su esposa en el vientre. Philipp von Mareschal, el ministro austriaco en Brasil y testigo presencial del altercado, declaró sin embargo que la pareja únicamente había intercambiado insultos verbales, sin que mediara violencia física. La figura de Domitila de Castro, amante del emperador, sobrevolaba los murmullos de la corte.
El dolor de Pedro I no le impidió rehacer su vida sentimental. En octubre de 1829 contrajo matrimonio con Amelia de Beauharnais, nieta adoptiva de Napoleón Bonaparte, quien se convirtió en madre sustituta de los cinco hijos supervivientes del primer matrimonio: María, Janara, Paula, Francisca y el príncipe imperial Pedro. Los cinco niños, según testimonios de la época, adoraban a su madrastra, en quien encontraron el afecto y la estabilidad que la ausencia de su madre les había negado.
La situación política del Imperio cambiaría radicalmente en 1831. El 7 de abril de ese año, el emperador Pedro I abdicó al trono brasileño en favor de su hijo y abandonó el país para instalarse en Portugal, donde se proponía recuperar la corona portuguesa para su hija mayor, María, quien terminaría convirtiéndose en reina reinante de Portugal. El barco que transportaba a Pedro partió esa misma mañana, llevando consigo a Amelia, a María y a la propia hermana del emperador, Ana de Jesús. Los hijos menores, entre ellos Paula, no acompañaron a su padre ni volverían a verlo jamás.
Antes de zarpar, Pedro I había adoptado precauciones para el cuidado de sus hijos. Nombró a José Bonifácio de Andrada e Silva como tutor legal, a Mariana de Verna Coutinho como nodriza, y encomendó a Rafael, un veterano de guerra afrobrasileño, el cuidado cotidiano de los niños. De los tres, solo Rafael permaneció leal al emperador hasta el final, constituyendo una figura de fidelidad silenciosa en medio de la turbulencia política que sacudía al país.
Paula creció bajo la tutela institucional del Imperio, huérfana de madre desde los tres años y separada de su padre y su madrastra desde los ocho. Su situación dinástica era por demás peculiar: aunque hija del emperador, las leyes portuguesas la consideraban extranjera por haber nacido después de la declaración de independencia de Brasil en septiembre de 1822. Esa condición la excluía de la línea de sucesión al trono portugués, a diferencia de su hermana mayor María, nacida en 1819 y por lo tanto sujeta a los derechos hereditarios de la corona lusitana.
La historia de Paula de Brasil es, en esencia, la historia de una niñez interrumpida por la política y el destino. No llegó a conocer la adolescencia: falleció el 16 de enero de 1833 en Río de Janeiro, a la temprana edad de nueve años. Su muerte dejó apenas una huella en las crónicas de la época, pues la intensidad de los sucesos políticos que convulsionaban al Imperio relegaba a un segundo plano la suerte de los miembros menores de la familia real. Con todo, la brevedad de su existencia no mengua el interés histórico de su figura, que encarna las contradicciones y vulnerabilidades de los hijos de las grandes dinastías en tiempos de transformación.


